923. _Et genus humanum multò fuit illud in arvis..._

El género humano, en aquel tiempo en que andaba por los campos

vagabundo, tenía más vigor que hoy, lo cual debería suceder porque la

Tierra que lo había producido era también más vigorosa; los huesos

del hombre eran más sólidos y más robustos; sus nervios más fuertes,

sus vísceras más enérgicas; el frío no le molestaba, el calor no

le afligía; ni le inquietaba la alimentación ni le preocupaban las

dolencias; para él pasaban los años con indiferencia mientras vivía

errante y formaba rebaño como las fieras; no trabajaba con el duro

arado, ni mullía la tierra con el hierro, ni sembraba arbustos ni

manejaba la hoz para podar las ramas de los altos árboles; aplacaba

su hambre con lo que espontáneamente le daban el Sol, la lluvia, la

Tierra; las encinas glandíferas le ofrecían abundante sustento, y las

madroñeras que en el invierno se cargan de frutos de color purpurino,

eran entonces más numerosas y más fecundas; el mundo, en fin, en los

albores de su concreción, daba clases variadas de alimentos que, para

los míseros mortales, estaban siempre de sobra. Para saciar la sed

convidaban los ríos y las fuentes, y, como ahora, las aguas descendían

murmuradoras desde elevadas montañas y á los animales advertían que

de ellas podían beber hasta saciarse. Por la noche los hombres se

acomodaban en grutas que después se llamaron templos de las ninfas,

donde brotaban claros manantiales que lavaban las húmedas rocas; las

húmedas rocas de centelleante musgo cubiertas, desde las cuales caían

las aguas lentamente sobre las planicies para correr después abundantes

por los campos.

Ni sabían utilizar el fuego ni aprovechar las pieles y otros despojos

de los brutos para cubrir su desnudez; se refugiaban de la inclemencia

del tiempo en lo hueco de los montes, en las selvas y florestas, y

apiñados afrontaban el ímpetu de los vientos y de las lluvias. No

comprendían los intereses comunes, y por tanto no habían regulado

sus relaciones y tratos; cada cual se apoderaba de lo que tenía á

mano: la Naturaleza no había despertado en ellos más deseo que el

de vivir cada uno para sí mismo. Venus en las selvas juntaba á los

amantes; á veces un mutuo ardor los conciliaba; en ocasiones el hombre

acudía á la violencia para satisfacer su encendido afán, ó ganaba

la condescendencia femenina por dádivas de bellotas, de madroños ó

de selecta pera. De las manos y de los piés se valían para hacer

guerra á los feroces animales y lanzarles pedradas á distancia, ó de

cerca darles golpes con palos; de esta manera vencían á algunos,

pero con frecuencia tenían que huir de ellos y buscar refugio en las

cavernas. Cuando llegaba la noche, se tendían desnudos en el suelo

como los jabalíes y se tapaban con hojas y ramas; no es de creer que

temerosos de la noche[70] errantes por las selvas, invocaran entre

gritos y lamentos la claridad del día: por lo contrario, silenciosos

y entregados á profundo sueño, esperaban que el Sol con su espléndido

fulgor bañase de luz el cielo: acostumbrados á ver desde la infancia

que en tiempos continuados la luz y las sombras se suceden, no se

admiraban de que así ocurriera, ni temían que una interminable noche

sepultase al mundo en las tinieblas después de apagar la claridad

diurna. Les ocasionaban, sí, positivo temor las fieras que invadían

sus moradas, perturbaban su reposo y les causaban graves daños: muchas

veces, intempestivamente, durante la noche, eran visitados por el fiero

león ó por el cerdoso jabalí, y llenos de temor se veían precisados

á escaparse por el techo de piedra y dejar su lecho de hojas á tan

incómodos huéspedes.

[70] Tradición india.

Y no por lo dicho ha de suponerse que la muerte hiciera más estrago

que ahora entre los hombres; cierto es que muchos eran cogidos y

devorados por las fieras, á las cuales ofrecían continuado banquete con

su cuerpo, mientras con lamentos llenaban los bosques y las montañas;

verdad es que algunas veces veían cómo sus miembros palpitantes eran

encerrados en viviente sepulcro; también es cierto que no pocos

hombres, aunque lograban escapar de las garras feroces, llevaban el

cuerpo lleno de heridas, cuyos bordes oprimían con mano convulsa entre

horribles dolores que les arrancaban gritos para llamar la muerte, y

que al cabo, sin obtener alivio y sin saber curar sus heridas, de las

que se apoderaban los gusanos, perdían la vida. Pero no eran como ahora

llevados á la guerra millares de soldados que mueren en un solo día,

en un solo instante; ni los buques arrojaban á muchas personas contra

los escollos; entonces, sin peligro alguno para los hombres, el mar

levantaba airado sus ondas ó apacible las calmaba: la tranquilidad de

las aguas no era bastante seducción para nadie; el arte de navegar,

tan homicida, no había comenzado; en la nada estaba sumido. Tal vez

en remotos días la muerte era consecuencia de falta de alimentación;

hoy la abundancia es causa del mismo efecto; quizá entonces, por

ignorancia, los hombres morían envenenados; hoy el arte los envenena.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 276 / 302 题