Aún más: si alguien supusiera que el cuerpo no experimenta sensaciones
y pensara que solamente el alma, por todo aquél extendida, es capaz
de ese movimiento á que damos el nombre de facultad de sentir,
sostendría una opinión opuesta á la verdad; y, por lo contrario,
¿quién se atreverá á decir que el cuerpo siente por sí propio, sin la
intervención del alma, cuando ésta se revela constantemente? El cuerpo
deja de ser sensible cuando el alma de él se retira: pierde el cuerpo
durante la vida muchas cosas que no le son adecuadas, y en el momento
de la muerte pierde otras. Decir, pues, que los ojos no pueden objeto
alguno distinguir porque son meras aberturas que sirven al ánimo para
hacer sus observaciones, es delirar y proceder contra el dictamen de
los sentidos: con auxilio de los ojos se forman las imágenes para las
representaciones. Muchas veces la presencia de una luz muy viva, al
molestarnos, perturba también el fenómeno de la visión; pero si los
ojos no fuesen más que ventanas para mirar, no podrían influir en las
funciones visuales. Además, si los trastornos que en ocasiones sufrimos
no pasaran de los ojos, sin ellos el alma podría distinguir las cosas y
nunca experimentaría contrariedades.