Quizá brilla la Luna porque en ella se reflejan los rayos de la luz
del Sol: en este supuesto, la claridad que nos comunique ha de ser
más amplia cuanto más distante se halle del Sol, hasta que al estar
enfrente de ese astro su bello y redondo aspecto brille con plena luz
en el horizonte, donde contempla la desaparición del Sol por el mismo
sitio en que ella se levanta. Después, en dirección contraria ocultará
su luz poco á poco y esconderá su brillo á medida que se acerque al
disco del Sol y camine por la mitad opuesta á la posición de los
signos. Así piensan los que en la Luna no ven otra cosa más que una
esfera que tiene los movimientos por debajo del Sol; y entiendo que esa
opinión es aceptable.
Y puede ser que la luz que nos muestra sea propia y que en la emisión
de los fulgores ofrezca distintas formas. En ese caso deberá admitirse
la intervención de un cuerpo opaco que se mueva al mismo tiempo que la
Luna y paralelo á ésta, á la cual tape su luz en ocasiones; y también
puede la Luna ser considerada como una esfera que tenga una sola
mitad iluminada y al girar en movimiento de rotación presente varios
aspectos, porque primeramente nos ofrecería su parte iluminada y poco
á poco ésta se ocultaría hasta desaparecer totalmente de nuestra vista;
en esta opinión descansa el sistema que los Caldeos sostienen en contra
del parecer de los Griegos; pero ambas explicaciones son verosímiles, y
no hay bastantes datos para considerar una cualquiera de esas doctrinas
superior á la otra.
No es imposible que una nueva Luna sea creada con variadas formas,
de las cuales se destruya en un día la que en el anterior se haya
formado, se dé otra para el siguiente día y reemplace cada una á la
anterior. Es difícil negar este aserto, porque se conforma con el
régimen del Universo, en el cual se rehacen las cosas: aparece la
primavera acompañada por el Amor y precedida del Céfiro que bate las
alas, mientras que la madre Flora le prepara camino de flores y de
perfumes: después síguese el calor, tras éste la aridez y luego viene
Ceres llena de polvo por el soplo de los vientos etesios[67]; sigue el
otoño, compañero de Baco, en cuyo séquito vienen tempestades, vientos,
el altisonante Vulturno[68] y el ruidoso Austro[69] que anuncian las
tormentas. Después de ellos nos visitan la nieve, el entorpecedor
frío y el insufrible invierno que hace batir los dientes. Y si en
tiempos fijos y con regular orden se suceden esos hechos, ¿habríamos de
admirarnos si naciera y muriera la Luna en tiempos dados?
[67] Etesios, vientos del Nordeste.
[68] Vulturno, viento entre el euro (Levante) y el noto (del Sur).
[69] Austro, vendaval fuerte del Sur.
Los eclipses de Sol y los de Luna pueden ser atribuidos á varias
causas: quizá pueda la Luna substraer á la Tierra la claridad del Sol
y ocultar el brillo de éste por medio de la interposición de su opaca
masa que absorba ó intercepte los rayos del foco luminoso: ¿y no podría
existir otro cuerpo, opaco igualmente, que produzca ese efecto? ¿y no
puede suceder también que el Sol en ciertas ocasiones se amortigüe y
pierda su brillo que después recupere cuando haya pasado por regiones
donde el aire no ofrezca adecuadas condiciones para hacer luminosas
las emanaciones de aquel astro? Y si alternativamente puede la Tierra
privar de luz á la Luna, y tener por debajo el Sol, mientras que el
astro de revolución mensual se muestra obscurecido por la cónica sombra
que se le pone delante, ¿no podrá suceder que otro cuerpo cualquiera
se coloque frente al Sol, interrumpa su fulgor y nos despoje de su
brillante luz? Pero si la luz de la Luna es propia, y no reflejada del
Sol, ¿no podrá languidecer al pasar por ciertas regiones donde haya
algún fluido contrario que apague todos sus fuegos?