Decir, pues, que para bien de los hombres quisieron los dioses formar
el mundo y que por este favor les debemos gratitud; pensar que eterno
es é inmortal ha de ser lo existente; añadir que es un crimen aportar
razones encaminadas á probar que es destructible ese edificio labrado
por inteligencia divina, y fingir otras invenciones de esa especie ¡oh
Memmio! es delirar. ¿Qué beneficio habría de producir á los inmortales
nuestra gratitud, para que ese incentivo los moviera á realizar una
obra destinada solamente para nuestra dicha? ¿Qué motivos podrían tener
los dioses que desde toda eternidad habían vivido en reposo, para
concebir deseos de cambiar de vida en un momento dado? Aspira á una
mudanza de posición aquel que en su antiguo estado se encuentra mal;
pero el que no ha sufrido nunca daño y en serenidad pasa ilimitado
tiempo, ¿cómo puede sentir impulsiones para alterar su calma? Y si la
eternidad yacía en triste confusión hasta que brilló el origen creador
de las cosas, á nosotros ¿qué mal podía causarnos el no haber nacido?
Puede apetecer la vida el que felicidades goza desde que participa de
ella; pero el que nunca gustó delicias, ¿qué pierde si no es creado?
¿Cómo pudo germinar para los dioses el modelo de todas las cosas y la
idea del hombre? ¿cómo los númenes concibieron la obra que después
llevaran á cabo? Si la Naturaleza misma en desdoblamientos sucesivos no
dió la creación hecha, ¿de qué modo los dioses conocieron la fuerza
de los elementos simples y las aplicaciones que ofrecía? En todo
tiempo los primeros principios atraídos y repelidos mutuamente, por la
acción de su propia gravedad se han agitado con movimientos múltiples
en el espacio y de variadas maneras se han asociado en combinaciones
creadoras: no es, pues, admirable el hecho de que en el transcurso de
los tiempos, como resultado preciso de sus mudanzas y movimientos,
hayan constituido una Suma total con energías bastantes para ser
renovada perpetuamente.
Pero aunque no conociera las cualidades propias de los principios
generadores de todas las cosas, aún me atrevería á asegurar, mediante
la contemplación del cielo y de todas las cosas existentes en el
espacio, que de ningún modo el Universo ha podido ser hecho para
nosotros por inspiración divina: ¡tantos defectos contiene!