Llevada así la muda estatua y paseada por las ciudades populosas
produce no pocas utilidades debidas á la generosidad de los devotos:
de oro y de plata se adornan las calles; ricos tesoros y abundantes
olorosas flores se dedican á la Santa Madre y á su cortejo; una tropa
de hombres armados, á quienes los Griegos dan el nombre de _curetas
frigios_, bailan al mismo tiempo que hacen vibrar cadenas, y juegan
hasta verter sangre; en la cabeza esos hombres llevan terroríficos
penachos que recuerdan los que dicen que usaban en Creta los antiguos
sacerdotes para encubrir con su ruido los lloros de Júpiter, mientras
que varios niños danzaban en torno de la cuna y con metálicos
instrumentos, de que estaban provistos, atronaban el espacio para
evitar que Saturno devorase al joven dios y produjera incurable herida
en el tierno corazón de la divina Madre. Este es el origen de la
costumbre de llevar gente armada en las procesiones de la diosa, y tal
vez ese rito obedezca igualmente á la idea de recordar que los hombres
deben estar dispuestos para defender la patria y para ser amparo de sus
parientes.