De otra observación se infiere cuál sea la tenue contextura del ánimo
y en qué reducido lugar se contendría si pudiera condensarse: cuando
el hombre llega al reposo de la muerte, después de quedar deshecho el
tejido propio del ánimo y del alma, bien podrás ver que el cuerpo no
pierde forma ni peso: la muerte se lleva la sensibilidad y el aura de
la vida, pero deja intacto lo demás. Luego es necesario que el alma,
unida á las venas, vísceras y nervios, esté formada por principios
muy tenues, ya que al desvanecerse ella el cuerpo no pierde gravedad
ni pierde su forma: también, cuando por evaporación se disipan la
esencia del vino, el aroma de los perfumes ó el delicado sabor de los
manjares, los cuerpos respectivos conservan la misma apariencia y el
mismo peso, porque los elementos que les daban color y sabor, diluidos
en el conjunto, eran extraordinariamente sutiles. Ante la consideración
de estos hechos, una y muchas veces deberemos de afirmar que el ánimo y
el ánima constan de principios materiales mínimos, cuya desaparición
de un cuerpo, en que se manifiestan, no disminuye en nada el peso y el
volumen del cuerpo mismo.
No por eso ha de pensarse que el alma sea simple; el moribundo exhala
cierta aura tibia que supone especial combinación de calor y de aire
frío: las moléculas del calor están muy separadas, y entre ellas pueden
penetrar y situarse elementos primordiales aéreos.