Animales hay tan pequeños que son como la tercera parte del tamaño que
tienen los cuerpos más diminutos que puede la vista dominar. ¿Cómo
calcularemos el volumen de los intestinos de esos animales? ¿Cómo será
el tejido muscular de su corazón? ¿Cómo sus ojos, sus miembros, sus
articulaciones? ¡Qué pequeñez! ¿Y podremos concebir la sutileza de los
elementos que componen su ánimo y su alma? ¿Podrás imaginar algo más
pequeño y más delicado?
La panace, el amargo ajenjo, el suave abrótano y la triste centáurea
exhalan penetrante olor, significativo de los simulacros que de esas
plantas brotan y luego vuelan de muchos modos, aunque sin energía para
hacerse perceptibles á la vista; pero nadie podrá apreciar la relación
que existe entre el tamaño de las moléculas componentes de esas
emanaciones y el de los cuerpos de que se han producido.
Pero no pienses que en el aire vagan solamente los simulacros que de
los cuerpos se desvían; hay también otros que se forman espontáneamente
y residen en ese cielo, que es llamado aire, en el cual afectan
distintas figuras y no cesan de moverse de muchos modos: son los que
forman las nubes que crecen y cambian de apariencias en el cielo,
cuya extensión visible muchas veces cubren; en unas ocasiones parecen
gigantes que vuelan y poco á poco extienden la obscuridad por todas
partes; en otras semejan grandes montes, que de la tierra se desprenden
para acompañar al Sol en su curso; y algunas veces se muestran con la
forma de bestia feroz, que guía y distribuye las nubes.