Ya he procurado hacer patente que en la formación del alma sólo entran
elementos muy delicados y aún más sutiles que los componentes del agua,
de las nubes y del humo, supuesto que su movilidad característica se
exalta prontamente por la más sencilla causa, aunque ésta no sea más
que la mera representación de atmosféricos vapores, como sucede cuando
en sueños nos emocionan el simulacro de los perfumes de los altares
y el humo de las víctimas sacrificadas en honor de los dioses. Así
como se extiende por todas partes el agua contenida en un vaso que se
quiebra, y como en los aires el humo y las nieblas se disipan, cree que
de igual manera nuestra alma, cuando del cuerpo se aleja, se desvanece
en menos tiempo del que los miembros necesitan para su descomposición.
Y si el cuerpo, que es como el vaso del alma, queda abatido por un
golpe mortal ó extenuado por falta de sangre, ¿podrá retener el alma
aunque sea con auxilio de la presión del aire, fluido que al cabo es
más fácil de penetrar que nuestros músculos?