Entre aquellos pensadores cumple colocar primero á Empedocles, nacido
en Agrigento, isla famosa en triángulo cortada, á la que cercan
azuladas ondas del mar Jónico y adornan con sinuoso regazo rocas
salpicadas de reluciente sal; separada por canal estrecho y tortuoso de
los promontorios de la tierra de Italia, oye el rugir de la espantosa
Caribdis y siente el tremer del ruidoso Etna que, irritado, amenaza
acumular en sus entrañas materiales de fuego y de aluvión hirviente
para lanzar después, con fiero arrojo, de sus hórridas fauces,
encendidas lavas cuyos fulgores en espiral lleguen al cielo; región
admirable llena de prodigios, fecunda en bellezas contempladas con
extático embeleso por la humana especie, enriquecida con dones copiosos
naturales, guardada por varones esforzados, nunca produjo nada más
grande y excelente que este filósofo, cuyos versos patentizaron su
divino genio y le acreditaron de investigador conspicuo que parecía
imposible fuera hijo de mortales.