I
Para a tratar con acierto esta materia se necesitaría ser un médico
inteligente é imparcial, porque hay prácticas y medicamentos al parecer
puramente supersticiosos, que los curanderos no pudieran aplicar sino
llevados de su pedantería y atrevimiento, hijos de su ignorancia. Y,
sin embargo, curan, y es porque, examinados bien, tienen su razón de
ser. ¡Cuántos casos de enfermedad no hemos visto con nuestros propios
ojos, desahuciados por hábiles médicos, y curados después con pasmosa
facilidad por aquellos á quienes consideraran meros charlatanes!
¿Y quién duda que muchos de los curanderos indios conocen ignoradas
virtudes de las plantas de Filipinas, todas las cuales, sin excepción,
son medicinales?
Repito: para hablar con acierto del objeto de estos artículos,
se necesitaría ser un médico, lo que yo no soy, y sin embargo,
el. Sr. Director de El Comercio me lo ha suplicado, segun dice,
para ayudar á los encargados de redactar cartillas higiénicas; y como
no puedo eludir el encargo de mi Director y buen amigo, salga lo que
saliere, allí vá el primer artículo, que tratará del mangkukulam [109].
Es éste, según el vulgo, una persona que tiene pactos con el
demonio. Posee una muñeca que le sirve de instrumento para dañar á sus
enemigos [110]; si quiere que éstos padezcan dolor terrible de cabeza,
vientre u otra parte, no tiene mas que picar con una aguja la cabeza,
vientre, etc., de la muñeca. Y el individuo á quien se quiere dañar,
sentirá dolores hasta morir, si así place al mangkukulam, en las
partes picadas, y no le salva la distancia á que se halla de aquel.
En las provincias tagalas, siempre que alguno se vuelva maniático,
loco ó por cualquier causa, delirante, se atribuye el mal á imaginarios
mangkukulam y dicen sus parientes lo siguiente ó cosa parecida.
--Seguramente aquel fulano á quien riñó en tal día ó no le dió dinero
ó causó algún disgusto, es mangkukulam, y hé aquí los efectos de
su venganza.
Entonces acuden á los curanderos que tienen la especialidad de echar
del cuerpo al mangkukulam. Suponen que éste invisiblemente vá al
lecho del paciente, y le aprieta el cuello ó produce su enfermedad
y que si se azota ó golpea al paciente, no siente él los golpes sino
el mangkukulam.
En un caso ocurrido en Malabon á cierta jóven, los curanderos
aconsejaron martirizar á la paciente, pues, como vá dicho, no sufre
los martirios sino el mangkukulam, y con ellos se consigue ahuyentarle.
La familia se conformó con el aconsejando tratamiento, y la enferma
fué clavada, azotada cruelmente y martirizada hasta que se escapó
el mangkukulam, digo, el alma de la paciente á la eternidad, y los
curanderos y la familia de la difunta fueron á parar con toda su
humanidad al presidio de Bilibid.
Pero no escarmenaron los malaboneses: sufrió fuerte calentura un tal
Bruno (en 1864) y, naturalmente, deliraba; se le ocurrió á la familia
lo del mangkukulam y llamaron á los curanderos ad-hoc. Le sometieron
á toda clase de martirios; el pobre gemía y gruñía; le hacían soplar
por un tubo de caña y después el médico mandaba salir al mangkukulam.
El enfermo, delirante, contestaba cualquier cosa y creían que el que
respondía era el mangkukulam y no el enfermo.
Había muchos curanderos, se relevaban unos á otros y cada uno aplicaba
su propio tratamiento.
--¿Cuántos sois?--preguntaba uno al enfermo--y éste contestaba:--Tres.
--¡Tres!--exclamaba entonces el curandero--¡ya vén Vds! Efectivamente,
está dominado por mangkukulam, y ¡qué muchos! A muchos enemigos,
muchos también y eficaces remedios. Venga un ramo del lipang kalabao
(Urtica ferox, Spr.) que mata de comezon.
Y le iban á asesinar atrozmente al pobre enfermo, si no hubieran sido
aprehendidos con tiempo por agentes de la autoridad. Después se curó
el enfermo por sí sólo.
Diz que los curanderos contra-mangkukulam conocen á los verdaderos
muertos, porque es de saber que el mangkukulam no mata, sino que
aprieta el cuello á uno, y porque éste parece estar muerto, es
enterrado, á pesar de estar vivo.
Cuentan de muchos, al parecer cadáveres, resucitados por los
curanderos. Uno de estos casos ocurrió en Meycauayan, según quien
asegura haberlo visto con sus propios ojos (sic.)
Yo iba--dice este tal--con el curandero á una casa mortuoria,
encontramos en ella un cadáver que estaban festejando con comilonas y
libaciones. El curandero, después de observar largo rato el cadáver,
dijo que no estaba muerto sino que un mangkukulam, le impedía
respirar y lo veía. Pidió agua herviente, echóla sobre el cadáver,
y...... éste resucitó!
Como se supone, el mangkukulam fué el que se coció y murió
efectivamente, y por eso se curó el que parecía estar muerto. Asi
fué, en efecto, porque después se encontró en otro lugar un hombre
asesinado, pero que antes de morir pudo declarar que fué muerto por
el curandero en tal hora en que justamente bañó con agua herviente
al cadáver supuesto.
De modo que, matando al mangkukulam que daña, cesan los efectos
de su poder. Así lo creen los tagalos y pampangos no ilustrados. Y
esta creencia les hace cometer asesinatos algunas veces, matando á
inocentes, á quienes suponen ser mangkukulam.
Allá por los años 1840, uno de la Pampanga, hizo asesinar á casi
toda una familia que creía á pié juntillas que era de mangkukulam y
que eran la causa de la enfermedad que aquejaba á su madre. El pobre
fué ahorcado en Manila, habiéndose justificado plenamente el móvil
de su delito.
¡Ay del que el vulgo crea ser mangkukulam! Cuando, menos lo piensa,
es denunciado y citado en el tribunal ó juzgado local por los parientes
de algún enfermo, cuyo mal le atribuyen.
En cierta ocasión fueron demandados en el tribunal de Navotas dos
supuestos mangkukulam (padre é hijo) y el demandante llevaba como
testigo al médico «contra-mangkukulam.»
Preguntado éste por el gobernadorcillo en qué fundaba sus sospechas,
contestó:
--Sí, señor; estoy muy convencido de que éstos han hecho kulam (daño)
al paciente.
--Pruébalo.
--Ahora mismo; aquí tengo dos piedrecitas que esos mangkukulam no
tendrán reparo en poner en sus bocas, si es cierto que no lo son.
Y diciendo ésto, alargó una piedrecita al hijo. Éste no vaciló en
aceptar y la iba á meter en su boca, cuando el padre se la arrebató
impidiendo tenazmente que lo hiciera, entre sollozos.
--¡Ah!--exclamó entonces con aire de triunfo el curandero;--¡ya
vé V., señor capitán! ¿No está V. convencido aún de que sean tales
mangkukulam?
--Tienes razón;--contestó el cándido gobernadorcillo, que estaba muy
demudado y le hororizaba el juzgar y tener en su presencia á unos
mangkukulam. Pero en fin, sacando fuerzas de su confusión y miedo,
añadió en tono solemne:
--Efectivamente, si no lo fuérais, ¿porqué temeriais meter en
vuestra boca esas piedrecitas? ¡Ah! Os condeno á que cureis al que
habeis dañado. ¡Cuidado con no cumplir en seguida este mandato mio y
cuidado si vosotros, vengándoos de mi justicia y autoridad, me haceis
experimentar el menor mal. Os haré crucificar y quemar en la plaza.
--Señor,--contestó el padre,-- nosotros ganamos con honradez nuestro
sustento, aunque seamos pobres; odiamos camorras, nos alejamos de la
chismografía del vecindarío y nos encerramos solitos en nuestra casa,
y de esto ha deducido ese pícaro que en nuestra casita rendimos culto
al demonio y tenemos pactos con él. El curandero es el pillo: gana
la morisqueta diaria con su charlatanismo, á muchos ha embaucado,
muchos le tienen por malo; y ¿cómo no habiamos de temer que esas
piedrecitas estén envenenadas por ese que es capaz de todo, para
que si las tragarnos y morimos, pueda decir que Dios ó sus piedras
milagrosas nos han castigado, y sí no las tragamos por justificado
temor, pueda decir que somos mangkukulam, como pretende ahora? Mire
V. bien, señor capitan, que el dilema está bien carpinteado y con
semejantes medios engaña al vecindario; pero su ingénio indica gran
perversión de su sentido moral.
--Miren Vds. qué listo el mangkukulam--interrumpió el curandero;--no
le oiga V., señor capitan, que le está inspirando su amigo el
invisible. ¡A crucificarles, á quemarles vivos!
--A crucificarles, á quemarles--repitió el pueblo.
Ignoro por qué no les crucificaron y quemaron vivos, cuando el pueblo
y el mismo gobernadorcillo estaban convencidísimos de que aquellos
eran verdaderos mangkukulam.