Finalmente; cuando el sueño domina los sentidos con dulce sopor y el
cuerpo yace en completo reposo, nos parece en ocasiones que estamos
vigilantes y que nuestros miembros se mueven: en noche envuelta
por densa obscuridad, creemos ver el Sol y gozar de la luz diurna;
que varían de lugar los astros, el mar, los ríos, los montes; que
recorremos á pié campos extensos; que de noche en el silencio oimos
varios ruidos, y por último, que respondemos cuando estamos callados.
Aunque muchos hechos de esa especie sean, en verdad, sorprendentes, no
deben servir para quebrantar la confianza que tengamos en el testimonio
de los sentidos, por más que den como realidades ilusiones fantaseadas
por el ánimo y en algunas veces creamos distinguir cosas que no pueden
existir. Difícil es, ciertamente, el fijar la diferencia que existe
entre las apariencias fenomenales y la realidad de las cosas, pero no
debe el ánimo dejarse vencer por las dudas.
Quien dice que nada se sabe, afirma contra su propia opinión; pues
nada podrá saber aquél que confiesa que no puede saberse nada[46]. No
pretendo contender con el que se pone en desacuerdo consigo mismo; pero
si concediese como probado el principio de que nada se sabe, aún habría
de preguntar al que negase toda seguridad en el juicio formado: ¿De qué
medio se vale para diferenciar lo que sea saber y no saber, y dónde
pudo adquirir noticia de la verdad y del error, ya que no es posible
discriminar la duda y la certeza?
[46] Aristóteles decía á los escépticos: Ó sabéis ó no sabéis: si
sabéis que no sabéis, algo sabéis; si no sabéis que no sabéis no
podéis afirmar que no sabéis.