No sucede lo mismo cuando, obligados por fuerza extraña y movidos por
coacción poderosa, tomamos dirección que nos repugna; es evidente que
en este caso y á pesar nuestro toda la materia de que constamos cede
por de pronto á las circunstancias, y se deja subyugar hasta que la
voluntad recobra su imperio sobre los miembros y puede refrenarlos: ¿no
ves, por tanto, que si á los hombres empuja en muchos casos una fuerza
extraña que es contraria á su voluntad y que los impele en dirección
determinada, siempre queda en nosotros mismos una energía que puede
resistirla, y á su arbitrio hacerse obedecer por los miembros, hasta
rechazar la violencia y ponerla en fuga?