Apenas hay salida para escapar de esta conclusión; y sin embargo, de
esa clase de argumentos usa Anaxágoras, el cual sostiene que todos
los cuerpos llevan en sí, como en germen, otros que de ellos se
derivan, y de los cuales son visibles los que principalmente están
en la superficie; pero estas ideas repugnan á la sana razón, y para
admitirlas sería preciso ver que el trigo, en el polvo á que lo reduce
la piedra del molino, mostraba señal de la sangre ó de otras partes
de nuestro cuerpo que con él se nutren, ó bien que dejase correr la
sangre al ser molido entre dos piedras; y que por igual razón la
hierba destilase leche tan pura y tan grata como la que se extrae de
las ubres de las ovejas; menester sería también que en los terrones
se hallasen legumbres, árboles, plantas en partes imperceptibles, y
que los quebrados troncos descubriesen humo, ceniza, fuego y llama,
en ellos ocultos; pero nada de esto sucede y es preciso confesar que
en los cuerpos no se contienen otros iguales mínimos ya determinados,
sino que en todos existen elementos simples que son comunes á otros
muchos seres, los cuales son diferenciados por virtud de las variadas
combinaciones en que aquellos elementos intervienen.