Así, combatido por todos lados, el edificio del Mundo quedará alguna
vez destruido; porque si bien no cesará de improviso la renovación de
los medios que sirven para rehacer y sustentar los seres, como las
corrientes de la vida poco á poco dejarán de recibir los recursos que
enriquecen su caudal, porque la Naturaleza extinguirá los manantiales
tributarios, los siglos morirán por consunción. Observemos que hoy
la Tierra mantiene animales exiguos, cuando en el principio de la
vida organizada creó individuos corpulentos, razas fuertes; pensemos
también que las actuales especies no descenderían de los espacios
por dorada cuerda ni serían producidas por los mares que baten con
furor las rocas; la Tierra pudo antes crearlas y ahora sólo puede
sostenerlas; espontáneamente hacía surgir del suelo tallos de doradas
mieses, sonrientes viñas que utilizaban los mortales, viciosos pastos
y sabrosas frutas; pero hoy esos vegetales, para dar buenos productos,
exigen el auxilio del trabajo nuestro: los bueyes sufren bajo el peso
del arado; los agricultores consumen sus fuerzas en la ruda tarea de
labrar los campos; las cosechas disminuyen, los esfuerzos aumentan: el
viejo campesino apenado considera la esterilidad de sus continuadas
fatigas, compara los tiempos actuales con los pasados y envidia la
fortuna que disfrutaban sus abuelos; refiere que en aquellos remotos
días los hombres respetaban lo ajeno y estaban satisfechos con el
producto de sus terrenos, que aunque muy reducidos, producían abundosos
frutos. Lo que ese humilde labrador no ve, es que todo cuanto existe
consume lentamente su propio vigor, hasta que extenuado se pierde en el
piélago de la decrepitud.