Ya he considerado los principios elementales de las cosas y las
diferentes formas que afectan, los movimientos á que se hallan sujetos
eternamente los cuerpos simples por su propia condición y la manera
como de ellos pueden ser creados todos los seres, y, por último, la
naturaleza del alma, síntesis de las fuerzas que al cuerpo animan, y la
reversión de ésta á sus primeros principios, cuando se disgrega de un
cuerpo cuya vida sensible había constituido. Ahora deseo comunicarte
algunas otras ideas pertinentes á los mismos temas, y para hacerlo con
fruto debo empezar por decirte que hay algunas entidades, á las que
vamos á dar el nombre de simulacros de las cosas, las cuales son como
unas membranas que rodean á todos los cuerpos, cada cual á aquel de
que procede, en forma de emanaciones vaporosas que lo circundan, que
vuelan hacia uno y otro lado á impulso de las auras, y que, unas veces,
cuando estamos despiertos, se nos ofrecen con terrorífica apariencia,
y otras, cuando el sueño nos abate, se nos muestran con figuras
horribles, de tal manera, que en la obscuridad nos producen terror y
cierta soporífera languidez, y dan ocasión para que algunos entiendan
que los simulacros son almas escapadas del Aqueronte, ó sombras de los
difuntos errantes entre los vivos, ó restos que después de la muerte
de cada individuo permanecen entre nosotros; como si el cuerpo y el
alma no perecieran juntos y no se resolvieran en los elementos que los
constituían.
Digo, pues, que los simulacros, tenues membranas producidas por
desprendimientos de la totalidad del cuerpo de los seres, forman
una especie de substancia cortical, libre, aérea, que reproduce con
exactitud la imagen ó efigie de los cuerpos de que se derivan[43].
[43] Pensaba Epicuro que de los cuerpos surge un tejido
imperceptible, que es elemento de los dioses, origen de nuestras
ideas y causa de la visión: el filósofo griego dió á esas
emanaciones los nombres de εἴδωλα y τύποι. Lucrecio las llama
_simulacra_, _effigies_, _imagenes_.