Y ciertamente, unir lo mortal con lo eterno y suponer una recíproca
influencia entre lo uno y lo otro es delirar. ¿Puede haberse discurrido
mayor absurdo que el de juntar cosas tan diversas y contrarias como
son las comprendidas en lo perecedero y perdurable, y pretender que
soporten en continua repugnancia daños comunes?
Para que un cuerpo subsista eternamente es necesario, ó que sus
componentes sean por completo sólidos y resistan el choque, la
penetración y la disociación producidos por otros cuerpos, como sucede
á los elementos de la materia, de los cuales con extensión hemos
tratado anteriormente, ó que no sea susceptible de choques, como el
vacío, que permanece siempre intacto y nunca puede ser destruido, ó,
por último, que no esté rodeado por un espacio al que sean lanzados
sus fragmentos; de esta manera última es eterna la Suma de las sumas,
fuera de la cual no hay nada que pueda alterarla ó disolverla, ni
lugar en que se disipe, ni agentes que la disminuyan ó quebranten.
Pero, como ya he demostrado, el alma no tiene solidez absoluta, porque
en todas las concreciones hay que admitir intersticios; ni tiene las
condiciones del vacío, porque hay en la Naturaleza otros cuerpos que
pueden producir trastornos en su composición y rodearla de invencibles
peligros; existe, además, un espacio infinito donde la energía anímica
puede anularse y los elementos del alma pueden ser precipitados á la
disolución. Luego para el alma no están cerradas las puertas de la
muerte.