Averigüemos antes de todo la causa de los deseos que en el alma
se despiertan y de las determinaciones que ésta adopta entre dos
extremos. ¿Acaso los simulacros, obedientes á las excitaciones
de nuestro apetito, combinan imágenes á nuestro gusto? ¿Quizá la
Naturaleza para complacernos forma en nuestra mente, sin la presencia
de objeto, fantásticas efigies del cielo, de la tierra, de los mares,
de asambleas, ceremonias, festines y combates, y tal vez las crea en
la misma región y en el mismo lugar donde el ánimo encuentra cosas muy
diferentes?
En verdad, cuando en sueños distinguimos simulacros que marchan
acompasadamente, que emplean los miembros con gallardía, que usan con
ligereza las extremidades torácicas y abdominales y que acompañan
esos movimientos con gestos adecuados, ¿hemos de suponer que han
aprendido un arte á cuyas reglas sujetan sus juegos nocturnos; ó
más acertadamente creeremos que en nuestra imaginación se presentan
confundidos muchos instantes diversos, como sucede con las palabras
de un discurso que en gran número se juntan en sucesión apenas
diferenciada por los sentidos, pero discriminada por la razón? De
igual modo se presentan confundidos simulacros de muy variadas formas
y especies relativas á circunstancias múltiples de tiempo y de lugar:
¡tanta es su movilidad y tanto es su número! Y como la tenuidad de
esas partículas es muy grande, el ánimo para distinguirlas necesita
concentrarse: todas las imágenes que una vez han sido presentes para el
ánimo han desaparecido si éste no se ha dispuesto para retenerlas; con
esta última condición podemos ver en lo futuro alguna cosa ya pasada, y
así en efecto sucede.
¿No observas que cuando queremos ver objetos muy pequeños tenemos que
fijar en ellos los ojos con atención sostenida, porque de lo contrario
no llegaríamos á adquirir de los mismos una bastante representación? Y
si para conocer las cosas que tenemos presentes necesitamos predisponer
el ánimo á fin de que éste las contemple como si hubieran estado
siempre á largas distancias, y este es un hecho comprobado por la
experiencia de todos los días, ¿debe admirar que los simulacros, aun
cuando existan, sean perdidos para el que no los estudia? No pocas
veces aumentamos en la fantasía el tamaño de los signos de las cosas, y
de este modo caemos en error y el ánimo se engaña.