Entiendo que ahora es ocasión de hacerte comprender que ningún cuerpo
es capaz de elevarse por su propia fuerza: y no incurras en error
ante la presencia de las llamas que al formarse de repente se dirigen
hacia arriba; también suben los árboles y las mieses que al brotar del
suelo siguen en su crecimiento dirección contraria á la que parece
exigida por la gravedad. Si la llama se eleva hasta alcanzar el techo
del edificio, cuyo maderamen devora con insaciable afán, ciertamente
no lo hace por gusto, sino porque una fuerza extraña obra sobre ella.
Así también, la sangre que se escapa de vena abierta en nuestro cuerpo
tiñe de púrpura todo lo que toca. ¿No has observado la violencia con
que el agua arranca empalizadas firmes? Habían sido formadas con
grandes precauciones; fuerzas enormes se habían empleado en esa obra;
pero las aguas trabajaban con tanto más ardor para destruirla, cuanto
más sobresalían de la superficie líquida las estacas, y al cabo éstas
fueron vencidas. Pero según mi opinión, esos datos no nos autorizan
para dudar de que los cuerpos bajen cuando fuerza mayor no contraría
el efecto de su propio peso: una acción extraña obliga á la llama
á elevarse en las regiones atmosféricas, á pesar de que en cuanto
dependiera exclusivamente de ella tendría inclinación á bajar. ¿No ves
nocturnos meteoros de fuego que se muestran en el infinito espacio y
forman diversas ondulaciones por entre las cuales parece que se abre
una comunicación con la Naturaleza? ¿No te figuras que en ocasiones
se inclinan hacia la tierra estrellas y astros? También el Sol, desde
las inmensas alturas, por todas partes prodiga su calor y su luz que
los campos fertilizan, y su acción se ejerce hacia abajo; igualmente
puedes notar que el rayo se abre camino á través de las nubes é
impetuosamente cae sobre la tierra.