Tampoco debe nadie admirarse de que los seres animados busquen los
alimentos que más se adaptan á su naturaleza. Ya te he dicho que de los
cuerpos fluyen y brotan numerosas moléculas en cantidad proporcionada
al movimiento que los mismos desarrollan: por la transpiración, desde
lo más íntimo del organismo, salen muchas; otras por la boca se escapan
en la respiración anhelante. Esas derivaciones continuas representan
pérdidas que abaten el cuerpo hasta sumirlo en postración seguida por
cierto dolor estimulante que obliga al ser vivo á buscar los alimentos
necesarios para calmar las molestias sufridas, para reponer las
fuerzas gastadas y para renovar las energías de los miembros y de las
venas; también los fluidos se reparten por el cuerpo, y con su humedad
se calman los ardores provocados por la combustión efectuada en el
estómago, y se restringe el fuego que trata de invadir el organismo: de
esta manera se apaga la ardiente sed y se calma la famélica ansiedad.
Ahora trato de inquirir la causa que nos permite andar y mover nuestros
miembros de varios modos, con sujeción á nuestra voluntad, agente que
impulsa la pesada masa de nuestro cuerpo; escucha, pues, mi discurso.
Digo que los simulacros rozan nuestro ánimo, y, como ya expuse más
arriba, le comunican cierto movimiento, del que se originan las
determinaciones volitivas, que son requisito indispensable de todo lo
que se proyecta ó se ejecuta; luego la formación de la imagen ante
la presencia del objeto, es la primera condición para todo hacer. En
cuanto el ánimo se resuelve á seguir una dirección, la energía del
alma, que extendida está en los órganos y en los miembros, compele á
éstos; el fenómeno se realiza sin dificultad, porque siempre el alma,
unida al cuerpo, impulsa á éste, que se pone en movimiento y avanza;
también el aire, que nunca deja de agitarse, en cumplimiento de su
propia función, penetra en los dilatados poros del cuerpo activo, y
va á esparcirse hasta por las más pequeñas partes del ser. Hay, pues,
dos clases de substancias que imprimen al cuerpo el movimiento, como
dos fuerzas combinadas, la del viento y la de las velas, son las que
ponen en marcha la nave. Y no debe sorprender el hecho de que elementos
delicadísimos puedan mover y conducir á su arbitrio el cuerpo con
toda su gravedad: también el ligero viento, á pesar de su composición
tenuísima, puede empujar velozmente una pesada nave, á la cual una
sola mano rige en el mar, por arrebatado que esté, y un solo timón da
la dirección conveniente: de igual modo las gruas y los tornos elevan
masas enormes, aunque sean movidas por un débil esfuerzo.