Las consideraciones precedentes nos enseñan que el ánimo y el alma
son corpóreos; porque si agitan los miembros, si privan de reposo al
cuerpo, si alteran nuestro semblante y dirigen al hombre (ya que la
observación nos hace ver que ninguno de aquellos hechos se realizan
sino mediante un contacto, y que no puede haber contacto sino entre
cuerpos), ¿no estaremos obligados á confesar que el ánimo y el alma son
de naturaleza corpórea?
Pero es, además, seguro que las funciones del cuerpo y del ánimo se
corresponden, y que este último no recibe más impresiones que las
comunicadas por aquél; si horrible dardo que hiere nuestros nervios
y punza nuestros huesos, no nos roba la vida, nos producirá, cuando
menos, un desfallecimiento invasor del organismo y una dulce pesadez
que nos obligará á inclinarnos, á pesar de los esfuerzos que hagamos
para erguirnos. Luego indudablemente es corpórea la naturaleza del
ánimo ya que experimenta los efectos de penetrante arma.