93. _Quod superest, ne te in promissis plura moremur..._

Ahora, pues, para no cansarte más con promesas, observa primeramente

los mares, las tierras y el cielo, tres cuerpos que son, ¡oh Memmio!

de naturaleza desemejante, de especie diferente, de textura diversa,

pero que serán arruinados en un día y así quedará deshecha la máquina

del mundo, por tantos años conservada. No se me oculta lo extraña que

parecerá la teoría de la subversión futura y lo difícil que me ha

de ser la divulgación de verdades nunca enunciadas y que no pueden

comprobarse con los sentidos, únicas puertas por donde es posible

que la evidencia penetre en nuestra alma; pero las expondré, á pesar

de estos inconvenientes, pues quizá no esté muy lejano el día en que

pruebas claras apoyen mis enseñanzas, y aun tal vez que nuestro mundo

llegue á trastornarse entre convulsiones: ¡ojalá no sucedan así las

cosas, y no sean los hechos sino la reflexión despertada por mis ideas

el medio que te demuestre que es posible la demolición del mundo!

Antes de que empiece á explicarte las leyes en que descansa el orden

universal, leyes más sagradas y más ciertas que los oráculos dictados

por la Pitonisa de laurel coronada y subida en el trípode apolónico,

voy á ofrecerte algunas consideraciones que tu ánimo levanten: no

caigas en la debilidad de creer que en consonancia con lo que las

religiones dicen, la Tierra, el Sol, el cielo, el mar, las estrellas

y la Luna sean cuerpos divinos que han de permanecer como ahora se

muestran, eternamente, y que son impíos como los Gigantes[54], y

merecedores de horribles penas aquellos malvados que afirman la

posibilidad de que se deroguen los fundamentos del mundo, se apague el

rutilante luminar del día y mueran los llamados seres inmortales.

[54] Los Gigantes que pretendieron escalar el cielo, es decir,

los hombres atrevidos que desearon conocer la ciencia del mal y

del bien.

Tan distantes se hallan de la condición divina esos cuerpos y tan

indignos son de figurar colocados entre los dioses, como que, según

cuanto puede comprenderse, constan solamente de una materia bruta

incapaz de sensaciones; porque no puede suponerse que á todos los

cuerpos sea dado poseer alma inteligente y sensible: así como no pueden

existir árboles en el aire, nubes en el mar, peces en el campo, en

la madera sangre y savia en la piedra, de igual modo no puede nacer

alma sin cuerpo ni existir sin nervios y sangre, porque el orden

consiste en la determinación de cada ser con arreglo á sus condiciones

constitutivas; y si otra cosa fuera posible, también sería fácil que el

ánimo surgiese en la cabeza, en los hombros ó en otra parte del cuerpo,

si de cualquier modo estaba en el mismo individuo, en el mismo vaso;

pero como ya sabemos que el ánimo y el alma crecen y se desarrollan en

esfera propia, no tenemos razón para afirmar que fuera de los seres

animados puedan existir, ya sea en las profundidades de la Tierra ó en

el fuego del Sol, ya en las masas de agua ó en la extensión del aire.

Luego no tan solamente aquellos cuerpos carecen de esencia divina, sino

también de sensaciones que les den vitalidad animada.

Y por este motivo no debes creer que en alguna parte del mundo haya

mansiones destinadas para residencia de númenes: si éstos son delicadas

substancias que los sentidos no pueden percibir y la inteligencia

apenas comprender, y si escapan además á nuestro tacto, deberán tener

relaciones con algo que del orden sensible exceda, porque no puede

tocar lo que es incapaz de ser tocado. Luego la morada propia de los

dioses debe ser muy diferente de la nuestra y tan sutil como su cuerpo;

afirmación que en otro lugar te demostraré extensamente[55].

[55] Es opinión generalmente admitida que Lucrecio no cumplió su

promesa, quizá por su prematura muerte.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 263 / 302 题