En suma, si la Naturaleza emitiera voz inteligible y de este modo se
expresara: «¿Por qué te entregas, mortal, con tanto exceso al dolor
y á la aflicción? ¿por qué gimes y lloras ante la idea de la muerte?
Si hasta ahora te ha sido grata la vida y los placeres para ti no
se han perdido como si hubieran sido puestos en vaso taladrado y se
hubieren extinguido ó escapado fácilmente, ¿por qué no te separas de
la vida como convidado satisfecho, y por qué, necio, no te entregas
con ánimo tranquilo al reposo? Y si los placeres que pudieras tener
ya se han extinguido y la vida sólo te proporciona sinsabores, ¿por
qué deseas aumentar tus días que te producirán nuevos disgustos, y al
cabo concluirán sin hacerte ningún bien, y por qué no anhelas el fin
de la vida que será también el término de tus trabajos? Considera que
desde ahora en adelante, por mucho que me esforzara, nada encontraría
que te proporcionara placer, porque las cosas siempre son las mismas.
Si tu cuerpo ha resistido el desgaste de los años y tus miembros aún
no vacilan, también deberás pensar que las cosas continuarán siempre
lo mismo, aunque vivas largos siglos y aunque nunca mueras,»--¿qué
responderíamos, sino que era justa la demanda interpuesta por la
Naturaleza y fundado el motivo de sus palabras?
Pero si fuera un desdichado el que se lamentara de la llegada próxima
de la muerte, ¿con cuánto mayor motivo y con cuánta mayor dureza no
le podría decir llena de indignación: «Oculta esas lágrimas, hombre
insaciable, son inútiles tus quejas?» Y si fuera un anciano rendido
bajo el peso de la edad el que temiera la muerte, la Naturaleza podría
decirle: «Has gustado todos los placeres, ¿y todavía te quejas? Tu
inmoderado afán por despreciar lo que posees y desear lo que no tienes
ha mermado en la mitad los goces que has podido tener en la vida, y
ahora te alcanza la muerte antes de que tu avidez quede satisfecha: lo
que ya en turno has disfrutado en tu larga edad, déjalo para que lo
usufructúen los que vienen detrás de ti en la vida; es necesario.»
Con razón, según pienso, con razón hablaría, acusaría y reprendería de
este modo la Naturaleza. La vejez, decrépita, cede siempre el paso á
la juventud: los seres á costa los unos de los otros se suceden. Nada
se pierde en los profundos abismos del Tártaro; la materia de hoy es
necesaria para el advenimiento de las generaciones futuras; y éstas
pasarán muy pronto, como aquélla no tardará en seguirte: los seres
que ahora son perecerán de igual modo que sucumbieron los que gozaron
antes de la vida: cada ser nace de otro y á ninguno es dada la vida á
perpetuidad.