417. _Sed quibus ille modis conjectus materiai..._

De cuál sea el proceso que los principios de la materia hayan seguido

para la formación del Cielo, de la Tierra, del profundo Océano y del

curso del Sol y de la Luna, trataré ahora con método; pues ciertamente

ni por deliberación se han colocado en orden los elementos de las

cosas, ni por combinaciones concertadas han adoptado los movimientos

que siguen: por su propia gravedad impelidos, por choques numerosos

empujados los unos por los otros, de múltiples maneras atraídos, se

juntaron, se repelieron, se combinaron, se desunieron, y después de

variaciones indefinidas, llegaron á asociarse en masas y éstas formaron

el protoplasma que se desenvolvió en tierra, mar, cielo y seres

animados.

Aún el disco del Sol no iluminaba con su espléndida luz el espacio,

ni existían las estrellas del mundo, ni mar, cielo, tierra ó aire ni

cosa alguna semejante á las que nos rodean; había solamente confusión

caótica de elementos. Pero algunas partes comenzaron á disgregarse de

esa masa; por afinidad se formaron moléculas, se configuró el mundo,

seguidamente en la continuación del propio desenvolvimiento de éste

se determinaron sus miembros, y de toda clase de cuerpos simples se

constituyeron sus órganos; entonces la discordia de los principios

materiales, motivada por la diversidad de sus atracciones, movimientos,

gravedad y resistencia, se hizo más cruda; sus varias formas sirvieron

de obstáculo para que en unidad indiferenciada se mantuviesen, y por

necesidad se formaron masas homogéneas disgregadas del conjunto; de la

tierra quedó separado el alto cielo; todas las aguas constituyeron el

mar y el fuego etéreo brilló aparte.

Primeramente, los elementos más graves y más intrincados se unieron

y se colocaron en medio de las capas inferiores, y cuanto más se

enredaron apretadamente, con mayor rapidez se desprendió de ellos la

materia idónea para la formación del mar, las estrellas, el Sol, la

Luna y el ámbito del mundo; de estos últimos los principios generadores

son más ligeros, más redondos y más pequeños que los de la Tierra,

y por la misma causa, el éter, con algunas partículas ígneas que le

acompañaron, fueron los primeros cuerpos determinados que por los

poros de la masa térrea pudieron escapar y constituirse; así como

frecuentemente vemos brillantes gotas de rocío que bajo la acción de

matutina áurea luz de claro sol centellean sobre las hierbas, ó como

exhalan suaves nieblas los lagos y los ríos, ó como de la tierra se

desprenden emanaciones vaporosas que forman en las alturas una especie

de tejido que oculta á nuestra vista el cielo, así también el éter,

aunque fluido y ligero, por condensación formó una especie de envoltura

que rodea nuestro mundo. Siguió la formación del Sol y de la Luna,

globos que en los espacios giran entre el éter y la Tierra; ni ésta ni

aquél pudieron atraerlos, porque dichos globos no son bastante pesados

para quedarse en la parte inferior, ni tan ligeros que puedan volar por

las mayores alturas: así han permanecido en una intermedia situación

donde se revuelven como cuerpos vivos y partes que son del mundo;

también algunos órganos de nuestro cuerpo no pueden cambiar de posición

mientras otros se mueven.

Ya esta obra cumplida, la Tierra, de repente, en el sitio en que existe

la inmensa extensión cerúlea, abrió amplias fosas donde se recogió el

líquido salado: en el decurso de los días, condensada la tierra cada

vez más y batida por los rayos solares en la dirección del centro á la

periferia quedó libre de los elementos acuosos y los mares aumentaron

su volumen; también las moléculas de aire y fuego se acumularon en

las alturas hasta muy lejos del mundo; al mismo tiempo los montes se

levantaron y aparecieron formadas las llanuras; porque no es posible

que las rocas sobresalgan sino cuando el resto de la tierra queda

abatido. Así el globo terrestre en concreción diferenciada por su

peso y consistencia se constituyó, y el limo del mundo por su propia

gravedad se precipitó, como heces, á su fondo.

Primeramente está el mar, por encima el aire, después el éter y el

fuego, fluidos todos que si bien constan de elementos puros simples,

por su composición resultan unos más ligeros que otros; el menos denso

de todos es el éter, que se acumula sobre las ondas del aire, con las

cuales nunca se confunde, y libre les deja el dominio de las peligrosas

tempestades y de las violentas borrascas; y con marcha regular circula

de su brillante luz acompañado. Una muestra del movimiento con que el

éter puede moverse, nos da el mar que en constante flujo y reflujo se

agita.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 269 / 302 题