Y si después de separados de nuestro cuerpo el ánimo y la actividad
anímica aún conservaran la facultad de sentir, nada podría importarnos
ese hecho, supuesto que somos producto de íntima unión constituida por
el cuerpo y el alma. Si transcurrido algún tiempo después de nuestra
muerte pudieran volverse á unir del modo que ahora lo están nuestras
partes integrantes, y por segunda vez nos fuera dada la luz de la
vida, tal suceso en nada podría afectarnos por haberse interrumpido la
continuidad de nuestra existencia. Nada que nos haya pasado antes de
que tuviéramos conciencia de nosotros mismos, puede importarnos, como
no debe afligirnos preocupación alguna por lo que hagan de nuestros
restos las futuras generaciones. Si meditamos acerca de las mudanzas
y movimientos que indudablemente ha experimentado la materia durante
una serie de pasados siglos, habremos de convenir en que los elementos
pueden haberse combinado en otras ocasiones lo mismo que lo están hoy;
pero la memoria no puede conservar recuerdos acerca de esos cambios
por las pausas que ha habido en la existencia y por los distintos
movimientos extraños á las sensaciones á que pueden haber estado
sometidos los elementos del alma. La muerte exime y libra de todo
sufrimiento á aquel individuo que sin duda habría de padecer cualquier
daño en el supuesto de que viviera dentro de algún tiempo como ahora
vive. Debemos considerar, por tanto, que en la muerte nada hay que
nos inspire legítimo temor, porque no puede sufrir quien no existe; y
para el efecto de las sensaciones no hay diferencia entre el objeto
que nunca ha sido capaz de tenerlas, y el ser á quien la muerte eterna
salvó de mortal vida.