¿Y cómo podrían el alma y el cuerpo alcanzar una igual fuerza y
perfección si no tuvieran un solo y el mismo origen? ¿Por qué en la
senectud las almas todas, sin excepción, abandonan á los miembros?
¿Acaso temen que encerradas en un cuerpo cercano ya á la corrupción, ó
metidas en un edificio vetusto puedan ser víctimas de la ruina? Pero
tales peligros no podrían alcanzar á seres inmortales.
Además, parece ridículo imaginarse que las almas, evocadas por
Venus, acudan presurosas al acto de la generación y del nacimiento y
contiendan entre sí en número considerable con extraordinario celo para
disputarse el nuevo cuerpo; á no ser que entre las almas exista un
pacto federativo en cuya virtud la primera que llegue con vuelo rápido
sea la preferida, y de este modo aquéllas no consuman sus fuerzas en
inútiles batallas.
Finalmente; ni en el aire se encuentran árboles, ni en el mar nubes, ni
los peces viven en los campos, ni en la madera hay sangre, ni en las
piedras savia: un propio lugar es adaptado para la vida y crecimiento
de cada ser, y no hay alma sin cuerpo dotado con sangre y nervios. Si
pudiera haber energía anímica sin aquellos órganos, también sería fácil
que el alma tuviera su residencia en la cabeza, en los hombros, en
los piés ó en cualquiera otra parte del cuerpo, supuesto que de todas
maneras siempre quedaría en la misma persona ó en el mismo vaso. Pero
si no podemos dar por cierto que en nuestro cuerpo exista un lugar
fijo donde el ánimo y el alma puedan residir y crecer, tampoco debemos
admitir como verdadera la idea de que puedan existir fuera del cuerpo:
necesario es, pues, afirmar que cuando el cuerpo muere también el alma
se disipa.