Si es cierto que entre todos los movimientos ó manifestaciones de la
vida hay una regular perpetua conexión, y que todas las cosas en el
mundo se producen dentro de un orden inquebrantable, cierto ha de ser
también que la declinación de los cuerpos simples no puede originar
combinación alguna que rompa los lazos del destino y perturbe la ley
que á cada hecho convierte en causa de lo infinito, pero engendra la
libertad de que gozan los seres animados para dirigirse hacia donde el
deseo los incita, aunque en nuestras acciones domine un agente motriz,
que es origen de los movimientos voluntarios, en cuya virtud nos
determinamos, no por las atracciones de tiempo fijo ó de lugar cierto,
sino por los impulsos de nuestra alma. Es indiscutible que la voluntad
es la fuerza propulsora del movimiento, cuyos estímulos se extienden
por todo el cuerpo. ¿No has tenido ocasión de observar que los caballos
dispuestos para la carrera, en el instante en que se abren las puertas
del circo, se inquietan y se estremecen, porque no pueden lanzarse
desde luego hacia donde los empuja su ardoroso instinto? Extendidas
por todo el cuerpo las energías de la vida, han de auxiliarse
recíprocamente para realizar, en conexión estrecha, las determinaciones
de la voluntad. Por tanto, en el corazón surge el principio del
movimiento, la voluntad imprime á éste la dirección, y seguidamente se
comunica á todo el organismo.