Los primeros cuerpos ningún reposo tienen en el vacío inmenso:
impelidos por constante fuerza de atracción y de repulsión á movimiento
perenne, se alejan á largas distancias ó se aproximan hasta confundirse
con arreglo á la especial fuerza en ellos dominante; cuando la
atracción molecular es grande, se produce una concentración corpuscular
que sirve de base al hierro, á las duras peñas y á otras substancias de
análoga naturaleza; y cuando la atracción es muy débil, las moléculas
tienden á dispersarse en el espacio y con su movilidad originan el
fluido aéreo que nos beneficia y el rutilante esplendor del Sol que nos
ilumina.