La avaricia y el ciego afán de honores que á tantos míseros hombres
empujan á traspasar los linderos de la justicia, á hacerse criminales
ó encubridores de crímenes, y á pasar días y noches engolfados en
inquietud penosa que les permita acumular riquezas, son calamidades
que afligen la vida, y que se deben en mucha parte al temor de la
muerte[31]. El menosprecio, la indigencia y la ignominia, se consideran
estados incompatibles con la dulzura de la vida, y casi como antesalas
de la muerte. Para huir de tales situaciones, y colocarse lejos de
ellas, los hombres, desatentados, compran honores con sangre que
vierten de sus conciudadanos, amontonan crímenes para multiplicar
ávidos sus tesoros, se alegran, impíos, de los funerales del hermano,
y aun odian y temen, recelosos, los festines de sus próximos parientes.
[31] Según la antigua Mitología, la pobreza figuraba en el
cortejo de la muerte. Virgilio (_Eneida_, canto VI) coloca en la
puerta de los infiernos al hambre y la pobreza.
La envidia, por igual razón, con temores mortificantes, se despierta
en muchos, ante cuya vista se muestra el poder como la presa de unos
cuantos que disfrutan riquezas y distinciones brillantes, mientras que
ellos viven en las tinieblas y se arrastran por el lodo: algunos mueren
con la preocupación de las estatuas y el renombre, y otros, á quienes
el temor de la muerte inspira odio contra la vida y la luz, llevan el
infierno en su triste pecho; se olvidan de que es manantial de todos
los males ese miedo que veja la inocencia, rompe los vínculos entre
amigos y arranca de los corazones la piedad. ¡Y aun muchas veces ha
habido hombres que por vivir, para retardar las penas del Aqueronte,
han hecho traición á sus padres y á su patria! Como niños que de todo
tienen miedo por la noche, así nosotros, durante el día, nos vemos
rodeados por ilusorias sombras y fantasmas vanos que no se disipan con
el rayo solar ó con la luz diurna, pero que se desvanecen mediante el
uso de la razón tranquila y el estudio reflexivo de la Naturaleza[32].
[32] Lucrecio repite los versos 51 al 61 del canto II.