Preciso es declarar con insistencia que esas emanaciones, al ponerse
en contacto con nuestros ojos excitan el fenómeno de la visión[45].
Constantemente de ciertos cuerpos se desprenden olores, como de los
fluidos surge frío, del Sol calor y de los mares sal que socava los
edificios situados en las playas: por el aire vagan siempre muchos
sonidos; cuando paseamos por las orillas del mar notamos el gusto
á salobre que nos impresiona débilmente; cuando asistimos á la
preparación del absintio paladeamos el amargor de esa planta perenne.
Luego es indudable que de todos los cuerpos se desprenden mínimas
partes que se diseminan por el espacio; no permanecen en reposo, ni
pueden ser detenidas en su curso; por su medio experimentamos continuas
sensaciones, y en todo caso podemos ver, oir y oler.
[45] Parece que hay contradicción entre lo que ahora sostiene
Lucrecio y lo que expuso en los versos contenidos en los números
739 al 852 del canto segundo; pero debe tenerse en cuenta que,
según Epicuro, cuya doctrina siguió Lucrecio, para que se efectue
el fenómeno de la visión se necesita la concurrencia de dos
clases de emanaciones, una procedente de todos los cuerpos y otra
de la luz que se mezcla con la anterior.
Además, si en la obscuridad reconocemos por el tacto un cuerpo que
antes hubiéramos visto á la luz, deben ser muy semejantes las causas
inmediatas del tacto y de la visión; por igual motivo, si en las
tinieblas tocamos un objeto de figura cuadrangular y de él adquirimos
idea, ¿lo podremos confundir á la luz con otro de distinta forma? Luego
la principal causa para la visión la dan las mismas imágenes, sin las
cuales no podríamos tener representaciones de las cosas.