Muchas veces desde lejos contemplamos las cuadradas torres de las
ciudades, y se nos figura que son redondas, porque los ángulos rectos
de sus lados contiguos se nos representan como obtusos, ó bien porque
se desvanecen á nuestra vista y no los podemos precisar: á proporción
que aumentan las distancias los simulacros pierden poco á poco su forma
por el choque de los cuerpos que flotan en el aire; y cuando el ángulo
degenera lentamente á nuestra vista, nos imaginamos ver el volumen de
un cilindro de piedra, no perfecto, sino algo desvanecido y confuso.
Parece que nuestra sombra se mueve en el Sol, imita nuestros
movimientos y sigue nuestros pasos, como si fuera posible que el aire,
de luz privado, tuviese idoneidad para repetir los actos de los hombres
y copiar sus gestos, ya que nada más que aire envuelto en la obscuridad
es lo que llamamos sombra: falta el Sol en algunos puntos de la Tierra
porque nuestros cuerpos impiden el libre acceso de los rayos del astro
luminoso; pero cuando el obstáculo se retira, el Sol luce y por ese
motivo creemos que la sombra nos acompaña siempre. Constantemente se
dispersan los haces luminosos que se forman sin cesar, como se encogen
y consumen los hilos de lana que sucesivamente se arrojan al fuego.
Es fácil de explicar, pues, que la Tierra pierda la luz y que al
recobrarla desvanezca las negras sombras que la hubieran envuelto.
No concedemos que los ojos se engañen: propio de ellos es distinguir
si hay luz ú obscuridad y en qué sitio; pero incumbe á la razón el
discernir si la sombra que vemos en un lugar es la misma que estuvo en
otra parte, ó si es diferente, como he dicho antes de ahora: los ojos
no pueden conocer la Naturaleza de las cosas: no atribuyas, por tanto,
á los ojos defectos propios del ánimo.