Si el alma fuere de inmortal naturaleza y se uniera al cuerpo en el
instante en que éste apareciera á luz, ¿cómo no sabemos de propia
experiencia absolutamente nada anterior á la vida y no conservamos el
menor vestigio de las acciones pasadas? Y si tanto se altera el alma
que llega á olvidar todo lo pasado, entiendo que el estado á que se
reduce difiere poco de la muerte. Conducidos por estas observaciones
hemos de vernos obligados á confesar que todas las almas que antes
hayan vivido murieron, y que las ahora existentes ahora se han
producido.
Además de lo expuesto, si el cuerpo ya formado recibe la potencia
vivificadora del alma cuando traspasa los umbrales de la vida,
entonces, con seguridad, no la sentiríamos crecer con los miembros en
todo el cuerpo, en la sangre toda, sino viviría, como en una jaula,
indiferente á las mudanzas que el cuerpo tiene durante la edad, y no se
desenvolvería con el desarrollo del cuerpo. Así, dígase y repítase que
las almas tienen principio y están sujetas á las leyes de la muerte. Y
tampoco puede racionalmente pensarse que una substancia determinada,
sólida, se junte estrechamente al cuerpo y no siga la suerte de éste;
lo contrario es lo que los hechos manifiestan, porque el alma se halla
en todas las partes del cuerpo, en las vísceras, en las venas, en
los nervios, en los huesos y hasta en los dientes, como lo patentiza
el dolor que en éstos experimentamos frecuentemente, las sensaciones
desagradables que sufrimos cuando se toma en la boca agua helada y las
molestias que al masticar se tienen cuando en los alimentos se hallan
algunas asperezas. Y como la unión es tan perfecta, no es creíble que
el alma se salve de las incomodidades que padecen las articulaciones,
los nervios y los huesos, que tan íntimamente la poseen.