--Vamos, vamos... Al parecer se trata de un caso de conciencia, ¿no es

así?

--Algo de eso.

--Pues entre nosotros los curas, pasa por una gran verdad que la

conciencia se descarga más fácilmente teniendo el estómago repleto que

vacío. Conque así, mi amigo, antes de pasar adelante va usted á

fortalecer el suyo con algo que le voy á dar... Porque ha de saber

usted, señorito, que yo tengo siempre de repuesto en esta alacena un

poco de lastre para los pecadores.

El cura se había acercado efectivamente á una alacena, riendo mientras

la abría.

--Dispense usted, señor cura; no puedo tomar nada en este momento.

--Nada, nada... aquí no hay dispensas que valgan... Ustedes los jóvenes

necesitan nutrirse para tener un poco sosegados esos nervios... ¡esos

nervios!...

--Señor cura, por Dios me dispense, me es imposible...

--¡Quieto! ¡quieto! que este mundo acá ha de quedar... y lo que le voy á

dar no es un veneno... De aquí no sale sin haber hecho algún gasto al

cura de la Segada... Porque, lo que es á terco, no me gana usted á mí,

señorito.

El cura se dirigió al decir esto á la puerta, dió la vuelta á la llave y

se la guardó en el bolsillo. Después tornó á la alacena y fué sacando

con calma y poniendo sobre la mesa un gran pedazo de salchichón, dos

bollos de pan y una botella de vino. Octavio le dejó hacer, mirando todo

aquel aparato con ojos resignados. Comprendió que el cura no escucharía

una palabra si antes no tomaba algo.

--¡Ajá! ya están arreglados los bártulos... Lo mejor que puede hacer

ahora... créame á mí... es meter algo en el cuerpo. El tiempo que se

gasta en comer, no se pierde. Los viejos hemos aprendido estas cosas al

cabo de muchos años, y ustedes los jóvenes las aprenderán también... es

verdad... El salchichón vino directamente de la fábrica. Tengo yo en

Vich un primo hermano establecido, que todos los años se acuerda de

mandarme una buena provisión. El pan está amasado y cocido en casa...

Coma, pues, sin escrúpulo, que luego hablaremos.

Nuestro joven empezó á morder con manifiesta repugnancia un pedacito de

salchichón que tenía entre los dedos.

--Vaya, vaya, vaaaaya con el señorito Octavio... ¿Y qué vientos corren

por la villa, señorito? Nosotros, los curas de aldea, no sabemos nada de

lo que pasa en el mundo hasta que llega el día del mercado.

--Pues lo mismo de siempre, señor cura: nada ocurre de particular.

--¿Qué se sabe de la separación del promotor fiscal?

--No tenía noticias hasta ahora de que...

--Hombre, hombre... ¿Viene usted de la villa y no sabe que el gobernador

pidió al Gobierno la separación del fiscal? Al parecer es cuestión de

elecciones...

--Como yo me entero poco de política...

--Hace usted bien, señorito; hace usted bien; hace usted bien. La

política trae consigo muchos disgustos... Pero en España no hay otro

camino mejor para arribar á los altos puestos y hacerse hombre en un

momento. ¡Cuántos que hoy son grandes personajes y se sientan en la

poltrona andarían por su tierra escribiendo pedimentos y dando consultas

á peseta si no hubiesen metido la nariz en la política!... La verdad es,

querido, que el que no anda se queda atrás, y sólo la ocasión hace al

hombre, y el que no la aprovecha es un tonto. Y en último resultado hay

que tomarlo todo con calma... con calma... con calma; porque lo que es

de tomarlo á pechos no se saca nada... La fe es muy buena para salvar

las almas, pero los cuerpos... _nequaquam_. En la política pienso yo que

no basta ya aquello de ver y creer, sino que es necesario ver y tocar...

¿no es verdad, mi amigo, no es verdad?... ¡eh! ¡eh! ¡eh!...

El malestar de Octavio iba en aumento. Apuntábale ya el deseo de

marcharse. Sintió al mismo tiempo sed, porque el salchichón hacía

ampolla en la lengua.

--¿Podrían traerme un vaso de agua, señor cura?

--No blasfeme usted, señorito... ¡Qué agua ni qué ocho cuartos! El agua

para las ranas y el vino para los hombres... Va usted á beber uno de

misa mayor que tengo reservado para los amigos que estimo de veras...

--Gracias, gracias; tengo mucha sed, y el vino no me la apaga.

--Está usted en un error, señorito... en un error muy grande. Para

apagar la sed no hay nada mejor que el vino; está probado. No diré que

si usted bebe ese peleón que traen los arrieros de Toro, lleno de

campeche y otras porquerías, no quede usted peor que antes; pero en

tratándose del vino de Rueda legítimo y con diez años en la bodega, como

el que tiene delante, diga usted que es una bendición del cielo, y que

apaga la sed lo mismo que hace discurrir á un borrico... ¡Calle!...

¡pues si no le he traído copa para beberlo!... ¡Válate Dios... válate

Dios... válate Dios!...

El cura se levantó, fué otra vez á la alacena y sacó de ella una copa

extraordinariamente sucia. Después de haberla mirado al trasluz, fué á

lavarla á la jofaina con el mayor sosiego. Octavio bebió una copa del

vino de misa mayor, y, en efecto, no le apagó la sed: La impaciencia y

la rabia ayudaban también á abrasarle las entrañas.

--Pues, como iba diciendo, tiene usted razón, señorito. La política trae

muchos disgustos; pero en último resultado vienen á recaer sobre los que

dependen de ella y tienen el pan de cada día ligado á la voluntad de un

cacique. Mas no sucede otro tanto cuando el que se mete en ella es una

persona independiente por su fortuna, como usted, pongo por caso,

señorito. Mañana le da un disgusto la política á un hombre como usted;

pues se mete en su casa muy tranquilo, diciendo: ¡Ahí queda eso!...

Además, no es fácil comprender hasta qué punto facilita el camino de los

altos puestos la circunstancia de gozar una buena renta el que los

solicita... Créame que, averiguado que un hombre es rico, los obstáculos

desaparecen de su vista como por encanto... Pero así que se susurra que

es pobre, todo el mundo corre á ponerle el pie delante para que caiga de

narices. Yo no sé lo que tiene la pobreza, que á todos huele mal. ¿No

es verdad? ¿eh? ¿eh?

La charla del clérigo había conseguido marear á nuestro joven,

poniéndole en completo desorden las ideas. La impaciencia que le

devoraba desde el comienzo de la escena, le había ido subiendo la sangre

á la cabeza y bullía dentro de ella haciéndole pensar en cosas extrañas

bien lejanas del asunto que debía ocuparle. Mientras la voz cascada del

cura le martirizaba los oídos, estaba pensando en un perro que había

encontrado por el camino con una pierna rota. ¿Quién habría puesto de

aquel modo al infeliz animal? Tal vez algún muchacho le tiraría una

piedra. ¡Vaya una proeza!

Poco á poco se fué apoderando de su espíritu una gran repugnancia, una

repugnancia invencible. Al mismo tiempo empezó á brillar en sus ojos la

firme decisión de no decir palabra de su gravísimo asunto al hombre de

sotana que tenía cerca y de marcharse al instante de aquel sitio. Se

había equivocado. Allí no encontró el salvador que buscaba. Todavía, no

obstante, permaneció clavado en la silla como si el cuerpo se negase á

obedecer las órdenes apremiantes del espíritu. El clérigo prosiguió

diciendo:

--El único joven que en esta comarca se encuentra en condiciones de ser

un hombre influyente en la política es usted, señorito. Ya sabe que no

soy adulador y que se lo digo como lo siento... No porque la modestia lo

tape se deja de reconocer el mérito donde lo hay... Pero no se me

afilie, por Dios, en ese rebaño de charlatanes y chorlitos como el hijo

de D. Lino Pereda, porque entonces no conseguirá nada... Si usted

comprende sus intereses, no debe separarse del partido de los hombres

serios y respetables... Los partidos avanzados están llenos de jóvenes,

y para que uno de ustedes llegue á brillar es necesario que sea una

eminencia, y aun así jamás adquiere respetabilidad. En cambio el partido

católico tiene consigo toda la riqueza del país y toda la aristocracia,

pero le hacen falta jóvenes, por lo cual no es difícil que un muchacho

de valer como usted logre distinguirse pronto... Créame á mí, señorito,

créame á mí... Es el Evangelio lo que usted está oyendo. Para alcanzar

dentro de pocos años una posición brillante y mandar como jefe en este

distrito y acaso en la provincia, no tiene más que hablar con prudencia,

alternar con las personas sensatas del pueblo, cumplir con los preceptos

de la Iglesia y dejarse estar... dejarse estar... Lo demás corre de

nuestra cuenta... Los curas valemos poco... es verdad... pero todavía...

todavía... todavía... Hoy por hoy, lo que le conviene es apoyar con

decisión la candidatura del señor conde de Trevia... Hará usted un gran

favor á la buena causa y adquirirá la consideración de todos los hombres

sensatos. Mañana será otro día... El conde no ha de ser siempre

diputado, señorito... y cuando llegue la ocasión, todos arrimaremos el

hombro y le ayudaremos á empinarse...

Octavio sintió un fuerte estremecimiento al oir el nombre del conde de

Trevia, como si despertase de un sueño profundo. De pronto se alzó de la

silla y dijo con tono resuelto que no admitía réplica:

--No me siento bien en este momento, señor cura. Otro día hablaremos del

asunto que aquí me trajo. Hasta la vista.

Y sin aguardar contestación salió como un huracán por la puerta, dejando

altamente sorprendido al clérigo. Al llegar á la calle, sin detenerse un

punto, dióse á correr por la margen del riachuelo en dirección á la

montaña. «Después de todo, se iba diciendo, el conde aún no sabe quién

es el amante de su mujer.»

Y los que por allí cruzasen á la sazón observarían, no sin sorpresa, que

el pálido semblante del señorito resplandecía como el de las estatuas de

los héroes, y su cuerpo afeminado parecía hecho de acero al escalar los

primeros riscos de la Peña Mayor.

XVI

Las heces del cáliz.

Salieron solos. El conde había dormido mal y necesitaba todavía algún

descanso. Les dijo, por medio de uno de sus monteros, que podían ir

andando, pues no tardaría en alcanzarlos.

La mañana estaba nublada y fresca. El toldo de nubes que cerraba

herméticamente el horizonte no era, sin embargo, muy espeso: la luz

pasaba por él sin trabajo. Del lado del Oriente se percibía la redonda

masa inflamada del sol, prisionero entre cendales plomizos. Un vapor

trasparente y azulado llenaba todo el espacio y descomponía y borraba

los contornos de los objetos dejando en ellos únicamente el color, y á

veces sólo la mancha. Allá en los rincones del valle todavía se

observaban algunos jirones de niebla, algunos pedazos blancos de

muselina que no consiguieron levantarse y que se movían temblorosos

entre el amarillo follaje de los árboles. La claridad sembraba de

variados matices el llano y las montañas, compensando en cierto modo la

monotonía del cielo. Sobre el color verde dominante de las praderas

resaltaban las grandes manchas negras y rojas de la tierra labrada. Al

lado de las blancas rocas calizas se alzaban los grupos de árboles

vestidos á medias de hojas amarillas. La tierra traspiraba copiosamente.

El musgo de las laderas ahumaba bajo los tibios rayos del rebozado sol:

de cada hilo de hierba pendía una gota de agua.

Nuestros cazadores caminaban lentamente. El aliento que salía de sus

bocas se cuajaba en la atmósfera. La condesa iba ceñida por un riquísimo

abrigo forrado de pieles, y ocultaba su rostro, encarnado como una

cereza por el fresco de la mañana, debajo de enorme y caprichoso

sombrero de paja. Pedro, en traje de cazador, marchaba llevando sobre el

hombro una carabina de dos cañones y la de su señora, que era un

primoroso juguete encargado exprofeso por el conde á Inglaterra. El

semblante del mayordomo expresaba una melancolía grave y profunda que su

pareja no echaba de ver, á juzgar por el tono indiferente que imprimía á

las palabras que de vez en cuando cruzaba con él. Pocas eran las que

habían salido de los labios de Pedro en la media hora que llevaban de

camino. Marchaba distraído, con la mirada perdida en las nieblas del

horizonte, absorto en vagos y tristes pensamientos. Los celos le tenían

asida el alma desde el encuentro que por la noche tuviera con Octavio.

Mas era su amor tan tímido, á pesar de las victorias alcanzadas, que no

osaba decir una palabra de tal escena á la condesa. Su corazón sencillo

no tenía conocimiento de las mil estratagemas que se emplean tan á

menudo para sorprender los pensamientos y las intenciones de los otros,

sin dejar ver las nuestras. Por otra parte, su naturaleza ruda y leal

rechazaba por instinto la perfidia. Así que, ante la presunción de ser

engañado por la mujer que amaba, su pensamiento se revolvía aturdido

como el pájaro que penetra casualmente en una sala.

Al fin la distracción llegó á ser tan manifiesta que la condesa se le

quedó mirando un rato y le preguntó con inquietud:

--¿Qué tienes?

--¿Yo?... Nada.

--Sí tal... Algo te pasa... ¿Por qué estás triste?

--No estoy triste.

--¡Oh! No puedes engañarme, Pedro. Si no te pasara algo que te causa

pena, dada la suerte que hemos tenido de salir solos, irías contento

como otras veces... Á menos--añadió lanzándole una mirada entre cándida

y maliciosa,--á menos que no te vayas cansando de mí.

Pedro se puso rojo y balbució algunas palabras incoherentes para

protestar de aquella suposición que le lastimaba el alma. Laura se

cercioró aún más de su tristeza, y poniéndole una mano sobre el hombro,

le dijo con mimo:

--Vamos... díme, querido, ¿qué tienes?

El mayordomo dió todavía algunos pasos sin contestar. Una lágrima tembló

en sus negras y largas pestañas, y bajó rodando silenciosa por la

mejilla. Laura al verla exclamó con sobresalto:

--¿Qué es eso? ¿Por qué lloras?

--Porque no me quieres.

El semblante de Laura se serenó, y medio riendo repuso:

--¿Y cómo has llegado á averiguar eso, pícaro?

--No me martirices, por Dios... Tengo aquí en el lado izquierdo un dolor

tan vivo, que parece que me están abriendo el pecho con garfios...

Quiero más morir que padecerlo... Escucha; voy á hacerte una pregunta...

Según como contestes, así me matarás ó me darás la vida... ¿Prometes

decirme la verdad?... ¿Lo prometes por la salud de tus hijos?...

--No necesito jurar para decir verdad... pero sí... te lo juro por la

salud de mis hijos... Habla...

--¿Estás enamorada ó sientes algún interés por el hijo de D. Baltasar

Rodríguez, por ese joven rubio que viene á menudo al palacio?

--No.

La condesa pronunció esta negación con tal fuerza y mostrando tanta

seriedad, que Pedro, sintiendo de improviso una alegría inmensa,

infinita, quedó, sin embargo, confuso. No supo más que decir mirando al

suelo:

--¡Perdóname!

--Estás perdonado; pero mira... no vuelvas á hacerme preguntas tontas...

Tenemos demasiadas cosas en que pensar, para ocuparnos en llorar celos

ridículos.

No necesitó más el mayordomo para quedar enteramente sosegado. La

palabra de la condesa hizo la luz en su atribulado espíritu, y dejó

escapar un suspiro de satisfacción, como si le hubiesen quitado una losa

de plomo de encima de los hombros. Ni se atrevió, ni quiso preguntar

más. Tenía bastante con la mirada límpida y franca que su dueña le

dirigió al responderle. Tornó á brotar en su pecho la pura alegría que

siempre le acompañaba, manifestándose al exterior de una manera

infantil. Empezó á charlar por los codos y á caminar con más celeridad.

De buena gana hubiese dado brincos. Cuando alguna rama ó vástago

importuno interrumpía el camino, ya de muy lejos se daba á correr para

separarlo y que la condesa pasase cómodamente. Si percibía entre las

zarzas alguna madreselva, aunque se arañase las manos, ya estaba

saltando á cogerla para ofrecérsela. Otras veces procuraba quedarse

atrás para contemplarla á sabor. La condesa sentía sobre su espalda la

mirada amorosa del joven, y sonreía.

Caminaban por la margen del río, cuyo declive hasta entonces había sido

bastante suave. Poco á poco, y á medida que se iba estrechando la

cañada, fué haciéndose más agrio y más violento. Cesaron las praderas y

empezaron los bosques de hayas, que se extendían por entrambas laderas

hasta perderse de vista. Los perros se internaron por ellos rastreando

algún corzo ó robezo; pero Laura no quería cazar, y Pedro los hizo venir

inmediatamente con un silbido.

--¿No te parece que dejemos la caza para cuando _él_ venga? Subamos

mientras tanto al lago; no me canso de verlo. En la primer cabaña que

encontremos podemos dejar dicho dónde estamos...

El mayordomo lo halló todo muy bien, y siguieron andando. La selva

ofrecía un aspecto mágico. El otoño, dorando por entero muchas de sus

hojas, haciendo palidecer levemente á otras y dejando verdes las menos,

la había convertido en un rico manto de brocado que cubría los

formidables hombros de la montaña. El rumor que de ella venía no era,

como en la primavera, dulce, sino desapacible. Los olores, acres y

punzantes.

Los pies de los cazadores trituraban las hojas secas de que estaba

sembrado el camino. Al cabo de algún tiempo terminaron los bosques y

empezaron de nuevo las praderas, que se apartaban bastante de las del

llano, pues no eran como éstas de un verde claro, sino oscuras y tersas:

la hierba, en extremo tupida y menuda. Así que dejaron el bosque toparon

con una cabaña, donde hicieron alto. El pastor les sirvió leche acabada

de ordeñar, y quedó avisado para decir al conde y á sus monteros que no

tardarían en descender. Y continuaron su interrumpida marcha por la

senda que serpeaba á la vera del arroyo. La pendiente se hizo muchísimo

más agria. El arroyo, en vez de desatarse sereno y cristalino como

abajo, se despeñaba en espumosos tumbos asordando á los viajeros, los

cuales se detenían con frecuencia á tomar aliento. Con el pecho

anhelante y las mejillas pálidas, quedábanse uno frente á otro

sonriendo.

--¿Estás fatigada?

--Algo.

--¿Quieres que te lleve en brazos un poquito?

--Ni un poquito, ni un muchito... Tú me juzgas demasiado débil,

Perico... Es necesario que te vayas convenciendo de que soy una aldeana

en toda la extensión de la palabra... Y si no, mira... mira...

La condesa emprendía á correr desaforadamente por el monte arriba; pero

á los pocos pasos dejábase caer jadeante sobre el césped, llamando

burlón y cazurro al joven porque se estaba riendo. Entonces éste acudía

á levantarla, cogiéndola por ambas manos. Pero la nueva aldeana se

hacía la pesada: era necesario tomarla por la cintura para ponerla en

pie. El viento del puerto, cargado de aromas saludables, los tornaba

retozones como cabritillos. Escuchábase á lo lejos el sonido de los

cencerros y veíanse pastar tranquilamente algunos ganados. Dejaron las

márgenes del arroyo y se pusieron á ascender por una de las laderas,

siguiendo un estrecho sendero que hacía eses. Pronto se borró el sendero

y tuvieron que caminar sobre el musgo.

--Te advierto--dijo Pedro--que no tardaremos en tropezar con la

niebla... Ya la ves ahí cerca...

--¿Y entonces?...

--Nada, yo tengo la seguridad de que no dura más de doscientos pasos y

de que el corte de la Peña se encuentra á estas horas bañado por el

sol... Pero si tienes miedo á la humedad podemos volvernos...

--No, no... de ningún modo... ¿Crees que vamos á ver el sol de veras?...

Pues adelante.

En efecto, después de subir algo más por un áspero repecho, vestido casi

todo él de tojo y retama, lo cual hacía muy penosa la ascensión, tocaron

en la niebla y se internaron por ella. Pedro cogió de la mano á la

condesa para que no cayese, en el caso de tropezar. Al poco rato

sintieron húmeda la cara y las manos y se rieron como si les hubiese

pasado alguna cosa placentera.

--Debemos parecer dos fantasmas, Pedro... ¿Será cierto que estamos

dentro de una nube?

--¡Ya lo creo!

--¿De una de esas nubes que vemos correr por el cielo?

--¿Pues de qué otras quieres que sea?

--¡Ave María!

Así como el mayordomo lo había predicho, no se habían pasado diez

minutos cuando la niebla comenzó á enrarecerse, convirtiéndose en una

gasa sutil que dejó percibir en vagorosa indecisión las peñas y los

arbustos. Sintieron en el rostro calor, como si se aproximasen á un

horno, y observaron que el leve vapor que aún los envolvía se agitaba.

Allá arriba, delante de sí, vieron una gran mancha de oro. Y de repente,

despojándose de su cendal gaseoso, como el que deja caer una túnica de

los hombros, quedaron anegados en luz, surgiendo como dos manchas negras

en medio del éter azul, debajo de un sol radiante. La condesa lanzó un

grito de entusiasmo. Después, acercándose más á su amante y empinándose

sobre la punta de los pies, le dió un beso claro y sonoro en la mejilla.

Pedro la estrechó contra su corazón. Era la primera caricia que se

hacían desde que salieron de casa.

Poco trecho necesitaron andar para colocarse sobre el mismo corte de la

Peña. El espectáculo que entonces hirió su vista fué uno de los más

hermosos, y sin duda el más sublime que pueden ver los humanos. Por toda

la región que la vista abrazaba se extendía un mar de leche, ligero y

fluido, que cerraba por entero el horizonte. Sobre este mar resplandecía

la esfera luminosa del firmamento, donde nadaba el sol, arrastrando con

orgullo su majestuosa cabellera de oro. Allá á lo lejos, de uno y otro

lado, se alzaban sobre el mar de leche algunos negros ó jaspeados

islotes que eran, sin duda, las crestas de las montañas más elevadas de

la cordillera cantábrica. Parecía que echándose á nadar se podía llegar

á ellas al instante. El sol no teñía por igual la superficie de aquel

océano nubloso: en unas partes lo matizaba levemente de rosa, en otras

de oro; á trechos lo dejaba en sombra y á trechos lo hacía arder en

resplandores. Nuestra pareja se hallaba sobre la misma cresta de la Peña

Mayor, que formaba una de las varias islas de que estaba sembrado.

Debajo de ellos, á los cuarenta ó cincuenta pasos, las olas de leche y

rosa cercaban la Peña y la batían dulcemente con su hálito sutil. Nadie

imaginara que dentro de ellas, allá en el fondo, dormían las aguas

tristes y pesadas del lago Ausente su eterno sueño inalterable.

El corazón de los amantes se estremeció de alegría delante de aquel

cuadro prodigioso, tan lejano de los que se acostumbran á ver en la

tierra. ¡La tierra! La tierra no existía en aquel sitio: era un mito

sombrío, una pesadilla de la imaginación. ¡Quién se acordaba de la

tierra! Allí no había más que cielo; cielo arriba, cielo abajo, cielo en

todas partes.

Sentados sobre la Peña bebían por su entreabierta boca el aire de las

alturas, nítido y fresco como el aliento de los ángeles. La luz se

desprendía en efluvios infinitos por los orbes azules, haciéndoles

centellar. La soledad y el silencio, tan amargos en la tierra, eran allí

dulces y amables. Ningún ruido terrestre profanaba la majestad de

aquella gloria. Sólo la mente, mejor que los oídos, escuchaba un rumor

solemne, una música grave y melodiosa, como el himno que las esferas

entonan sin cesar al Eterno.

Poco á poco fué entrando el vértigo en el alma de Laura. Un deliquio

voluptuoso, dulcísimo, se apoderó de sus sentidos, dejando despierta tan

sólo la fantasía; y empezó á soñar. Imaginóse que ella y Pedro no

llegaban del lodazal de la tierra, sino de los espacios lumbrosos que

los rodeaban. Habían atravesado en raudo vuelo el éter, y vinieron á

posarse como dos pájaros celestes sobre aquella roca. Pero no tardarían

en alzarse de nuevo para sumirse otra vez en los senos azules del

firmamento y alcanzar otros sitios de mayor gloria. Ya estaban muertos

para el mundo, y sólo bajaban á él de raro en raro, envueltos en la

bruma de la tarde ó en la ola de los mares, ó atados, tal vez, á un rayo

de sol. Habían sondado el inefable misterio de los cielos y formaban

parte del coro de los santos que cantan las alabanzas del Señor. Gozaban

entre nubes de incienso y resplandores de la dicha perdurable reservada

á los buenos.

Pero este hermoso sueño fué turbado por un pensamiento cruel que heló su

corazón. Ella no podía entrar en el cielo. Ya no era inocente y pura

como en otros tiempos, y no ofrecería en remisión de sus pecados

veniales una vida de martirios y humillaciones. Había destruído con una

venganza ruin todos sus merecimientos. No era más que una infeliz

pecadora, una despreciable adúltera. Las puertas del infierno se

abrirían para ella cuando muriese, y quedaría sepultada eternamente en

los tormentos de los condenados.

El señorito Octavio · 第 14 / 15 段