Con sucesivas renovaciones de agua el mar, los ríos, las fuentes
siempre abundan y se perpetúan; y no es menester decir que su caudal es
favorecido por continuos tributos que de varias partes les llegan, pero
también disminuido por incesantes evaporaciones que causa el Sol con
su ardiente influencia y por otras pérdidas que ocasionan los vientos
con su fuerte soplo: otras porciones de agua penetran en la tierra por
medio de filtraciones ó en sal se convierten, ó vuelven sobre su curso
y se juntan al nacimiento de los ríos para correr límpidas por los
cauces que les facilitan paso.
Tratemos ahora del aire, el cual en todos los momentos sufre numerosas
variaciones: los efluvios que brotan de los cuerpos en ese vasto Océano
se pierden y á la vez éste da materiales para la renovación de todas
las cosas; de lo contrario, todo cuanto existe con el tiempo en aire
se convertiría: contribuyen, pues, todos los cuerpos mediante sus
continuas emanaciones á la formación del aire, y éste da elementos para
la composición de todos los seres.
El Sol, perenne foco de claridad, etéreo astro que baña el cielo con
su brillo continuamente renovado, sin cesar enriquece su corriente
luminosa con no interrumpidas producciones de luz, porque siempre sus
rayos se extinguen al llegar á su destino. Te será fácil convencerte
de la exactitud de esa observación si reparas en que al ponerse las
nubes entre el Sol y nosotros el manantial luminoso queda cortado é
inmediatamente desaparece en su parte inferior; entonces la Tierra se
obscurece en la porción correspondiente á las nubes interpuestas: de
este hecho puedes inferir que los cuerpos necesitan luz de renovación
no interrumpida, que todo rayo luminoso al momento en que surge se
consume, y que no podríamos ver los objetos si faltasen las continuas
emisiones de luz solar.
También las luces de que nos valemos por la noche, artificialmente
obtenidas en lámparas y antorchas de las que se derivan torrentes de
humo y de llamas, dan fulgores vacilantes pero no interrumpidos, porque
la rapidez con que su corriente se renueva es tal que súbitamente
reemplaza á la luz que va á extinguirse por otra nueva que se forma.
Algo parecido sucede con el Sol, la Luna y las estrellas, y, por tanto,
lejos de considerar inalterables esos cuerpos debes creer que nos
alumbran por efecto de sus continuas emisiones tan pronto consumidas
como renovadas.
Finalmente; ¿no ves de qué manera el tiempo deja marcado su paso
en las piedras, y cómo torres elevadas sucumben, rocas se deshacen
en polvo, templos y estatuas de dioses se destruyen y acaban en
ruinas, sin que esos dioses puedan salvar los límites de las cosas ó
contrariar las leyes de la Naturaleza? ¿No vemos que otros monumentos
levantados en honor de los hombres también se quebrantan como cuerpos
minados por vejez? ¿No sabemos que de lo alto de algunas montañas se
desprenden enormes bloques de granito incapaces para sufrir inmutables
la demolición del continuo suceder? Pues no caerían como arrancados
repentinamente ó bajo la acción de un choque si hubieran resistido los
continuados asaltos del tiempo.