Ni el disco del Sol puede ser mayor ni menor su fuego de lo que á los
sentidos se muestran. Si de un foco ígneo surgen luz y calor que hasta
nosotros llegan con toda la plenitud de su influencia á pesar del
espacio que hayan recorrido, parece que en el trayecto no han debido
perder volumen ni intensidad; y puesto que el calor y la luz del Sol
mueven nuestras sensaciones y tiñen de color los objetos, el tamaño y
la forma de aquel astro serán, con escasa diferencia, tales como los
vemos[63].
[63] Los errores de Epicuro y de Lucrecio acerca de esta materia
sorprenden, porque están en contradicción con los principios que
sostenían respecto á las apariencias fenomenales.
La Luna, ya se mueva en el espacio iluminada con luz propia, ya
brille con fulgores reflejados, como quiera que sea, no tiene mayor
volumen, según parece, que el que distinguimos desde la Tierra. Todos
los cuerpos que á distancia colocados vemos á través de grandes masas
de aire, se nos muestran confusos y como si no tuvieran delineadas
sus márgenes; pero la Luna se nos ofrece claramente con forma bien
determinada y con límites perfectamente marcados: luego necesario
es que sea, allá en las alturas, tal como desde aquí la percibimos.
Últimamente, los puntos brillantes que ves en el etéreo espacio (ya
que distinguimos en la Tierra su luz y notamos su claro centelleo y
su ardor, y por tanto, nada han de haber perdido en la distancia,
cualquiera que sea ésta, que los separa de nosotros), lícito es pensar
que no han de ser mucho mayores ni menores que los contemplamos.
Y no te admire el hecho de que el Sol, aunque no sea muy grande, pueda
emitir luz bastante para llenar los mares, la Tierra, el cóncavo Cielo,
y esparcir por todas partes su calor; tal vez sea como un manantial
único de donde proceda toda la luz de este mundo, ó sea foco donde
los elementos ígneos se acumulen para repartirla después por toda la
Naturaleza. ¿No ves cómo una fuente, quizá pequeña, riega extensos
prados y á veces inunda las campiñas? Puede suceder que el fuego del
Sol, aunque escaso, toque en las capas de aire que rodean al astro
luminoso, y éstas conviertan en llamas el fuego que reciben, como
las mieses y la paja son devoradas por incendio que produce una sola
chispa; y acaso el Sol, aunque resplandece mucho con luz rosácea, en el
espacio del éter esté rodeado por abundantes fuegos sin brillantez, los
cuales cumplan la función de aumentar, los rayos y el calor del astro
luminoso.
Ni es fácil de explicar ni aún se conoce perfectamente la causa que
al Sol obligue á pasar desde las calientes regiones á las heladas de
Capricornio y después se traslade al signo de Cáncer para volver al
solsticio del estío; ni por qué la Luna emplee un solo mes en recorrer
el mismo espacio que representa la carrera del Sol durante un año: no
es simple ni conocida, vuelvo á decir, la causa de este fenómeno,
si bien es verosímil la explicación que Demócrito da acerca de este
asunto: según aquel pensador, los astros, cuanto más se aproximan á la
Tierra, tanto menos pueden ser envueltos en las corrientes etéreas,
porque la velocidad y fuerza de éstas decrecen á medida que descienden;
por este motivo el Sol, colocado en la parte inferior de las
constelaciones ardientes, se atrasa en su carrera con relación á otros
cuerpos sobre los cuales se encuentra, y la Luna, que aún está más
baja, más distante de los cielos y más aproximada á la Tierra, acompaña
mucho menos á los signos en sus movimientos; y como el torbellino la
arrastra levemente, con facilidad es alcanzada por los astros que la
exceden en sus giros. Por tanto, aunque parece que llega muy pronto á
los signos, lo que en realidad sucede es que éstos llegan á ella más
pronto.
Quizá haya en el mundo corrientes alternativas de aire procedentes de
regiones diversas que puedan á tiempos fijos empujar al Sol desde los
signos del estío hasta el solsticio del invierno, y después desde los
helados climas hacia los cálidos signos; si fuera exacta la teoría
esta, sería necesario suponer que la Luna y las estrellas, impelidas
por esas corrientes alternas de aire, describen una revolución en los
grandes años[64].
[64] Tal vez se refiera Lucrecio á los años comprendidos en un
ciclo de revolución sideral de que hablan las tradiciones de más
remoto origen. Los Brahmanes de la India admitían el año cósmico
formado por doce mil años divinos, cada uno de los cuales se
componía de algunos millares de años solares. Pueden consult.
págs. 101 y sigs. de _El Alma según las esc. fil. de la Ind._,
por M. R. Navas.
¿No ves que las nubes impulsadas por los vientos contrarios ya suben,
ya bajan, y siempre siguen opuestas direcciones? ¿Y por qué los astros
no han de ser llevados de igual modo por diversas corrientes y con
distinto rumbo?