El calor enciende, además, en ira el ánimo: con su ardiente impulso la
sangre hierve y los ojos brillan: por su parte el aire, que es frío
extremadamente, provoca el temor y por excitación de éste se agita
en convulsiones; por último, el aura, que es tibia, de plácida calma
nos llena el corazón y lleva la serenidad á todo el organismo. El
calor predomina en aquellos seres que se distinguen por temperamento
efervescente dispuesto á la ira, entre los cuales figura en primer
término el león que es todo bravura y valentía; de su pecho brotan
pavorosos rugidos; no puede contener los ímpetus de la violencia: el
aire influye especialmente en los venados, los cuales, agitados por el
frío que hiela sus vísceras, tiemblan por cualquier motivo: por efecto
del aura templada los bueyes gozan vida apacible; ni los torbellinos de
ciegas cóleras los arrebatan con accesos de ira, ni del hálito helado
los entorpecen con temores los miasmas que penetran hasta la médula;
es, por tanto, el buey, animal que tiene su propia situación entre el
tímido venado y el fogoso león.