348. _Quadratasque procul turres cùm cernimus urbis..._

Muchas veces desde lejos contemplamos las cuadradas torres de las

ciudades, y se nos figura que son redondas, porque los ángulos rectos

de sus lados contiguos se nos representan como obtusos, ó bien porque

se desvanecen á nuestra vista y no los podemos precisar: á proporción

que aumentan las distancias los simulacros pierden poco á poco su forma

por el choque de los cuerpos que flotan en el aire; y cuando el ángulo

degenera lentamente á nuestra vista, nos imaginamos ver el volumen de

un cilindro de piedra, no perfecto, sino algo desvanecido y confuso.

Parece que nuestra sombra se mueve en el Sol, imita nuestros

movimientos y sigue nuestros pasos, como si fuera posible que el aire,

de luz privado, tuviese idoneidad para repetir los actos de los hombres

y copiar sus gestos, ya que nada más que aire envuelto en la obscuridad

es lo que llamamos sombra: falta el Sol en algunos puntos de la Tierra

porque nuestros cuerpos impiden el libre acceso de los rayos del astro

luminoso; pero cuando el obstáculo se retira, el Sol luce y por ese

motivo creemos que la sombra nos acompaña siempre. Constantemente se

dispersan los haces luminosos que se forman sin cesar, como se encogen

y consumen los hilos de lana que sucesivamente se arrojan al fuego.

Es fácil de explicar, pues, que la Tierra pierda la luz y que al

recobrarla desvanezca las negras sombras que la hubieran envuelto.

No concedemos que los ojos se engañen: propio de ellos es distinguir

si hay luz ú obscuridad y en qué sitio; pero incumbe á la razón el

discernir si la sombra que vemos en un lugar es la misma que estuvo en

otra parte, ó si es diferente, como he dicho antes de ahora: los ojos

no pueden conocer la Naturaleza de las cosas: no atribuyas, por tanto,

á los ojos defectos propios del ánimo.

Naturaleza de las cosas: Versión en prosa del poema «De rerum natura» · 第 238 / 302 题