El pueblo ofrecía inusitada animación, las calles se veían adornadas
con colgaduras ó colgajos, banderolas y pañuelos.
Era el día de tomar posesión el electo gobernadorcillo, el bastante
jóven Isio.
Al fin, la música anunció la llegada de la comitiva; rompía la
marcha una banda de música vestida de gala; seguían dos filas de
alguaciles y tenientes, llevando luengas varas encarnadas y verdes,
respectivamente, y cortaba las dos líneas paralelas otra más corta,
la de los primeros jefes locales, ó sean el gobernadorcillo Isio, á la
derecha el teniente mayor y á la izquierda el teniente segundo. Después
seguía la principalía compuesta de ex-gobernadorcillos y cabezas de
Barangay, con los nuevos jueces de sementera, de ganados, y de policía.
Isio iba muy formalote y como tímida doncella, contrastando con esta
figura la del viejo ex-gobernadorcillo, que iba detrás del primero,
tan alegre; tan decidor, y tan lleno de sí mismo.
Todo era alegría para Isio, si bien fué algo interrumpida aquella
con haberse propasado momentáneamente con él, uno de quien no le era
dado vengarse.
Todo era júbilo. ¡Oh! Más aún, cuando Isio sentado en un deslumbrador
sillon, con el baston de mando en la mano, presidiendo nada menos
que la principalía del pueblo que le vió nacer, á la faz de todos los
kailianes (vecinos) leyendo el alguacil mayor su indispensable programa
gubernamental, en que se mandaba en primer lugar oir misa los días
de guardar y cumplir con todos los deberes que la sacrosanta Religión
Cristiana nos impone; se amenaza á los jugadores, borrachos y ladrones,
á quienes habría que castigarse con mano de hierro, etc., etc.