De cuál sea el proceso que los principios de la materia hayan seguido
para la formación del Cielo, de la Tierra, del profundo Océano y del
curso del Sol y de la Luna, trataré ahora con método; pues ciertamente
ni por deliberación se han colocado en orden los elementos de las
cosas, ni por combinaciones concertadas han adoptado los movimientos
que siguen: por su propia gravedad impelidos, por choques numerosos
empujados los unos por los otros, de múltiples maneras atraídos, se
juntaron, se repelieron, se combinaron, se desunieron, y después de
variaciones indefinidas, llegaron á asociarse en masas y éstas formaron
el protoplasma que se desenvolvió en tierra, mar, cielo y seres
animados.
Aún el disco del Sol no iluminaba con su espléndida luz el espacio,
ni existían las estrellas del mundo, ni mar, cielo, tierra ó aire ni
cosa alguna semejante á las que nos rodean; había solamente confusión
caótica de elementos. Pero algunas partes comenzaron á disgregarse de
esa masa; por afinidad se formaron moléculas, se configuró el mundo,
seguidamente en la continuación del propio desenvolvimiento de éste
se determinaron sus miembros, y de toda clase de cuerpos simples se
constituyeron sus órganos; entonces la discordia de los principios
materiales, motivada por la diversidad de sus atracciones, movimientos,
gravedad y resistencia, se hizo más cruda; sus varias formas sirvieron
de obstáculo para que en unidad indiferenciada se mantuviesen, y por
necesidad se formaron masas homogéneas disgregadas del conjunto; de la
tierra quedó separado el alto cielo; todas las aguas constituyeron el
mar y el fuego etéreo brilló aparte.
Primeramente, los elementos más graves y más intrincados se unieron
y se colocaron en medio de las capas inferiores, y cuanto más se
enredaron apretadamente, con mayor rapidez se desprendió de ellos la
materia idónea para la formación del mar, las estrellas, el Sol, la
Luna y el ámbito del mundo; de estos últimos los principios generadores
son más ligeros, más redondos y más pequeños que los de la Tierra,
y por la misma causa, el éter, con algunas partículas ígneas que le
acompañaron, fueron los primeros cuerpos determinados que por los
poros de la masa térrea pudieron escapar y constituirse; así como
frecuentemente vemos brillantes gotas de rocío que bajo la acción de
matutina áurea luz de claro sol centellean sobre las hierbas, ó como
exhalan suaves nieblas los lagos y los ríos, ó como de la tierra se
desprenden emanaciones vaporosas que forman en las alturas una especie
de tejido que oculta á nuestra vista el cielo, así también el éter,
aunque fluido y ligero, por condensación formó una especie de envoltura
que rodea nuestro mundo. Siguió la formación del Sol y de la Luna,
globos que en los espacios giran entre el éter y la Tierra; ni ésta ni
aquél pudieron atraerlos, porque dichos globos no son bastante pesados
para quedarse en la parte inferior, ni tan ligeros que puedan volar por
las mayores alturas: así han permanecido en una intermedia situación
donde se revuelven como cuerpos vivos y partes que son del mundo;
también algunos órganos de nuestro cuerpo no pueden cambiar de posición
mientras otros se mueven.
Ya esta obra cumplida, la Tierra, de repente, en el sitio en que existe
la inmensa extensión cerúlea, abrió amplias fosas donde se recogió el
líquido salado: en el decurso de los días, condensada la tierra cada
vez más y batida por los rayos solares en la dirección del centro á la
periferia quedó libre de los elementos acuosos y los mares aumentaron
su volumen; también las moléculas de aire y fuego se acumularon en
las alturas hasta muy lejos del mundo; al mismo tiempo los montes se
levantaron y aparecieron formadas las llanuras; porque no es posible
que las rocas sobresalgan sino cuando el resto de la tierra queda
abatido. Así el globo terrestre en concreción diferenciada por su
peso y consistencia se constituyó, y el limo del mundo por su propia
gravedad se precipitó, como heces, á su fondo.
Primeramente está el mar, por encima el aire, después el éter y el
fuego, fluidos todos que si bien constan de elementos puros simples,
por su composición resultan unos más ligeros que otros; el menos denso
de todos es el éter, que se acumula sobre las ondas del aire, con las
cuales nunca se confunde, y libre les deja el dominio de las peligrosas
tempestades y de las violentas borrascas; y con marcha regular circula
de su brillante luz acompañado. Una muestra del movimiento con que el
éter puede moverse, nos da el mar que en constante flujo y reflujo se
agita.