Debemos, pues, confesar que en los elementos de la materia, aparte de
la acción de la gravedad y de las atracciones que en ellos reside, hay
otra fuerza de la que el movimiento se origina y de la que surge para
nosotros el principio de la facultad volitiva. No hay efecto sin causa:
y así como la gravedad se opone á que las series de los movimientos
de los cuerpos sean producidos por impulso ajeno á los cuerpos
mismos, sino que han de ser consecuencia necesaria de las propiedades
de los seres, así también el alma no ha de obrar sólo por extraños
impulsos, ni ha de permanecer pasiva obediente á acciones recibidas de
fuera, sino ha de tener una declinación de propia energía creadora de
libres determinaciones independientes de las tornadizas é inciertas
circunstancias de lugar y de tiempo.