¡Santa mujer! ¡dichosas madre que con inefable amor me estás mirando
desde el cielo! dime:
--¿Quién si no tú, me habrá amado más en el mundo?
Me diste á luz al borde del sepulcro. A poco ibas á morir por mí;
pero Dios permitió aún que yo creciese con tus caricias y disfrutase
de tu amor infinito.
Más... ¡pobre madre y pobre hijo! Cuando moriste, no tuve siquiera
el consuelo de recoger tu último suspiro, en el cual iba envuelto mi
nombre que invocabas en vano. Yo estaba ausente, precisamente cuando
ya jóven, podría y debiera hacer algo por devolverte tantos favores
que me habías dispensado.
Íntegra, pues, quedó mi grande deuda contigo y ya ni puedo ni pudiera
habértela pagado toda.
Coleccionando y publicando tus poesías, ¿te habré tributado homenaje
de gratitud?
Eso no basta; tal vez no te agrade, porque en vida no querías publicar
tus escritos.
Sin embargo, madre mía, ya que fuiste siempre muy buena y
condescendiente conmigo, perdona y déjame una vez más satisfacer este
capricho de tu hijo.
I