Cuando veas que un hombre se indigna al considerar lo que hagan de
él después de muerto, porque teme que su cadáver sea arrojado á un
pudridero ó consumido por las llamas ó devorado por las fieras, lícito
ha de serte suponer que no habla con sinceridad y que en el corazón
abriga ciertas preocupaciones, aunque niegue creer que alguien sienta
después de muerto. Opino que no dice lo que piensa, porque entiendo
que el tal individuo, si habla de su muerte con temores, es porque se
figura que asiste á ella, que una parte de su propio ser le sobrevive,
que su cadáver se destina para pasto de las fieras voladoras ó de las
vivíparas, que se apena de sí mismo, que no se resuelve á desprenderse
definitivamente de sus restos, ante los cuales él mismo en posesión de
su juicio se encuentra colocado, y se indigna por haber sido creado
mortal; se considera de pié junto á su propio cadáver, y sin pensar
en que la muerte no deja otro él existente, deplora su desaparición,
y llora y se queja herido por el dolor. Desagradable juzgan muchos la
idea de ser devorado por las fieras; pero no comprendo que se considere
mejor el ser quemado por las voraces llamas que rodean el cuerpo
yacente, ó ser envuelto en miel, ó congelado por el frío, ó encerrado
en sepulcro marmóreo, ó ser comprimido por montón de tierra apisonado.