Y la impía guerra que los más importantes organismos del mundo entre
sí mantienen desde tiempos muy remotos, ¿crees que nunca tendrá fin?
Tienden el Sol y otros focos de calor á absorber todos los líquidos y
á obtener sobre ellos una victoria hasta ahora no alcanzada á pesar
de sus esfuerzos; intentan acumuladas aguas caer en aluvión sobre el
Océano y ocasionar un diluvio ó producir extensa inundación, pero los
vientos arrebatadores y los ardientes rayos de Sol secarían los mares
antes de que las aguas llegaran á conseguir aquel resultado. Con igual
constancia sostienen los dos rivales guerra llevada á todas las cosas;
pero consideremos que, si la tradición no miente, ya una vez se dió el
caso de que el fuego dominase victorioso en toda la Tierra y otra vez
ocurrió que las aguas la invadieron casi por completo. Cuando el fuego
venció, parte del mundo fué abrasado por causa de la inexperiencia del
jovenzuelo Faetonte, que dejó marchar en fogosa carrera los caballos
del Sol por todas las tierras y considerable extensión del espacio;
pero el Padre Omnipotente, impulsado por terrible indignación, disparó
rayo certero sobre el atrevido mozo, y éste cayó herido; entonces Febo,
después de la desgracia de su hijo se presentó en el Cielo, tomó
la dirección del eterno luminar del mundo, sujetó los caballos, aún
jadeantes, los colocó en el camino que debían recorrer y restableció el
orden: esta fábula y otras semejantes cantadas por los poetas griegos
de la antigüedad son desechadas con desprecio por la razón, porque
ésta comprende que si el fuego hubiera llegado á dominar en la Tierra
mediante una inmensa cantidad de moléculas ígneas por todas partes
extendidas, forzosamente ó el fuego habría sido apagado por contraria
fuerza ó el mundo habría quedado consumido por voraz incendio. Y cuando
las aguas resultaron vencedoras, según dicen, muchas ciudades fueron
destruidas y en su trabajo demoledor las contuvo una opuesta energía
procedente de fuera del Universo; entonces las lluvias cesaron y los
ríos disminuyeron su furia.