Ahora, pues, para no cansarte más con promesas, observa primeramente
los mares, las tierras y el cielo, tres cuerpos que son, ¡oh Memmio!
de naturaleza desemejante, de especie diferente, de textura diversa,
pero que serán arruinados en un día y así quedará deshecha la máquina
del mundo, por tantos años conservada. No se me oculta lo extraña que
parecerá la teoría de la subversión futura y lo difícil que me ha
de ser la divulgación de verdades nunca enunciadas y que no pueden
comprobarse con los sentidos, únicas puertas por donde es posible
que la evidencia penetre en nuestra alma; pero las expondré, á pesar
de estos inconvenientes, pues quizá no esté muy lejano el día en que
pruebas claras apoyen mis enseñanzas, y aun tal vez que nuestro mundo
llegue á trastornarse entre convulsiones: ¡ojalá no sucedan así las
cosas, y no sean los hechos sino la reflexión despertada por mis ideas
el medio que te demuestre que es posible la demolición del mundo!
Antes de que empiece á explicarte las leyes en que descansa el orden
universal, leyes más sagradas y más ciertas que los oráculos dictados
por la Pitonisa de laurel coronada y subida en el trípode apolónico,
voy á ofrecerte algunas consideraciones que tu ánimo levanten: no
caigas en la debilidad de creer que en consonancia con lo que las
religiones dicen, la Tierra, el Sol, el cielo, el mar, las estrellas
y la Luna sean cuerpos divinos que han de permanecer como ahora se
muestran, eternamente, y que son impíos como los Gigantes[54], y
merecedores de horribles penas aquellos malvados que afirman la
posibilidad de que se deroguen los fundamentos del mundo, se apague el
rutilante luminar del día y mueran los llamados seres inmortales.
[54] Los Gigantes que pretendieron escalar el cielo, es decir,
los hombres atrevidos que desearon conocer la ciencia del mal y
del bien.
Tan distantes se hallan de la condición divina esos cuerpos y tan
indignos son de figurar colocados entre los dioses, como que, según
cuanto puede comprenderse, constan solamente de una materia bruta
incapaz de sensaciones; porque no puede suponerse que á todos los
cuerpos sea dado poseer alma inteligente y sensible: así como no pueden
existir árboles en el aire, nubes en el mar, peces en el campo, en
la madera sangre y savia en la piedra, de igual modo no puede nacer
alma sin cuerpo ni existir sin nervios y sangre, porque el orden
consiste en la determinación de cada ser con arreglo á sus condiciones
constitutivas; y si otra cosa fuera posible, también sería fácil que el
ánimo surgiese en la cabeza, en los hombros ó en otra parte del cuerpo,
si de cualquier modo estaba en el mismo individuo, en el mismo vaso;
pero como ya sabemos que el ánimo y el alma crecen y se desarrollan en
esfera propia, no tenemos razón para afirmar que fuera de los seres
animados puedan existir, ya sea en las profundidades de la Tierra ó en
el fuego del Sol, ya en las masas de agua ó en la extensión del aire.
Luego no tan solamente aquellos cuerpos carecen de esencia divina, sino
también de sensaciones que les den vitalidad animada.
Y por este motivo no debes creer que en alguna parte del mundo haya
mansiones destinadas para residencia de númenes: si éstos son delicadas
substancias que los sentidos no pueden percibir y la inteligencia
apenas comprender, y si escapan además á nuestro tacto, deberán tener
relaciones con algo que del orden sensible exceda, porque no puede
tocar lo que es incapaz de ser tocado. Luego la morada propia de los
dioses debe ser muy diferente de la nuestra y tan sutil como su cuerpo;
afirmación que en otro lugar te demostraré extensamente[55].
[55] Es opinión generalmente admitida que Lucrecio no cumplió su
promesa, quizá por su prematura muerte.