pecado? No dudaba de su misericordia infinita, mas para ser perdonada
era necesario arrepentirse. Entonces pensó vagamente en huir de su
amante y hacer penitencia. Acercóse más á él y le preguntó con voz
temblorosa:
--¿Te has confesado, Pedro?
--¿Por qué me lo preguntas?
--Porque estamos ofendiendo á Dios enormemente... porque estamos en
pecado mortal... Si ahora nos muriésemos iríamos á dar al infierno.
--Yo sí... Tú no, porque eres una mártir.
--Yo soy una pecadora mucho peor que tú, porque he jurado delante de
Dios guardar fidelidad á un hombre y he violado este juramento... Soy
una mujer despreciable que está deshonrando á su marido... Mira, Pedro,
te quiero con toda mi alma. Por ser libre y casarme contigo me
resignaría desde ahora mismo á ganar el pan, como la última labradora,
con el sudor de mi frente... aún más, me resignaría á mendigarlo de
puerta en puerta... Pero no quiero perder mi alma ni la tuya... No puedo
amar á mi marido, pero puedo serle fiel... Lo que estamos haciendo es
muy criminal, y tarde ó temprano caerá sobre nosotros el castigo del
cielo... ¿Por qué no hemos de amarnos puramente, sin manchar nuestras
almas? Tal vez esto sea lícito... Yo me informaré del confesor... Detrás
de ese cielo azul está Dios contemplándonos. Si ahora refrenamos nuestro
gusto, iremos á juntarnos á él después de la muerte y podremos amarnos
por los siglos de los siglos...
Pedro bajó la cabeza sin atreverse á contradecirla. La condesa le
interrogaba con la vista. Al fin repuso:
--Ya no sé si es malo ó bueno lo que estamos haciendo. Tú dices que es
malo, y lo será. De lo que estoy seguro es de que si dejas de quererme
iré para el infierno irremisiblemente... Y en último resultado,
faltándome tu amor, el cielo y el infierno son iguales para mí...
--¡Calla, calla!--exclamó ella tapándole la boca con una de sus
manos.--¡No digas blasfemias!
Todavía prosiguieron algún tiempo hablando seriamente sin hallar ninguna
solución que les contentase. Cuando agotaron el tema permanecieron
tristes y silenciosos sin atrever á mirarse. Los ojos de entrambos se
perdían en los repliegues del océano ondulante que se extendía á sus
pies y parecían seguir con atención el vaivén de sus olas argentadas. Al
fin, la condesa volvió la cara hacia Pedro y le dirigió una tierna
sonrisa. Después aproximóse más á él y reclinó la cabeza sobre su
fornido pecho, sin dejar de contemplar en silencio el espectáculo
sublime de la Naturaleza.
Mas en aquel instante escucharon pasos á su espalda y se volvieron con
presteza. El señorito Octavio estaba delante de ellos. Sin esperar
pregunta alguna ni hacer caso de la sorpresa que en sus rostros se
pintaba, les dijo con tono imperioso:
--¡Huid! El conde puede llegar de un momento á otro.
--Le estamos aguardando--contestó Pedro secamente.
--Pues haces mal en aguardarlo. Lo sabe todo y viene á matarte.
--Razón de más para que no huya.
--¡Eso es, hazle frente, y después de haberle robado la honra,
mátalo!... Los valientes hacen las cosas por redondo. Eres un necio y un
fatuo... Si no amas la vida ahora, no mereces la dicha que has
logrado... ¡Huye, huye, insensato!... El valor no consiste en despreciar
la vida, sino en saberla perder á tiempo.
El viento había derribado el sombrero del señorito. El sol bañaba su
revuelta cabellera dorada, que despedía fugaces destellos como en la
mañana que por primera vez le vimos. Su faz, pálida entonces por el
sueño, lo estaba ahora por la emoción. Pero sus ojos... ¡oh, sus ojos
mudaron mucho desde entonces! Ya no eran aquellos ojos fríos y tímidos
que resbalaban sobre los objetos sin penetrarlos. Brillaban con
inusitado fuego.
Su figura delicada y endeble alzábase soberbia en el sitio más eminente
de la roca y descollaba sobre el azul del cielo. Los dos amantes,
situados en un lugar más bajo, desaparecían delante de él como
desaparecen de los ojos del público los actores secundarios cuando entra
en escena el protagonista del drama. La condesa, que se estrechaba,
muerta de susto y vergüenza, contra su amante, le encontró desconocido.
--Huye, huye, por Dios, Pedro--dijo Laura con voz temblorosa.
--Sí, pero tú conmigo.
--Yo no puedo huir... Tengo hijos... Además, te serviría de estorbo...
--¿Y si pone la mano sobre ti?
--Ya sabes que no puede ser... Por infame que tenga el corazón, no
llegará á tanta cobardía... El conde no tiene derecho sobre mi vida...
El semblante de Octavio se iluminó de repente al escuchar estas palabras
y preguntó en seguida con ansiedad:
--¿Está usted segura, señora, de que su marido no intentará nada contra
usted?
--Estoy segura.
--Ya lo oyes, Pedro... La condesa no necesita tu vida por ahora...
Puedes marcharte sin temor.
Pedro comprendió que tenía razón; pero no hubiera cedido á no
encontrarse con los ojos suplicantes de su amada. Al fin, posando los
suyos sobre ella, y envolviéndola en una mirada grave y tierna, le dijo
con acento enérgico:
--Hasta luego.
Y lanzándose por la pendiente abajo, desapareció á los pocos momentos.
El que siguió fué solemne para los dos seres que quedaban en la roca. La
condesa ocultaba el rostro entre las manos. Octavio la contemplaba en
silencio. Él fué quien primero lo rompió, exclamando:
--¡Está fuera de peligro! Conoce todos estos sitios á palmos. No daría
con él un batallón entero, cuanto más un hombre. Ya no debe usted
afligirse, señora...
--No me aflijo por él.
--¿Pues por quién?
--Por usted.
--¡Por mí!
--Sí; le he hecho á usted mucho daño... Conozco que tiene usted motivo
sobrado para odiarme... y le pido perdón.
--¡Bah!--repuso el joven afectando tono indiferente.--Yo no tengo de qué
perdonar á usted. Si me ha pisado el corazón, es porque me he empeñado
en ponerlo debajo de sus pies. ¿Había de ser forzoso que usted se
enamorase de mí?... Estas cosas no dependen de la voluntad... son
fatales... El amor rara vez encuentra al amor en este mundo... ¿Por qué
he de ser yo la excepción y no la regla?... No se preocupe usted por mí
ni se aflija... Después de todo, las heridas que no matan de repente
suelen cicatrizarse... La vida es un conjunto de lágrimas y quebrantos
donde sólo muy pocos seres privilegiados recogen algunas flores.
Aquel tono indiferente no podía engañar á nadie. Hablaba con el corazón
desgarrado. Sus palabras expiraban á menudo en la garganta, como el eco
de un sollozo reprimido. Las que llegaban á los labios venían envueltas
en lágrimas. Mientras las pronunció no apartó los ojos del nebuloso
horizonte, que el sol teñía de grana. Laura adivinó perfectamente lo que
pasaba en aquel espíritu ardiente y delicado, y guardó silencio.
Al cabo de un rato, el oído de Octavio, fino como el de un tísico,
percibió entre la niebla un rumor. Volvió entonces el rostro hacia la
condesa, y dirigiéndole una sonrisa le dijo con voz apagada:
--Hasta luego.
--¿Cómo? ¿Se marcha usted?
--Sí: pronto nos veremos.
Sonó entre la niebla un tiro, y el señorito Octavio se desplomó sobre la
tierra con la cara mirando al cielo.
Oyóse inmediatamente un segundo disparo, y la condesa vino á caer de
bruces sobre él, cual si fuese á hacerle una caricia.
El conde surgió de la nube al instante. Llegóse á los cadáveres y con un
pequeño esfuerzo los hizo rodar por la pendiente de la Peña. La niebla
los tapó en seguida. Después se oyó el ruido que produjeron al entrar en
el lago.
* * * * *
El viento había arrojado muy lejos las nieblas que envolvían el lago, y
la noche se presentó limpia y serena. En el oscuro manto del cielo
principiaron á encenderse, como lejanas luces trémulas, algunas
estrellas. El héspero corría á esconderse entre las montañas. La luna
asomaba ya su disco resplandeciente por detrás de ellas.
Las aguas del Ausente dormían su sueño profundo, quietas, inmóviles como
el día en que Dios las vertió en aquella inmensa pila de granito. No
siempre estaban así. Alguna vez, de tarde en tarde, solían despertar y
esperezarse como un monstruo, con terribles sacudidas, lanzando su baba
espumosa á las paredes que lo guardaban prisionero. Mas ahora el
monstruo callaba como un muerto, y dejaba pasar sobre su lomo bruñido
los rayos temblorosos de la luna, que formaban sobre la oscura linfa un
reguero luminoso.
Negreaban las altas montañas que lo cercan arrojando sobre él capas de
sombra. El cielo parecía cortado por sus enormes masas dentadas. Las
sombras se espesaban en las márgenes del lago y subían por los flancos
de la roca hasta tocar en la cima. El reguero luminoso brillaba en el
centro como una cinta de oro.
Al fin la luna apareció toda entera sobre una de las crestas y emprendió
su marcha callada por el espacio. Las estrellas la seguían con sesgo
vuelo como una bandada de pájaros. Los ámbitos del lago quedaron
iluminados, y los líquidos senos del monstruo se estremecieron levemente
al recibir la caricia del astro de la noche. Allá entre la juncia de la
orilla oyóse la voz dulce y aflautada de un sapo.
Pedro bajó lentamente, apoyándose con las manos en las rocas hasta tocar
con sus pies en los bordes del agua, y permaneció inmóvil. El sapo había
repetido centenares de veces sus eternas notas románticas. La luna
alcanzaba ya el medio de la esfera y flotaba como una isla de oro entre
los pliegues del viento. El lago titilaba bajo su blanda caricia, y la
figura triste y dolorida del mayordomo aún seguía inmóvil al pie de la
orilla con los brazos cruzados y los ojos hundidos en el oscuro seno del
agua.
XVII
Epílogo innecesario.
Carta de Homobono Pereda á su amigo Manuel Ruiz, secretario primero de
la sección de literatura del Ateneo de Madrid.
Mi querido Manolo: Aunque no he tenido el gusto de ver letra tuya hace
ya bastante tiempo, te escribo para noticiarte un suceso que tiene
preocupada hace ya algunos días á toda la población. Ya tienes asunto
interesante y patético para tu drama, si es que no has hallado otro
mejor. Figúrate que mi contrincante el conde de Trevia, hombre de
carácter extravagante, y que algunos daban por loco, llegó á este país
en los comienzos del verano, con toda su familia. La señora era una
mujer de singular hermosura y llena de atractivos en su parte moral, si
no miente la fama. Á los pocos días de hallarse aquí comenzó á
galantearla, según se dice, un joven de esta población llamado Octavio
Rodríguez, bastante simpático é inteligente, pero de escasísima
instrucción. Dícese también que la condesa no tardó en corresponder al
amor del joven, dándole de ello pruebas convincentes. El verano debió
ser para los amantes delicioso, pues Octavio frecuentaba diariamente el
palacio de los condes y los acompañaba á todas partes, sin que el marido
sospechase de la fidelidad de su consorte. Algunos, sin embargo, quieren
suponer que tenía conocimiento de la falta bastante tiempo antes de
consumar su venganza, y que la dilató por uno de esos caprichos
incomprensibles de su carácter. Lo cierto es que hace algunos días les
armó un lazo donde fatalmente fueron á caer los desventurados amantes.
Sorprendiólos, al parecer, en las márgenes del lago Ausente, donde con
pretexto de la caza realizaban sus citas, y dió á ambos la muerte. No se
conocen los detalles de esta misteriosa y terrible venganza. El conde
desapareció, y se da como seguro que ha pasado á Francia á formar parte
de la corte del Pretendiente. Un mayordomo suyo, que la voz pública
designa como el principal auxiliar del asesinato, también huyó del país.
Hé aquí, pues, cómo á consecuencia de una tragedia espeluznante me
encuentro yo en este momento sin competidor en las próximas elecciones.
Por lo tanto, puedes considerar ya á tu amigo Homobono hecho un
diputado y sentado en los escaños del Congreso, no para ser, como la
inmensa mayoría de nuestros políticos, un fiel observador del derecho y
estado reinantes, sino para pensar y obrar en el espíritu del derecho
eterno. Te remito el manifiesto brevísimo que acabo de dirigir á mis
electores, y espero que me digas sinceramente lo que piensas acerca de
su contenido. Me parece que ha de hacer mucho efecto.
He pasado todo el día corrigiendo las pruebas de la Propedéutica, que
saldrá á luz dentro de un mes próximamente, y tengo la cabeza hecha un
volcán. No dejes de escribirme enseguida. Te abraza tu amigo del alma
HOMOBONO.
Dentro de la carta iba el siguiente documento impreso:
ELECTORES DEL DISTRITO DE VEGALORA:
Á todo hombre en la tierra debe serle cumplido su derecho, el cual no es
otra cosa que la recíproca y exigible condicionalidad para el destino
humano (individual y total). El derecho quiere que todos los hombres den
y reciban mutuamente y en forma social el sistema de condiciones
permanentes y temporales que su naturaleza armónica reclama, para cuyo
fin hay un organismo interior é interiormente relativo y omnilateral
llamado Estado. Importa, pues, considerar seriamente cuán interesados
nos hallamos en que el Estado se organice y asiente en vista de su fin,
no en atención de otros históricos ó temporales. Las perturbaciones
sociales que la historia nos ofrece y las bárbaras infracciones del
derecho, tienen su origen en el desconocimiento de los principios
fundamentales de la ciencia política, á cuyo estudio he consagrado los
mejores años de mi vida.
Llevando, pues, por canon y norma de mi conducta los eternos principios
del derecho y no las máximas prácticas de los políticos al uso, que no
son sino reglas para explotar en su provecho las miserias de la
corrupción humana y alcanzar el poder, objeto de sus afanes, me presento
ante vosotros solicitando vuestro libre é inteligente sufragio para
representaros en el Parlamento. Los principios inmutables, á los que
rindo fervoroso culto, me impiden haceros ninguna clase de ofrecimiento
de los que tanto abundan, por desgracia, en los manifiestos políticos.
Tales ofrecimientos no pueden menos de ser para todo hombre de recto
sentido altamente inmorales, pues casi siempre se fundan en el
privilegio y la injusticia. No esperéis, por tanto, si llego á honrarme
con el título de vuestro representante, que alce mi voz reclamando para
este distrito ninguna clase de mejora moral ó material que los demás no
posean: antes combatiré con todas mis fuerzas cualquier intento de
llevarla á cabo, porque no quiero ser representante de ningún interés
particular y temporal, sino de los generales y permanentes en que la
sociedad debe asentarse. Lo único que puedo ofreceros como hombre de
honrada conciencia es ponerme siempre del lado de la justicia en el
conflicto diario que las diversas fuerzas sociales promueven, y procurar
en la medida de las mías el reinado de un orden más positivo y orgánico
entre los fines fundamentales humanos y sus sociedades relativas, para
evitar que el pueblo (sistema de familias), preocupado del fin presente,
como absoluto, acabe por pensar que no hay más vida, ni más fin que
proseguir, ni más bien que esperar, sino las condiciones y estados
temporales ó históricos.
HOMOBONO PEREDA.
Vegalora 3 de Noviembre de 187...
FIN
ÍNDICE
Páginas.
I.--Despierta el héroe 1
II.--Los señores condes, ó los condes á secas,
como pedía el señorito Octavio que se dijese 14
III.--Los amigos del conde 32
IV.--La pomarada 58
V.--La tienda de D. Marcelino 82
VI.--Un día más 107
VII.--Il sol de l'ánima 131
VIII.--La romería 152
IX.--Fragmentos de un diario 173
X.--Síntomas graves 186
XI.--Lo que cuesta un perro de caza 197
XII.--Un paquete de cartas 210
XIII.--El cáliz 240
XIV.--Á medianoche 244
XV.--Buscando salvación 255
XVI.--Las heces del cáliz 271
XVII.--Epílogo innecesario 290
End of Project Gutenberg's El señorito Octavio, by Armando Palacio Valdés