II

Sí el supuesto mangkukulam se vé rodeado de peligros en las provincias

tagalas y en la Pampanga; á lo mejor le desorejan, le atan en un

lugar donde abundan hormigas feroces como el hantik, ó le asesinan;

en las islas Visayas y aún en las mismas provincias tagalas, el

presunto asuang está expuesto á que cuando menos lo piensa, sea

apaleado ó asesinado.

Pero no empecemos por donde debemos terminar.

Cuando el curadero visaya, generalmente uno ó una, entrada ya en años,

es llamado por un doliente pobre, no siempre complace y suele buscar

cualquier pretexto para eludir la asistencia; sin embargo, no le

deja sin algún consuelo: inquiere los síntomas de la enfermedad y el

estado del paciente; acude á su oráculo, es decir, pone en un plato

el milagroso «ban auan», piedra blanca, casi trasparente, redonda,

de tamaño de una pulgada ó poco ménos; luego finje rezar y después de

esta ceremonia asegura conocer ya la enfermedad que aqueja al doliente,

pues en la piedra apareció la figura del enfermo mostrando el sitio

de su mal.

Otras veces, cuando tiene muchos quehaceres ó pereza, se limita á

tomar el pulso, no al doliente, sino al que fué á llamar al curandero.

Casi siempre las enfermedades que padecen los visayos, á juzgar

por lo que dicen sus curanderos; son mal aire, traspaso de hambre,

calor en el estómago ó daño de los talonanon, espíritus campestres,

ó de los asuang.

Si el oráculo ha inspirado al curandero que la enfermedad de que se

trata es mal-aire, aconseja aquel frotar diez veces poco más ó menos,

al día, todo el cuerpo del paciente con ajos machacados y espíritu

de vino; otras veces manda sobar todo el cuerpo y luego frotarle con

una composición de haplas (planta) y aceite, y después hacer tomar

al enfermo unos polvos de corteza desconocida en un poco de agua.

Si el enfermo siente frío, hay que aplicarle además sinapismos

en los brazos y piernas, para que el calor de la cabeza--según el

curandero--se desparrame en las demás partes del cuerpo. Y si todavía

el mal-aire persiste, se le aplican ventosas en la espalda.

Si se trata de traspasos de hambre ó calor de estómago, con un

emplasto, compuesto por el Galeno visaya, aplicado á la boca del

estómago, suele desaparecer el mal. O si no, tomando infusión de la

corteza de suma (Anamirta cocculus, Wight et Arn.)

Pero si el enfermo tiene algún dinero, el curandero se apresura á ir

á verle con su característica talega, esto es, su botiquin de mano,

que se compone de mutiás (piedras milagrosas) y muchas cortezas y

raices de árboles, que curan todo género de enfermedades. Las piedras

sirven, además, de amuletos.

El curandero toma el pulso al doliente y al cabo de un minuto de

grave meditación, augura feliz resultado y soba, compone ungüento ó

brebaje, aplica sinapismos ó lo que sea conveniente á la enfermedad

que se trate de combatir.

Demuestra hacer todo esto con verdadero afán, mucho cuidado y sobrada

afectación de su exclusiva cencia.

Después de la operación, los de la casa le ofrecen vino y comida,

ó sea el sumsuman, plato, por lo regular, de pescados asados, y el

indispensable sanag (honorarios de su primera visita), sin lo cual

asegura el charlatán que pasaría á él la enfermedad.

Si empeora el paciente, se vale el curandero de estremosos (léase

brutales) remedios; reza, invoca á Dios y al demonio; va á la iglesia

á barrer ó prestar algún servicio á los santos y después practica

ceremonias supersticiosas en honor de los diuatas (dioses falsos de

los visayas).

Pregunta si alguna vez el enfermo ha estado á la sombra de algún

supersticioso árbol; si ha estado en algún bosque, campiña ó ribera

de algún río. Si contestan que sí, como casi siempre, por lo visto, el

curandero respira fuerte, como si hubiese dado con el remedio eficaz.

Ya decía yo--asevera el nuevo Hipócrates--que esta enfermedad tiene

síntomas y carácter singulares. Y es claro, porque la produce una

piedra ó cuña de madera que los espíritus malignos le han metido

en el cuerpo, vengándose de él por ofensas que, acaso sin saberlo,

les haya causado. Hay, pues, que extraer esa piedra con el butbut,

ó sea emplasto de jengibre machacado.

Si este remedio no surte el efecto apetecido, el mediquilló rodea de

muchos braceros el lecho del paciente y quema en ellos incienso, palma

bendita ó romero. Y si con esto todavía no acaba de matar asfixiado

al moribundo, coge una palma bendita y con ella procura echar del

cuerpo del doliente á los espíritus maléficos, azotándole con todas

sus fuerzas, en la creencia de que no los sufre el enfermo sino los

espíritus como el mangkukulam. También sacude con la palma las paredes

para enviar de una vez al quinto infierno á los malditos demonios.

Esto, si el curandero dá en volver daño por daño á los enemigos

invisibles. Otras veces prefiere aplacar la ira de estos con estas

ceremonias: cuelga de la cabecera del enfermo un huevo de gallina;

mata un cerdo blanco y lo divide en dos partes: una para el curandero

y otra... para el mismo; pero mientras la primera se la lleva con

conocimiento de todos, la otra lo hace con amaños y embustes. La

condimenta, y una voz cocida, la reparte en varios platos, y á

éstos los lleva al sitio donde haya estado el doliente, para que se

los coman los espíritus indignados, y en efecto... desaparecen los

contenidos. Esta práctica es reminiscencia de su antigua teogonía.

Que á pesar de tantas ceremonias y de tan estupenda cencia del nuevo

Dr. Sangredo, ¿murió, por fin, el enfermo?

¡Ah!... en ese caso indudablemente un asuang fué la causa de todo. Hay

que buscar á ese guapo y asesinarle.

¿Y quién es él?... Un hombre ó una mujer que tiene pactos con el

demonio; no entra en las iglesias y demás lugares sagrados; tiene un

agujero en el sobaco que contiene aceite, maravilloso óleo que le

hace volar á do quiera; cuando anda, no parece sino sacudiendo una

estera (petate); sus uñas son muy largas, y su lengua horriblemente

dilatada, negra y flexible como la seda. Gusta mucho de la carne

humana, especialmente de la de los fetos; por eso procura lamer el

vientre de alguna embarazada y con esto sólo muere ella y el asuang

logrará su manjar favorito, tal es el feto. Toma las formas que quiere,

la de un perro, de un gato, ave ú otro animal cualquiera.

Por la noche es cuando recorre el mundo. En las primeras horas sale

á esplorar las casas, donde más tarde y mientras el mundo duerme,

pueda impunemente hacer sus fechorías; coge á niños abandonados y á

caminantes solitarios. A media noche deja en un rincon de la casa la

mitad de su cuerpo á partir de la cintura á los piés, y la otra mitad

vuela en busca del sustento diario. Si uno sorprende la ausencia

del asuang y logra salar la mitad abandonada en la parte de unión,

al volver éste, ya no podrá unir las dos mitades.

El tiktik, ave nocturna, anuncia con su canto la proximidad del asuang,

por lo cual éste le persigue y son enemigos. En cambio, el caiman es

amigo del asuang. Comparte uno con otro su presa y ambos gustan de

la carne humana. Por lo regular, el asuang vive en chozas asentadas

en las orillas de un río.

Los visayas suelen designar como tales á los deformes, feos y de

aspecto fenomenal. ¡Y pobre del que la opinión señale como tal! Se

citan asesinatos de personas inocentes. Los parientes del difunto,

cuya muerte se atribuye á un asuang, suelen por la noche ir á asesinar

al presunto, y dentro de las 24 horas de haberle herido, tomando

cualquier pretexto, van á verle y hablar con él; sin estas ceremonias,

ó van fuera del tiempo oportuno, sé curará con pasmosa prontitud.

¡Ay del presunto asuang! Aunque fuese más hermoso que Absalon y más

rico que los Roschilds, nadie querrá casarse con él ni con sus hijos;

todos huyen horrorizados de él; le reciben con agasajo por puro temor,

pero deseando que se vaya lo más pronto posible. Si ven en su casa

algun animal, creen que es el mismo asuang metamorfoseado.

El pájaro llamado en visaya bauá es un asuang trasformado en la

época prehistórica, segun los visayas, los cuales temen encontrarle,

no sea que les convierta en asuang, pájaro ú otra clase de animal,

ó que les devore.

Las embarazadas, sobre todo, temen mucho al asuang y suponen que éste

pasea por la noche alrededor de su casa, viendo de devorar el feto.

Cuando se presentan los primeros síntomas del parto, el marido se

arma de bolo ó cuchillo y se coloca desnudo unas veces en el tejado

repartiendo mandobles á diestro y siniestro en el aire, ó en el piso

bajo del cuarto donde está dando á luz su mujer, para ahuyentar al

asuang, pues desde el tejado ó desde el piso puede extender su dilatada

lengua y lamer el vientre de la parturienta. Mientras tanto, los demás

parientes de la familia se reparten en la casa con el mismo objeto:

unos en la escalera, otros en los demás sitios por donde pueda colarse

el maldito.

Y la comadrona, si no llevan farolito, cuando van á llamarla de noche,

se escusa diciendo que sin luz saldría á su encuentro el asuang,

para impedir que vaya á ayudar á bien parir. En una palabra, todo lo

que les convenga, lo piden con pretexto del dichoso asuang.

El Folk-lore Filipino (Tomo I) · 第 168 / 232 题