Aprende ahora, pues, aprende á conocer en pocas palabras las
substancias que mueven el ánimo, de dónde proceden y cómo á él llegan.
Primeramente digo que en toda la extensión del espacio vagan y giran
de variados modos innumerables y muy tenues simulacros de las cosas,
los cuales al encontrarse en las auras fácilmente se coaligan, como los
hilos de araña y las hojuelas de oro; es su levedad aún mayor que la de
las efigies, cuyas finísimas partículas tocan en los ojos y motivan la
visión, y de seguida penetran por el aparato visual, mueven la íntima
naturaleza del ánimo y excitan de éste la potencia sensible; merced
á ese proceso podemos representarnos Centauros, personificaciones de
Escilas, triplicadas cabezas de cerberos, y aun imágenes de personas
cuyos huesos cubre ya la tierra. En todas partes existen simulacros
de variadas especies; unos que espontáneamente se forman en el aire,
otros que son procedentes de las cosas y fuera de ellas se combinan
de múltiples modos: ciertamente la imagen del Centauro no responde á
ningún ser real, porque nunca ha existido un animal de su figura; pero
las imágenes del hombre y del caballo pueden fácilmente encontrarse,
y unirse como antes he dicho, á causa de su naturaleza sutilísima,
apropiada para conjunciones sutiles. De manera igual se han formado
otras representaciones; porque los simulacros por su agilidad se mueven
instantáneamente y con su delicado impulso pueden mover la acción del
ánimo, dotado también de admirable movilidad y de sutileza extrema.
Fácilmente puedes comprender la manera cómo se realizan esos hechos
de que ya he hablado, si consideras que nuestros ojos son capaces
de ver lo que en nuestra alma se halla, supuesto que la percepción
de la imagen y la representación en nuestra alma son dos instantes
de un mismo fenómeno; y si no podemos ver leones, como ya he dicho,
sino por medio de simulacros que nuestros ojos impresionen, lícito
ha de ser pensar que los simulacros de los leones llegarán á nuestro
entendimiento como otros de la misma especie tocan á nuestros ojos,
si bien aquéllos deben ser más tenues que los segundos. Y no por otra
razón es posible que el ánimo se halle vigilante cuando el sueño abate
los miembros, á no ser porque los simulacros estimulen nuestro ánimo
lo mismo que si estuviéramos despiertos, y así, dormidos nos figuramos
ver á personas que llegaron al término de la vida y de las cuales se
apoderó la muerte. En la Naturaleza se realizan esas ilusiones por
causa del profundo sueño de los sentidos que imposibilita á éstos para
conocer la verdad, y del abatimiento de la memoria que, adormecida, no
distingue que pertenece á la muerte algo de lo que la imaginación nos
da revestido con las apariencias de la vida.
Tampoco debe extrañar que los simulacros se muevan y al parecer agiten
con regularidad los brazos y otros órganos; forman una imagen más fugaz
que el mismo sueño, porque en éste, apenas una primera ilusoria efigie
se disipa, otra quizá muy diferente le sucede, tal vez sin solución de
continuidad, y por esta causa varias imágenes sucesivas parecen una
sola que cambia y varía repentinamente de gesto. Aún respecto á este
orden de ideas tenemos que hacer muchas indagaciones y muchos puntos
obscuros tenemos que aclarar si deseamos exponer con claridad el asunto
que ahora nos preocupa.