Nos parece que está inmóvil el barco en que navegamos, y se nos figura
que marchan cosas que están fijas: cuando con velas hinchadas la nave
que nos conduce hiende las ondas y nos transporta velozmente, creemos
que huyen de nosotros los campos y las colinas: las estrellas se nos
muestran como estacionadas en la bóveda etérea, aunque siempre están
en movimiento y aparecen en un lado para ir á perderse en el opuesto
después de haber lucido su brillante masa en los espacios siderales: de
igual manera creemos ver en reposo el Sol y la Luna, aunque la razón
nos dice que se mueven: desde el mar se observa, como si formaran
una sola isla que brotase de las aguas, varias montañas entre cuyas
gargantas podría maniobrar numerosa flota: los niños, después de dar
muchas vueltas creen al pararse que la casa anda con movimiento de
rotación, y que giran las columnas de la sala en que juegan, y aun
temen que el edificio se desplome sobre ellos.
Cuando en cumplimiento de las leyes de la Naturaleza el Sol comienza
á dirigir sus trémulos rayos por encima de las montañas, y crees ver
que el rojo disco reposa en ellas y con su manto de fuego las toca,
repara que esos montes no distan de nosotros dos mil tiros de saeta,
y muchas veces ni aun quinientos; entre esas montañas y el Sol median
muchos mares que tienen por cubierta el cielo, é innumerables tierras
ocupadas por diversas clases de gentes y muchas especies de fieras. En
un charco de agua de muy escasa profundidad, formado entre las piedras
de la calle, parece que se ven un cielo abierto, nubes aglomeradas, un
profundo abismo y muchos cuerpos escondidos bajo la tierra.