Pero ya familia alegre y excelente esposa no saldrán á recibirte, ni
cariñosos hijos correrán á buscar tus besos y á inflamar tu pecho con
mal contenido placer; ya no podrás realizar empresas gloriosas para
ti y para las personas de tu amor: «infeliz, ¡oh infeliz! dirán, un
solo día infesto destruyó los goces de tu vida,» y no añadirán á esas
palabras «pero también te libró de una vez de toda clase de pesares;»
porque si meditaran libres de prevenciones y reflexionaran acerca de
lo que piensan, desterrarían toda congoja del ánimo y todo miedo. Sin
duda alguna, cuando yazgas inanimado por la muerte estarás exento,
para toda eternidad, de dolores y pesares; pero nosotros, junto á ti,
aun después de convertido en cenizas, verteremos tristes lágrimas y
abrigaremos en el pecho para siempre la pena que nos devore. Pero hay
motivo para preguntar: ¿qué es lo que en este suceso hay de amargo para
el que muere, si queda reducido á quietud y puede consumirse en el
tiempo que dure el luto de sus parientes y deudos?
Muchas veces en los festines, los comensales, recostados, con las copas
levantadas y con la frente oculta por las coronas, exclaman: «Breve es
la dicha del pobre hombre, y cuando se marcha no es posible hacerla
volver.» Tal vez les amargará lo dulce de aquel momento la idea de la
muerte, con las ansias de ardiente sed que les devore y les abrase, ó
con algún otro deseo que les atormente.
Cuando la inteligencia y el cuerpo entregados al sueño descansan, nadie
de sí cuida ni de su existencia: de igual modo, cuando eterno sueño nos
subyugue ningún deseo nos ha de volver á atormentar; pero los elementos
de las sensaciones, aun cuando en el sueño se hallan detenidos, no se
disuelven y pueden funcionar nuevamente. La muerte es todavía menos que
el sueño, si es que se puede llamar menos que algo lo que nada es. Á
la muerte sigue la disolución de la materia; y por esa causa nadie que
haya sido asaltado por el frío intenso que sigue á la desaparición de
la vida, ha vuelto á despertar.