Todo le iba bien, cuando recibió una orden del Juzgado, de
comparecencia, para responder de los cargos que la principalía
amotinada dirigía contra él por abusos.
--¿Qué hacer?--consultó Isio amostazado á su padrino, el viejo
ex-gobernadorcillo.
--Pués váyase V. sin miedo, y niegue todos los cargos rotundamente.
--¿Pero si los he cometido á la faz de todo el mundo?
--No importa; muéstrese ahora más valiente que nunca con todos;
persiga V. sin tregua á sus enemigos, en fin, dé á conocer que hada
teme de ellos, fingiendo que lo hace porque siempre ha de salir con
bien de todo, y ya verá si alguien se atreverá á declarar contra Vd.
Y en efecto, Isio, en vez de amansarse con el golpe, con inaudito
descaro mandó llamar oficialmente á los que se habían citado como
testigos y les amenazó maltratarles de obra, si declaraban contra él.
Al principio, efectivamente los más fieles y decididos testigos
no se atrevieron á confesar la verdad contra Isio; pero de tantos
que se habían citado no faltaron después, aunque escasos, quienes
declararon contra él, y fueron aumentándose al ver que éste no cumplía
sus amenazas.
Isio visitó á su consultor el ex-gobernadorcillo, y éste no pudo
menos de exclamar:
--¡Hijo mío! por mi parte no encuentro medio de salvarle, es cuestión
de suerte; más que eso hice cuando desempeñé el mismo cargo, y sin
embargo, logré ahogar las quejas del pueblo contra mí.
--¿Y entonces?--contestó Isio ya muy abrumado.
--Pues, conformarse con su mala suerte.
--No, no puedo ir á la cárcel, después de los muchos sacrificios que
hice, para ejercer lo mejor posible este cargo.
--Es el caso que V. no tenía derecho para desquitarse en sus
inferiores, y la ley es inflexible.
--¡Inflexible!--exclamó Isio--y después de larga pausa murmuró:--Es
verdad; pero he venido aquí para que V. me enseñe la manera de parar
sus golpes.
--No veo ninguna.
--¿Ninguna? Ahí tengo una casa bastante bonita, poseo algún dinero,
¿todo esto no pueden hacer algo en mi favor?
--¡Nada!
--¿Cómo nada? Me parece V. como niño recien nacido.
--Nada, repito, porque tiene muchos enemigos que hacen imposible lo
que indica.
Entonces Isio exclamó, levantando la vista:
--¡Cielos!
Y después de una breve pausa, añadió:
----¡Cielos! de tí na debo esperar nada;... tampoco de V., capitan;
tampoco de mi casa y de otros bienes mios.
Y dirigió su mirada al sitio de su casa, para retirarla
apresuradamente, como si no pudiera soportar el dolor que le causaba
aquella, al recordar que irremisiblemente se malvendería.
Por mera casualidad se fijó su vaga vista en la vecina cordillera;
entonces meditó un instante y después preguntó al viejo:
--Y esos montes ¿no podrán prestarme hospitalario refugio?
--Hombre, murmuró el viejo; es verdad que no veo otra salida para
V. que huir á ellos; pero no puede V. figurarse lo triste que sería
su destierro, siempre en perpetuo peligro de ser sorprendido por los
agentes de justicia ó por los caníbales, y sin poder ya volver á esta
vida en buena sociedad.
--¡Y qué buena es!--¡contestó con desden Isio!--Nó; prefiero el
salvajismo: las murmuraciones, las envidias, la opresión del inferior
por el superior, la enemistad entre el rico y el pobre; en fin, los
horrores de la desigualdad, ¿son los encantos de la sociedad?... ¿Qué
atractivos tiene ésta?... Si se trata de amores, ¿no es mejor,
infinitamente mas grato llevar á la espesura de los bosques al objeto
de nuestro cariño, y adorarle allí sin trabas, haciendo imposibles
los celos y proclamarla como reina de la Naturaleza bruta?
--¡Hombre! despéjese V... vamos, temo que pierda la razón por la
desgracia que le amenaza, y la cosa ciertamente no es para menos.
--¿Pero acaso he dicho alguna mentira? Señale V. cuáles son los
atractivos de la sociedad.
En esto, recibe Isio un despacho urgente de la cabecera, en el
que un amigo le participa que dentro de pocas horas se firmaría su
destitución provisional como gobernadorcillo al par que el auto de
su ingreso en la cárcel, y que según todas las probabilidades irá
á parar al presidio por abusos de autoridad, exacciones ilegales y
otros delitos por este estilo que han resultado justificados contra él.
Enterado su viejo interlocutor de esto, díjole:
--Sálvese V. como pueda, vaya al monte.., ó en fin, á donde quiera,
hijo mío, que yo no puedo aconsejarle nada.
Isio, sin perder momento, se entrevistó con los ricos y disimulando
el apuro en que se veía, y sus intenciones, malvendió en pocas horas
todas sus cosas, excepto un hermoso caballo que tenía, algunos libros é
instrumentos de mágia, que había aprendido en Manila y á la que tenía
mucha afición, y acompañado de un criado suyo, tan fiel como valiente,
aunque visiblemente de más edad que él, se dirigió al monte.
X
Isio y su criado se dirigieron á los montes para buscar un refugio en
sus bosques, y al penetrar en la primera ranchería de los igorrotes
alzados ó caníbales, disparó algunas bombas y tres cohetes de bengala.
Figuraos el efecto que surtirían entre los salvajes aquel ruido
y aquellas luces: los baglanes (sacerdotes) de la ranchería, se
reunieron con los ancianos, sumamente admirados todos, para explicar
aquellas luces, que mal podían ser de los españoles, porque estos sólo
entrarían, para castigar alguna fechoría, que no habían cometido,
y en todo caso, como se anuncian con ruido, los espías y centinelas
hubieran antes dado aviso de ello; y excusado será decir que no lo
esperaban de los demás igorrotes.
Era, pués, aquello muy singular, y seguramente un milagro
extraordinario de los Anitos.
Asi debió suponer Isio, ó ese era su propósito, porque se presentó
vestido con un lujoso traje de Capitán general de los que se usan
en las comedias ilocanas, y á los que se adelantaron á verle, les
manifestó ser enviado de los Anitos, y que nada tenían que temer
de ellos.
Sabido lo cual, los ancianos y los baglanes acordaron recibirles,
después de haberse ellos convencido de que iban solos Isio y Colás
(Nicolás) que así se llamaba su criado, también con traje de
comediante.
Isio, confiado en su revolver y en que era muy diestro en la esgrima,
á indicación de ellos bajó de su caballo y subió sólo, sin miedo
alguno, á su tribunal, lo que no pudo menos de admirar á los caníbales.
Ya delante de la atónita principalía, pronunció un discurso procurando
imprimir cierto aire profético ó sobrenatural en la pronunciación,
en sus acciones, en su mirada vaga y casi siempre fija en lo alto,
aunque observando la actitud de su auditorio.
Dijo en su discurso haber sido enviado por los Anitos para advertir á
todas aquellas rancherías que eran hermanas, y que por consiguiente,
sus diarias luchas intestinas tenían sumamente enojados á los Anitos;
pero antes de castigarlos con calamidades, creyeron deber advertirles
su error.
Un baglan intentó protestar contra su veracidad, diciendo que para
eso está un anito de la guerra; pero Isio le contestó con energía:
--Calla, falaz baglan:--y mostrando su revolver, añadió:--ten entendido
que en este divino cañuto llevo encerrado el rayo, y estoy dispuesto
á lanzarlo contra tí, sí intentas desobedecer á los anitos.
Era la primera vez que alguien se atreviera á insultar al más venerable
baglan, y el atrevimiento de Isio aumentó la sorpresa de los presentes
que no podían despegar los lábios.
Y después añadió:--Todas las cosas fueron criadas por el Supremo Dios
del Cielo, y si es así, ¿cómo habría hecho las razas, para complacerse
después en ver unas á otras destrozarse en constante guerra, en que
hoy la victoria os sonríe como mañana os llenará de luto, pero en ambos
casos perdiendo siempre vidas? ¿Acaso se haya equivocado el más sábio
de todos, al criar á los hombres á quienes creis que desempara en la
lucha? Claro es que nó, claro es que es absurdo cuanto has dicho. Dios,
sumamente justo y bueno, os crió para gozarse en ver vuestro bienestar,
y para todos mandó anitos buenos que os defiendan en los peligros.
Y comprendiendo Isio qué los baglanes podrían ser ó sus temibles
enemigos ó sus apóstoles poderosos, añadió:
--Tu, venerable baglán, estás muy equivocado, porque eso sí, los
hombres no pueden por sí solos comprender la grandeza, la sabiduría y
las bondades de Dios. Dios y los anitos te aprecian en mucho por tus
virtudes, y por eso han querido que tu ranchería fuese la primera
en recibir directamente de mis labios las sábias revelaciones del
Cielo. No desconfieis de mí, que no predico más que la caridad
al prójimo, obediencia á los superiores, y consideración á los
inferiores. ¿No creeis acaso que el rayo está en mis manos? No quiero
probar en ningún hombre los terribles efectos de este divino cañuto
(el revolver), porque ya digo, los sacrificios humanos y todo lo que
sea matanza ó destrucción, desagradan á nuestros dioses. Venga un
toro ó un carabao montés ó un javalí terrible, y si no me reconocen
ellos como enviado de Dios, ya lo verán.
A Isio presentaron un cimarron y un javalí de terrible aspecto,
y les mató á tiros de revolver.
Figuraos ahora el efecto que hubiera podido producir el milagro entre
aquellos monteses.
Cogió mi palito de fósforo y dijo:--Voy á encenderlo en el tinghoy
(candil) del sol, y ardió con gran admiración de su auditorio.
Cogió un lente y quemó la mano de un usurero.
Y ayudado de la prestidigitación, de la magia, de la esgrima y de su
no poco comun ingénio, logró alucinar á los monteses.