así?
--Algo de eso.
--Pues entre nosotros los curas, pasa por una gran verdad que la
conciencia se descarga más fácilmente teniendo el estómago repleto que
vacío. Conque así, mi amigo, antes de pasar adelante va usted á
fortalecer el suyo con algo que le voy á dar... Porque ha de saber
usted, señorito, que yo tengo siempre de repuesto en esta alacena un
poco de lastre para los pecadores.
El cura se había acercado efectivamente á una alacena, riendo mientras
la abría.
--Dispense usted, señor cura; no puedo tomar nada en este momento.
--Nada, nada... aquí no hay dispensas que valgan... Ustedes los jóvenes
necesitan nutrirse para tener un poco sosegados esos nervios... ¡esos
nervios!...
--Señor cura, por Dios me dispense, me es imposible...
--¡Quieto! ¡quieto! que este mundo acá ha de quedar... y lo que le voy á
dar no es un veneno... De aquí no sale sin haber hecho algún gasto al
cura de la Segada... Porque, lo que es á terco, no me gana usted á mí,
señorito.
El cura se dirigió al decir esto á la puerta, dió la vuelta á la llave y
se la guardó en el bolsillo. Después tornó á la alacena y fué sacando
con calma y poniendo sobre la mesa un gran pedazo de salchichón, dos
bollos de pan y una botella de vino. Octavio le dejó hacer, mirando todo
aquel aparato con ojos resignados. Comprendió que el cura no escucharía
una palabra si antes no tomaba algo.
--¡Ajá! ya están arreglados los bártulos... Lo mejor que puede hacer
ahora... créame á mí... es meter algo en el cuerpo. El tiempo que se
gasta en comer, no se pierde. Los viejos hemos aprendido estas cosas al
cabo de muchos años, y ustedes los jóvenes las aprenderán también... es
verdad... El salchichón vino directamente de la fábrica. Tengo yo en
Vich un primo hermano establecido, que todos los años se acuerda de
mandarme una buena provisión. El pan está amasado y cocido en casa...
Coma, pues, sin escrúpulo, que luego hablaremos.
Nuestro joven empezó á morder con manifiesta repugnancia un pedacito de
salchichón que tenía entre los dedos.
--Vaya, vaya, vaaaaya con el señorito Octavio... ¿Y qué vientos corren
por la villa, señorito? Nosotros, los curas de aldea, no sabemos nada de
lo que pasa en el mundo hasta que llega el día del mercado.
--Pues lo mismo de siempre, señor cura: nada ocurre de particular.
--¿Qué se sabe de la separación del promotor fiscal?
--No tenía noticias hasta ahora de que...
--Hombre, hombre... ¿Viene usted de la villa y no sabe que el gobernador
pidió al Gobierno la separación del fiscal? Al parecer es cuestión de
elecciones...
--Como yo me entero poco de política...
--Hace usted bien, señorito; hace usted bien; hace usted bien. La
política trae consigo muchos disgustos... Pero en España no hay otro
camino mejor para arribar á los altos puestos y hacerse hombre en un
momento. ¡Cuántos que hoy son grandes personajes y se sientan en la
poltrona andarían por su tierra escribiendo pedimentos y dando consultas
á peseta si no hubiesen metido la nariz en la política!... La verdad es,
querido, que el que no anda se queda atrás, y sólo la ocasión hace al
hombre, y el que no la aprovecha es un tonto. Y en último resultado hay
que tomarlo todo con calma... con calma... con calma; porque lo que es
de tomarlo á pechos no se saca nada... La fe es muy buena para salvar
las almas, pero los cuerpos... _nequaquam_. En la política pienso yo que
no basta ya aquello de ver y creer, sino que es necesario ver y tocar...
¿no es verdad, mi amigo, no es verdad?... ¡eh! ¡eh! ¡eh!...
El malestar de Octavio iba en aumento. Apuntábale ya el deseo de
marcharse. Sintió al mismo tiempo sed, porque el salchichón hacía
ampolla en la lengua.
--¿Podrían traerme un vaso de agua, señor cura?
--No blasfeme usted, señorito... ¡Qué agua ni qué ocho cuartos! El agua
para las ranas y el vino para los hombres... Va usted á beber uno de
misa mayor que tengo reservado para los amigos que estimo de veras...
--Gracias, gracias; tengo mucha sed, y el vino no me la apaga.
--Está usted en un error, señorito... en un error muy grande. Para
apagar la sed no hay nada mejor que el vino; está probado. No diré que
si usted bebe ese peleón que traen los arrieros de Toro, lleno de
campeche y otras porquerías, no quede usted peor que antes; pero en
tratándose del vino de Rueda legítimo y con diez años en la bodega, como
el que tiene delante, diga usted que es una bendición del cielo, y que
apaga la sed lo mismo que hace discurrir á un borrico... ¡Calle!...
¡pues si no le he traído copa para beberlo!... ¡Válate Dios... válate
Dios... válate Dios!...
El cura se levantó, fué otra vez á la alacena y sacó de ella una copa
extraordinariamente sucia. Después de haberla mirado al trasluz, fué á
lavarla á la jofaina con el mayor sosiego. Octavio bebió una copa del
vino de misa mayor, y, en efecto, no le apagó la sed: La impaciencia y
la rabia ayudaban también á abrasarle las entrañas.
--Pues, como iba diciendo, tiene usted razón, señorito. La política trae
muchos disgustos; pero en último resultado vienen á recaer sobre los que
dependen de ella y tienen el pan de cada día ligado á la voluntad de un
cacique. Mas no sucede otro tanto cuando el que se mete en ella es una
persona independiente por su fortuna, como usted, pongo por caso,
señorito. Mañana le da un disgusto la política á un hombre como usted;
pues se mete en su casa muy tranquilo, diciendo: ¡Ahí queda eso!...
Además, no es fácil comprender hasta qué punto facilita el camino de los
altos puestos la circunstancia de gozar una buena renta el que los
solicita... Créame que, averiguado que un hombre es rico, los obstáculos
desaparecen de su vista como por encanto... Pero así que se susurra que
es pobre, todo el mundo corre á ponerle el pie delante para que caiga de
narices. Yo no sé lo que tiene la pobreza, que á todos huele mal. ¿No
es verdad? ¿eh? ¿eh?
La charla del clérigo había conseguido marear á nuestro joven,
poniéndole en completo desorden las ideas. La impaciencia que le
devoraba desde el comienzo de la escena, le había ido subiendo la sangre
á la cabeza y bullía dentro de ella haciéndole pensar en cosas extrañas
bien lejanas del asunto que debía ocuparle. Mientras la voz cascada del
cura le martirizaba los oídos, estaba pensando en un perro que había
encontrado por el camino con una pierna rota. ¿Quién habría puesto de
aquel modo al infeliz animal? Tal vez algún muchacho le tiraría una
piedra. ¡Vaya una proeza!
Poco á poco se fué apoderando de su espíritu una gran repugnancia, una
repugnancia invencible. Al mismo tiempo empezó á brillar en sus ojos la
firme decisión de no decir palabra de su gravísimo asunto al hombre de
sotana que tenía cerca y de marcharse al instante de aquel sitio. Se
había equivocado. Allí no encontró el salvador que buscaba. Todavía, no
obstante, permaneció clavado en la silla como si el cuerpo se negase á
obedecer las órdenes apremiantes del espíritu. El clérigo prosiguió
diciendo:
--El único joven que en esta comarca se encuentra en condiciones de ser
un hombre influyente en la política es usted, señorito. Ya sabe que no
soy adulador y que se lo digo como lo siento... No porque la modestia lo
tape se deja de reconocer el mérito donde lo hay... Pero no se me
afilie, por Dios, en ese rebaño de charlatanes y chorlitos como el hijo
de D. Lino Pereda, porque entonces no conseguirá nada... Si usted
comprende sus intereses, no debe separarse del partido de los hombres
serios y respetables... Los partidos avanzados están llenos de jóvenes,
y para que uno de ustedes llegue á brillar es necesario que sea una
eminencia, y aun así jamás adquiere respetabilidad. En cambio el partido
católico tiene consigo toda la riqueza del país y toda la aristocracia,
pero le hacen falta jóvenes, por lo cual no es difícil que un muchacho
de valer como usted logre distinguirse pronto... Créame á mí, señorito,
créame á mí... Es el Evangelio lo que usted está oyendo. Para alcanzar
dentro de pocos años una posición brillante y mandar como jefe en este
distrito y acaso en la provincia, no tiene más que hablar con prudencia,
alternar con las personas sensatas del pueblo, cumplir con los preceptos
de la Iglesia y dejarse estar... dejarse estar... Lo demás corre de
nuestra cuenta... Los curas valemos poco... es verdad... pero todavía...
todavía... todavía... Hoy por hoy, lo que le conviene es apoyar con
decisión la candidatura del señor conde de Trevia... Hará usted un gran
favor á la buena causa y adquirirá la consideración de todos los hombres
sensatos. Mañana será otro día... El conde no ha de ser siempre
diputado, señorito... y cuando llegue la ocasión, todos arrimaremos el
hombro y le ayudaremos á empinarse...
Octavio sintió un fuerte estremecimiento al oir el nombre del conde de
Trevia, como si despertase de un sueño profundo. De pronto se alzó de la
silla y dijo con tono resuelto que no admitía réplica:
--No me siento bien en este momento, señor cura. Otro día hablaremos del
asunto que aquí me trajo. Hasta la vista.
Y sin aguardar contestación salió como un huracán por la puerta, dejando
altamente sorprendido al clérigo. Al llegar á la calle, sin detenerse un
punto, dióse á correr por la margen del riachuelo en dirección á la
montaña. «Después de todo, se iba diciendo, el conde aún no sabe quién
es el amante de su mujer.»
Y los que por allí cruzasen á la sazón observarían, no sin sorpresa, que
el pálido semblante del señorito resplandecía como el de las estatuas de
los héroes, y su cuerpo afeminado parecía hecho de acero al escalar los
primeros riscos de la Peña Mayor.
XVI
Las heces del cáliz.
Salieron solos. El conde había dormido mal y necesitaba todavía algún
descanso. Les dijo, por medio de uno de sus monteros, que podían ir
andando, pues no tardaría en alcanzarlos.
La mañana estaba nublada y fresca. El toldo de nubes que cerraba
herméticamente el horizonte no era, sin embargo, muy espeso: la luz
pasaba por él sin trabajo. Del lado del Oriente se percibía la redonda
masa inflamada del sol, prisionero entre cendales plomizos. Un vapor
trasparente y azulado llenaba todo el espacio y descomponía y borraba
los contornos de los objetos dejando en ellos únicamente el color, y á
veces sólo la mancha. Allá en los rincones del valle todavía se
observaban algunos jirones de niebla, algunos pedazos blancos de
muselina que no consiguieron levantarse y que se movían temblorosos
entre el amarillo follaje de los árboles. La claridad sembraba de
variados matices el llano y las montañas, compensando en cierto modo la
monotonía del cielo. Sobre el color verde dominante de las praderas
resaltaban las grandes manchas negras y rojas de la tierra labrada. Al
lado de las blancas rocas calizas se alzaban los grupos de árboles
vestidos á medias de hojas amarillas. La tierra traspiraba copiosamente.
El musgo de las laderas ahumaba bajo los tibios rayos del rebozado sol:
de cada hilo de hierba pendía una gota de agua.
Nuestros cazadores caminaban lentamente. El aliento que salía de sus
bocas se cuajaba en la atmósfera. La condesa iba ceñida por un riquísimo
abrigo forrado de pieles, y ocultaba su rostro, encarnado como una
cereza por el fresco de la mañana, debajo de enorme y caprichoso
sombrero de paja. Pedro, en traje de cazador, marchaba llevando sobre el
hombro una carabina de dos cañones y la de su señora, que era un
primoroso juguete encargado exprofeso por el conde á Inglaterra. El
semblante del mayordomo expresaba una melancolía grave y profunda que su
pareja no echaba de ver, á juzgar por el tono indiferente que imprimía á
las palabras que de vez en cuando cruzaba con él. Pocas eran las que
habían salido de los labios de Pedro en la media hora que llevaban de
camino. Marchaba distraído, con la mirada perdida en las nieblas del
horizonte, absorto en vagos y tristes pensamientos. Los celos le tenían
asida el alma desde el encuentro que por la noche tuviera con Octavio.
Mas era su amor tan tímido, á pesar de las victorias alcanzadas, que no
osaba decir una palabra de tal escena á la condesa. Su corazón sencillo
no tenía conocimiento de las mil estratagemas que se emplean tan á
menudo para sorprender los pensamientos y las intenciones de los otros,
sin dejar ver las nuestras. Por otra parte, su naturaleza ruda y leal
rechazaba por instinto la perfidia. Así que, ante la presunción de ser
engañado por la mujer que amaba, su pensamiento se revolvía aturdido
como el pájaro que penetra casualmente en una sala.
Al fin la distracción llegó á ser tan manifiesta que la condesa se le
quedó mirando un rato y le preguntó con inquietud:
--¿Qué tienes?
--¿Yo?... Nada.
--Sí tal... Algo te pasa... ¿Por qué estás triste?
--No estoy triste.
--¡Oh! No puedes engañarme, Pedro. Si no te pasara algo que te causa
pena, dada la suerte que hemos tenido de salir solos, irías contento
como otras veces... Á menos--añadió lanzándole una mirada entre cándida
y maliciosa,--á menos que no te vayas cansando de mí.
Pedro se puso rojo y balbució algunas palabras incoherentes para
protestar de aquella suposición que le lastimaba el alma. Laura se
cercioró aún más de su tristeza, y poniéndole una mano sobre el hombro,
le dijo con mimo:
--Vamos... díme, querido, ¿qué tienes?
El mayordomo dió todavía algunos pasos sin contestar. Una lágrima tembló
en sus negras y largas pestañas, y bajó rodando silenciosa por la
mejilla. Laura al verla exclamó con sobresalto:
--¿Qué es eso? ¿Por qué lloras?
--Porque no me quieres.
El semblante de Laura se serenó, y medio riendo repuso:
--¿Y cómo has llegado á averiguar eso, pícaro?
--No me martirices, por Dios... Tengo aquí en el lado izquierdo un dolor
tan vivo, que parece que me están abriendo el pecho con garfios...
Quiero más morir que padecerlo... Escucha; voy á hacerte una pregunta...
Según como contestes, así me matarás ó me darás la vida... ¿Prometes
decirme la verdad?... ¿Lo prometes por la salud de tus hijos?...
--No necesito jurar para decir verdad... pero sí... te lo juro por la
salud de mis hijos... Habla...
--¿Estás enamorada ó sientes algún interés por el hijo de D. Baltasar
Rodríguez, por ese joven rubio que viene á menudo al palacio?
--No.
La condesa pronunció esta negación con tal fuerza y mostrando tanta
seriedad, que Pedro, sintiendo de improviso una alegría inmensa,
infinita, quedó, sin embargo, confuso. No supo más que decir mirando al
suelo:
--¡Perdóname!
--Estás perdonado; pero mira... no vuelvas á hacerme preguntas tontas...
Tenemos demasiadas cosas en que pensar, para ocuparnos en llorar celos
ridículos.
No necesitó más el mayordomo para quedar enteramente sosegado. La
palabra de la condesa hizo la luz en su atribulado espíritu, y dejó
escapar un suspiro de satisfacción, como si le hubiesen quitado una losa
de plomo de encima de los hombros. Ni se atrevió, ni quiso preguntar
más. Tenía bastante con la mirada límpida y franca que su dueña le
dirigió al responderle. Tornó á brotar en su pecho la pura alegría que
siempre le acompañaba, manifestándose al exterior de una manera
infantil. Empezó á charlar por los codos y á caminar con más celeridad.
De buena gana hubiese dado brincos. Cuando alguna rama ó vástago
importuno interrumpía el camino, ya de muy lejos se daba á correr para
separarlo y que la condesa pasase cómodamente. Si percibía entre las
zarzas alguna madreselva, aunque se arañase las manos, ya estaba
saltando á cogerla para ofrecérsela. Otras veces procuraba quedarse
atrás para contemplarla á sabor. La condesa sentía sobre su espalda la
mirada amorosa del joven, y sonreía.
Caminaban por la margen del río, cuyo declive hasta entonces había sido
bastante suave. Poco á poco, y á medida que se iba estrechando la
cañada, fué haciéndose más agrio y más violento. Cesaron las praderas y
empezaron los bosques de hayas, que se extendían por entrambas laderas
hasta perderse de vista. Los perros se internaron por ellos rastreando
algún corzo ó robezo; pero Laura no quería cazar, y Pedro los hizo venir
inmediatamente con un silbido.
--¿No te parece que dejemos la caza para cuando _él_ venga? Subamos
mientras tanto al lago; no me canso de verlo. En la primer cabaña que
encontremos podemos dejar dicho dónde estamos...
El mayordomo lo halló todo muy bien, y siguieron andando. La selva
ofrecía un aspecto mágico. El otoño, dorando por entero muchas de sus
hojas, haciendo palidecer levemente á otras y dejando verdes las menos,
la había convertido en un rico manto de brocado que cubría los
formidables hombros de la montaña. El rumor que de ella venía no era,
como en la primavera, dulce, sino desapacible. Los olores, acres y
punzantes.
Los pies de los cazadores trituraban las hojas secas de que estaba
sembrado el camino. Al cabo de algún tiempo terminaron los bosques y
empezaron de nuevo las praderas, que se apartaban bastante de las del
llano, pues no eran como éstas de un verde claro, sino oscuras y tersas:
la hierba, en extremo tupida y menuda. Así que dejaron el bosque toparon
con una cabaña, donde hicieron alto. El pastor les sirvió leche acabada
de ordeñar, y quedó avisado para decir al conde y á sus monteros que no
tardarían en descender. Y continuaron su interrumpida marcha por la
senda que serpeaba á la vera del arroyo. La pendiente se hizo muchísimo
más agria. El arroyo, en vez de desatarse sereno y cristalino como
abajo, se despeñaba en espumosos tumbos asordando á los viajeros, los
cuales se detenían con frecuencia á tomar aliento. Con el pecho
anhelante y las mejillas pálidas, quedábanse uno frente á otro
sonriendo.
--¿Estás fatigada?
--Algo.
--¿Quieres que te lleve en brazos un poquito?
--Ni un poquito, ni un muchito... Tú me juzgas demasiado débil,
Perico... Es necesario que te vayas convenciendo de que soy una aldeana
en toda la extensión de la palabra... Y si no, mira... mira...
La condesa emprendía á correr desaforadamente por el monte arriba; pero
á los pocos pasos dejábase caer jadeante sobre el césped, llamando
burlón y cazurro al joven porque se estaba riendo. Entonces éste acudía
á levantarla, cogiéndola por ambas manos. Pero la nueva aldeana se
hacía la pesada: era necesario tomarla por la cintura para ponerla en
pie. El viento del puerto, cargado de aromas saludables, los tornaba
retozones como cabritillos. Escuchábase á lo lejos el sonido de los
cencerros y veíanse pastar tranquilamente algunos ganados. Dejaron las
márgenes del arroyo y se pusieron á ascender por una de las laderas,
siguiendo un estrecho sendero que hacía eses. Pronto se borró el sendero
y tuvieron que caminar sobre el musgo.
--Te advierto--dijo Pedro--que no tardaremos en tropezar con la
niebla... Ya la ves ahí cerca...
--¿Y entonces?...
--Nada, yo tengo la seguridad de que no dura más de doscientos pasos y
de que el corte de la Peña se encuentra á estas horas bañado por el
sol... Pero si tienes miedo á la humedad podemos volvernos...
--No, no... de ningún modo... ¿Crees que vamos á ver el sol de veras?...
Pues adelante.
En efecto, después de subir algo más por un áspero repecho, vestido casi
todo él de tojo y retama, lo cual hacía muy penosa la ascensión, tocaron
en la niebla y se internaron por ella. Pedro cogió de la mano á la
condesa para que no cayese, en el caso de tropezar. Al poco rato
sintieron húmeda la cara y las manos y se rieron como si les hubiese
pasado alguna cosa placentera.
--Debemos parecer dos fantasmas, Pedro... ¿Será cierto que estamos
dentro de una nube?
--¡Ya lo creo!
--¿De una de esas nubes que vemos correr por el cielo?
--¿Pues de qué otras quieres que sea?
--¡Ave María!
Así como el mayordomo lo había predicho, no se habían pasado diez
minutos cuando la niebla comenzó á enrarecerse, convirtiéndose en una
gasa sutil que dejó percibir en vagorosa indecisión las peñas y los
arbustos. Sintieron en el rostro calor, como si se aproximasen á un
horno, y observaron que el leve vapor que aún los envolvía se agitaba.
Allá arriba, delante de sí, vieron una gran mancha de oro. Y de repente,
despojándose de su cendal gaseoso, como el que deja caer una túnica de
los hombros, quedaron anegados en luz, surgiendo como dos manchas negras
en medio del éter azul, debajo de un sol radiante. La condesa lanzó un
grito de entusiasmo. Después, acercándose más á su amante y empinándose
sobre la punta de los pies, le dió un beso claro y sonoro en la mejilla.
Pedro la estrechó contra su corazón. Era la primera caricia que se
hacían desde que salieron de casa.
Poco trecho necesitaron andar para colocarse sobre el mismo corte de la
Peña. El espectáculo que entonces hirió su vista fué uno de los más
hermosos, y sin duda el más sublime que pueden ver los humanos. Por toda
la región que la vista abrazaba se extendía un mar de leche, ligero y
fluido, que cerraba por entero el horizonte. Sobre este mar resplandecía
la esfera luminosa del firmamento, donde nadaba el sol, arrastrando con
orgullo su majestuosa cabellera de oro. Allá á lo lejos, de uno y otro
lado, se alzaban sobre el mar de leche algunos negros ó jaspeados
islotes que eran, sin duda, las crestas de las montañas más elevadas de
la cordillera cantábrica. Parecía que echándose á nadar se podía llegar
á ellas al instante. El sol no teñía por igual la superficie de aquel
océano nubloso: en unas partes lo matizaba levemente de rosa, en otras
de oro; á trechos lo dejaba en sombra y á trechos lo hacía arder en
resplandores. Nuestra pareja se hallaba sobre la misma cresta de la Peña
Mayor, que formaba una de las varias islas de que estaba sembrado.
Debajo de ellos, á los cuarenta ó cincuenta pasos, las olas de leche y
rosa cercaban la Peña y la batían dulcemente con su hálito sutil. Nadie
imaginara que dentro de ellas, allá en el fondo, dormían las aguas
tristes y pesadas del lago Ausente su eterno sueño inalterable.
El corazón de los amantes se estremeció de alegría delante de aquel
cuadro prodigioso, tan lejano de los que se acostumbran á ver en la
tierra. ¡La tierra! La tierra no existía en aquel sitio: era un mito
sombrío, una pesadilla de la imaginación. ¡Quién se acordaba de la
tierra! Allí no había más que cielo; cielo arriba, cielo abajo, cielo en
todas partes.
Sentados sobre la Peña bebían por su entreabierta boca el aire de las
alturas, nítido y fresco como el aliento de los ángeles. La luz se
desprendía en efluvios infinitos por los orbes azules, haciéndoles
centellar. La soledad y el silencio, tan amargos en la tierra, eran allí
dulces y amables. Ningún ruido terrestre profanaba la majestad de
aquella gloria. Sólo la mente, mejor que los oídos, escuchaba un rumor
solemne, una música grave y melodiosa, como el himno que las esferas
entonan sin cesar al Eterno.
Poco á poco fué entrando el vértigo en el alma de Laura. Un deliquio
voluptuoso, dulcísimo, se apoderó de sus sentidos, dejando despierta tan
sólo la fantasía; y empezó á soñar. Imaginóse que ella y Pedro no
llegaban del lodazal de la tierra, sino de los espacios lumbrosos que
los rodeaban. Habían atravesado en raudo vuelo el éter, y vinieron á
posarse como dos pájaros celestes sobre aquella roca. Pero no tardarían
en alzarse de nuevo para sumirse otra vez en los senos azules del
firmamento y alcanzar otros sitios de mayor gloria. Ya estaban muertos
para el mundo, y sólo bajaban á él de raro en raro, envueltos en la
bruma de la tarde ó en la ola de los mares, ó atados, tal vez, á un rayo
de sol. Habían sondado el inefable misterio de los cielos y formaban
parte del coro de los santos que cantan las alabanzas del Señor. Gozaban
entre nubes de incienso y resplandores de la dicha perdurable reservada
á los buenos.
Pero este hermoso sueño fué turbado por un pensamiento cruel que heló su
corazón. Ella no podía entrar en el cielo. Ya no era inocente y pura
como en otros tiempos, y no ofrecería en remisión de sus pecados
veniales una vida de martirios y humillaciones. Había destruído con una
venganza ruin todos sus merecimientos. No era más que una infeliz
pecadora, una despreciable adúltera. Las puertas del infierno se
abrirían para ella cuando muriese, y quedaría sepultada eternamente en
los tormentos de los condenados.