fugaces y azuladas los coronan y se extinguen alternativamente. Al
desaparecer dejan en su puesto blancos penachos de humo, que no tardan
en ascender por el estrecho cañón á tomar el fresco de la noche. De vez
en cuando se desprende, con ruido seco, algún pedazo de brasa, y
rodaría hasta la alfombra sin la intervención salvadora de dos cabezas
de bronce enlazadas por una barra de hierro que guardan la entrada del
agujero. La impasibilidad estoica con que se dejan tostar por los
carbones, antes que consentirles pasar á prender fuego á la casa, es
digna de encomio. Cuando salieron de la tienda eran doradas y
relucientes, y representaban dos mujeres hermosas. Ahora son negras y
nadie sabe lo que representan.
Descansando á un lado están los hierros de la chimenea. La lumbre los
hiere de través produciendo destellos. Delante del fuego y próximas á él
hay dos butacas en actitud de conversar amigablemente. Pero están mudas,
ó por lo menos no se oye lo que dicen. Quizá fatigadas de charlar y
enervadas por el calorcillo agradable que templa la atmósfera del
gabinete, se hayan entregado al sueño ó á la meditación. La claridad las
baña á veces vivamente: otras las deja sólo medio esclarecidas.
Detrás de las butacas empieza ya la sombra; una sombra indecisa. En ella
flotan como masas negras los muebles de la cámara. En ocasiones, cuando
una llama más viva se despierta sobre los carbones, el círculo luminoso
ensancha sus dominios y arroja vivos reflejos á las paredes. Entonces,
entre los vacilantes rayos de la llama, percíbense los contornos severos
de los sillones arrimados al muro. Tal como aparecen, correctos, graves,
inmóviles, semejan un congreso constituído en sesión permanente. Las
sombras temblorosas aprovechan la huída de la llama para envolverlos de
nuevo en su manto tenebroso.
El gabinete está solo. Una fantasía algo viva, espoleada por el miedo,
pudiera, sin embargo, fácilmente imaginar otra cosa. Porque á menudo se
ve correr una gran mancha negra por los muros, y pasar con la brevedad
de un relámpago. Otras veces, la mancha negra surge de improviso detrás
de las butacas, se arrastra lentamente por la alfombra y va á ocultarse
entre los pliegues de las cortinas. Otras, baja por el cañón de la
chimenea un zumbido, aunque leve, extraño por demás y medroso. Y en los
ángulos oscuros de la estancia, y debajo de las sillas, y en los huecos
de los balcones, se agitan á la continua muchedumbre de fantasmas que
esperan la hora de extinguirse el fuego para salir.
Reina el silencio. Es la medianoche. Afuera se oye una vez que otra el
cansado latir de algún perro. De tiempo en tiempo se alza también del
sombrío recinto del valle un grito agudo, prolongado, angustioso, uno de
esos gritos de la noche que nadie sabe de dónde parten, y que hielan de
terror el corazón del más bravo.
Óyese en la estancia el crujir de un vestido. Aparece una mujer de
figura elevada y majestuosa, que marcha con lento paso á sentarse en una
de las butacas que hay delante de la chimenea. La luz que de súbito la
baña deja ver la fisonomía severa, pero bella, de la institutriz de los
Trevia.
¡Oh, no; no hay mentira en declarar que es hermosa! Sus cabellos son
rubios y claros, y están anudados por detrás de un modo sencillo y
original: los ojos de un azul oscuro como el cielo de Andalucía: la
frente un poco estrecha, como la de las estatuas griegas: la nariz
delicada y correcta: los labios delgados y rojos y siempre húmedos: la
barba bien señalada, y el cuello mórbido y flexible. Pero lo que más
resalta en este rostro es la blancura deslumbradora de la tez. No debe
comparársela al marfil, á la nieve, al nácar ó á la leche, porque la tez
de una mujer hermosa vale más que todas estas cosas juntas. La
imaginación no puede concebir nada más delicado, más terso y más suave
que el cutis de la blonda institutriz.
Todas estas perfecciones no han logrado, sin embargo, producir una
fisonomía dulce y apacible. La expresión de aquel rostro admirable es
dura y siniestra. Su frente está siempre ligeramente fruncida. Los ojos
no despiden más que miradas altaneras, como si tuviese al mundo entero
postrado á sus pies. Pero tal expresión soberbia y feroz hacía aún más
incitante su hermosura, porque gusta particularmente á la humana
naturaleza lo inaccesible, y porque es opinión muy seguida entre los
sabios que vale más el pellizco de la mujer arisca que el beso de la
tierna.
Miss Florencia, después de sentarse en la butaca, quedó con los ojos
clavados en la lumbre. Una de las manos, prodigio de finura, descansaba
en el regazo; la otra pendía fuera de la butaca. El fuego la envolvió
también en una mirada larga que prestó á su rostro mayor trasparencia.
El conde de Trevia vino silenciosamente á sentarse en la otra butaca y
quedó mirándola fijamente. El aya no apartó los ojos de la lumbre.
--Ya estoy aquí--dijo con impaciencia al cabo de un rato de
contemplación. Miss Florencia no movió un dedo siquiera.
D. Carlos le tomó una mano y la llevó suavemente á los labios. Tampoco
el aya hizo el menor movimiento.
--¿No oyes, dí, no oyes?--dijo entonces sacudiendo aquella mano.--Soy
yo.
--¿Qué hay?--repuso ella volviendo lentamente la cabeza.
--Te digo que tengo el humor muy negro, que me ahoga la bilis y que en
este momento al menos necesito que seas un poco más humilde que de
ordinario. ¿Lo entiendes?--profirió reprimiendo con esfuerzo la cólera.
La institutriz le miró con sorpresa á la cara, y después de contemplarle
con atención unos instantes, convirtió de nuevo sus ojos á la lumbre,
haciendo una imperceptible mueca de desdén.
El conde siguió contemplándola con mirada colérica un buen espacio.
Luego se alzó bruscamente y comenzó á dar paseos por la estancia. Al
cabo de un rato miss Florencia levantó la cabeza y le dijo con acento
más suave:
--Siéntate. ¿Qué mala hierba has pisado hoy?
El conde vino de nuevo á acomodarse en la butaca, tomó uno de los
hierros y escarbó la lumbre con ademán distraído. Después de larga pausa
dejó el hierro en su sitio y sacó del bolsillo un papel que presentó al
aya.
--Mira lo que acaban de entregarme.
Miss Florencia lo acercó á la chimenea y pasó sus ojos por él.
--Un anónimo--profirió sonriendo y entregándoselo de nuevo.
--Sí, un anónimo... ¿Por qué sonríes?
--Porque me causa mucho placer que te agite tanto la pérdida del cariño
de tu esposa.
--¡No es eso, no es eso!--exclamó D. Carlos con impaciencia, herido por
el tono irónico de aquellas palabras.--Respecto al cariño que nos
tenemos, demasiado sabes á qué atenerte. Pero por encima del cariño hay
otra cosa mucho más importante para mí, que es la honra.
--Dí el amor propio.
--Bien, pues el amor propio. Aunque entre nosotros no exista hace tiempo
verdadero matrimonio, el lazo social que nos une no se ha roto. Ella
tiene el deber de respetarlo... Si no lo respeta--añadió
sordamente,--nos veremos.
Miss Florencia dejó escapar una risita maligna.
--¡Es gracioso! ¡es gracioso!
--¿El qué es gracioso?--preguntó él cogiéndola por la muñeca y
apretándola convulsivamente.
La institutriz se puso un poco pálida, pero dijo con calma sin dejar de
sonreir:
--Te advierto que me estás haciendo daño.
--Dí, ¿qué es gracioso? ¿qué es gracioso?--repitió el conde sacudiéndola
rudamente.
--Vuelvo á decirte que me haces daño. Yo no soy la condesa de Trevia,
sino una pobre institutriz. No merezco ser tratada con tanta confianza.
El conde aflojó la mano y la miró fijamente.
--¿Se puede saber qué es lo que hallas gracioso en este paso?
--Es gracioso el suponer que la condesa había de sufrir toda la vida sin
buscar el desquite.
D. Carlos quedó un instante silencioso. Al cabo dijo alzando los
hombros:
--Está bien. Que lo busque. Pero al final de esos desquites es fácil
tropezar con una bala.
Guardaron ambos silencio obstinado mucho tiempo.
--¿Y tú conoces al Romeo?--preguntó al fin el conde.
--¡Ya lo creo!--respondió el aya sin mirarle.--¡Y tú también!
--¿Por qué no me has llamado la atención hasta ahora? Ni una palabra ha
salido de tus labios.
--Los criados no deben mezclarse en los asuntos de los amos.
--¡Ya pareció la gotita de hiel!--exclamó levantándose de nuevo y
paseando por la estancia.
Al cabo se acercó por detrás á su querida y, tomándole el rostro entre
las manos, le dijo inclinándose:
--No hablemos más de eso. Seamos felices. Hace ya algún tiempo que me
tratas con mucha crueldad, ingrata. Mis caricias no logran despertar en
tu corazón un movimiento de ternura ni en tus labios una sonrisa. Á
medida que mi amor crece parece debilitarse el tuyo. Te encuentro muy
fría.
--Fría no, respetuosa.
--¡Otra vez!--exclamó el conde riendo.--Demasiado sabes--añadió
sentándose y acariciándole una mano--que de hecho no hay en esta casa
más señora que tú hace tiempo. Los criados, los niños, la condesa... yo
mismo, pasamos la vida mirando tu semblante, estamos pendientes de la
expresión de tus hermosos ojos como el marino de las mudanzas del cielo.
Te has apoderado de todo mi ser. Te amo tanto, que por un cabello tuyo
daría cien vidas si las tuviera.
El conde pronunció las últimas palabras con una pasión que nadie
sospecharía en su temperamento impasible.
La bella extranjera sonrió como una diosa que percibe el olor del
incienso. Se levantó para añadir un leño al fuego y vino luego á
sentarse sobre las rodillas del conde con el silencio y la delicadeza
de una gata. Los ojos opacos de aquél brillaron al sentir el blando
peso. El fuego lanzaba sobre ellos reflejos maliciosos.
--Yo también soy feliz con tu amor--le dijo suavemente al oído.--En mis
horas de sueño, en los momentos en que fabricaba castillos en el aire
nunca pude imaginar tanta dicha. Es más: yo pensaba que el amor estaba
vedado para mí. Dios me ha criado con un corazón poco sensible. Dicen
que soy orgullosa, fría, áspera, y acaso tengan razón. Pero tú no puedes
quejarte, porque te has logrado introducir en el único rincón apacible
que hay en mi alma. Si tú no me hubieses enseñado lo que es amor,
moriría sin conocerlo, porque ningún otro hombre haría lo que tú has
hecho. Acuérdate de las humillaciones que has sufrido, las lágrimas de
fuego que has derramado, las noches en vela pasadas á la puerta de mi
cuarto...
--Sí, sí; ¡me lo has hecho pagar caro!--exclamó el magnate riendo.
--¿Te pesa de la compra?--dijo la extranjera tirándole de la oreja.
--Nada de eso. Estoy conforme con el precio, y aun daría algo más
encima.
--Y yo me alegro de haber caído á pesar de mi orgullo... Pero, te lo
confieso; aunque me haga feliz tu amor, tengo momentos en que soy muy
desgraciada. No puedo olvidar la posición, no ya humilde, sino
deshonrosa que ocupo en esta casa. Cada una de las muestras de respeto
que prodigas á tu mujer en público es una saeta envenenada que viene á
clavarse en mi corazón. No te las recrimino, porque los caballeros
ilustres no pueden portarse como los gañanes, pero me hacen mucho daño.
Entonces (dispénsame esta niñería) me miro al espejo y me pregunto: ¿No
tengo yo porte de condesa? ¿Mis manos no son finas y delicadas como las
de una dama? ¿Mi cuello no es erguido y esbelto? ¿Tengo por ventura los
ojos humildes y rastreros como una sirviente?... Y, sin embargo, á pesar
de esto y á pesar de tu amor, jamás, jamás seré otra cosa que una
doméstica distinguida. ¡Oh, no sabes el efecto que produce en mí tal
idea! Hay momentos en que resuelvo tomar mi ropa, huir de tu lado y
buscar en el mundo algún rincón oscuro donde ocultar mi vergüenza.
El conde la apretó amorosamente contra su pecho y la cubrió de besos.
Quedó después largo rato inmóvil con los ojos en el fuego, grave y
pensativo. Al cabo dijo:
--¡Quién sabe! ¡quién sabe! El mundo da muchas vueltas.
--Para mí no dará más que una... ¡La vuelta final!
--¡Calla, calla!--exclamó él riendo y tapándole la boca.--No puedes
deshacerte de esas ideas lúgubres y románticas, porque tienes el cerebro
atestado de folletines.
--Porque lo tengo lleno de tu amor y temo perderlo--manifestó ella,
apretándole á su vez con pasión.
La plática se hizo más alegre, pero más suave y discreta también. Largo
rato sonó en el rojo gabinete un cuchicheo amoroso sobre el cual
estallaba de vez en cuando el eco de una carcajada comprimida ó el rumor
de un beso.
La blonda extranjera estuvo como nunca tierna, mimosa, embriagando á su
noble amante con dulces y exquisitas caricias que jamás éste conociera.
Pero en medio de su frenesí amoroso, un hombre más observador que el
conde hubiera notado cierta inquietud, algo triste y siniestro que
brotaba á la frente por intervalos en forma de arruga, y á los ojos como
relámpagos aciagos.
Trascurrió mucho tiempo. Al cabo la institutriz, después de vacilar
infinitas veces, se atrevió á preguntarle al oído:
--¿Qué piensas hacer después de lo que te han escrito?
El rostro del magnate se contrajo fuertemente.
--¡Silencio! Ni una palabra más de ese asunto.
Quedó serio, taciturno, con los ojos clavados en el fuego. Miss
Florencia no se atrevió á interrumpirle. Al cabo su semblante contraído
se fué dilatando por una sonrisa amarga, y profirió:
--No sé jamás de antemano lo que he de hacer. Obedezco á la inspiración
del momento.
XV
Buscando salvación.
Las ocho de la mañana serían ya bien sonadas cuando el señorito Octavio
abrió los párpados despegándose del sueño febril que le embargara desde
el amanecer. Muy lejos de concederle descanso y reparar sus gastadas
fuerzas, le dejó más inquieto y molido que nunca: las mejillas pálidas;
un círculo oscuro, amoratado en torno de los ojos.
La idea del anónimo cayó de improviso como un rayo sobre su mente y le
hizo dar un salto en la cama. Representósele con espantosos y sombríos
colores la gran atrocidad que había hecho. Le pareció imposible que él,
un hombre de honor, hubiese llevado á cabo acción tan indigna y
repugnante. Por un momento dudó si estaría aún bajo la influencia de
alguna pesadilla. Cuando se cercioró de que era una realidad, de que
había sido un vil delator, de que corría peligro la vida del ser que más
amaba, entregóse á una violenta desesperación, mordiendo la ropa del
lecho y prodigándose con furia epítetos á cual más injurioso. La
imaginación le hizo ver la muerte próxima de la condesa. Ante un cuadro
tan espantable, desapareció al momento la afrenta que había recibido y
se la perdonó de todo corazón. «Después de todo, se decía, yo no tengo
ningún derecho sobre ella. Si se ha enamorado de otro, debo sufrirlo con
resignación como una desgracia. Sólo un corazón pequeño es capaz de
hacer lo que yo hice. Hasta se comprende que los hubiese matado en aquel
momento, porque la pasión ciega el espíritu... ¡pero delatarlos!...
¡Dios mío, qué indignidad!... Cualquiera diría que mi amor no era más
que un deseo vanidoso de ser preferido... Y, sin embargo, no es cierto;
yo la adoraba... La adoro todavía en lo profundo de mi pecho. En un
principio me sedujo el aparato mundano de que estaba rodeada; pero
después se fué infiltrando poco á poco en mi alma, hasta el punto de que
no era yo el que pensaba y sentía, sino ella la que pensaba y sentía por
mí... Hoy daría la vida porque fuese una pordiosera, con tal que me
amase un poco...»
Y embebecido en estas y otras reflexiones estuvo algún tiempo sentado.
De repente le asaltó el pensamiento del grave peligro que corrían las
vidas de los amantes, y se arrojó con ímpetu del lecho. Vistióse á
medias precipitadamente, como si fuese á ejecutar algún acto que
exigiese mucha premura. Una vez vestido, quedóse inmóvil con la mano
puesta sobre el pestillo de la puerta. ¿Adónde iba? Era preciso á toda
costa evitar el crimen que no tardaría en perpetrarse, si no se había
perpetrado ya; pero ¿cómo? Quiso pensar en algún medio, mas no pudo. Las
ideas le daban vueltas en la cabeza. No acertaba á sacar nada en limpio
de su meditación ansiosa. Adivinaba la existencia de algún pensamiento
salvador, pero estaba envuelto en tan tupidas gasas que no percibía de
él absolutamente nada. Y cuantos más esfuerzos hacía para sujetar su
imaginación y enderezarla á un resultado práctico, más se turbaba y más
se perdía en un piélago de lucubraciones absurdas. Lo único que vió
claro fué la imposibilidad de intentar por su cuenta nada con el conde.
Era necesario darles aviso á ellos; pero ¿en qué forma y por qué medios?
Después de mucho vacilar, se resolvió á ir él mismo á la Segada.
Emprendió la marcha inmediatamente y con no poca celeridad, aumentando
ésta á medida que la idea terrible de no llegar á tiempo se iba
apoderando de su revuelto cerebro. Ya estaba en la carretera... ya
cruzaba el puente... ya caminaba por el túnel de avellanos... ya estaba
en el pueblo. Acercóse al palacio lleno de susto, y vió salir á un
criado de una de las cuadras. Después de reprimir su respiración
fatigosa, y fingiendo naturalidad, le abocó diciéndole:
--¡Hola, amigo! ¿Los señores condes se han ido ya de caza?
El momento que trascurrió entre su pregunta y la respuesta del criado
fué de suprema angustia.
--La señora condesa ha salido ya con el mayordomo. El señor conde está
durmiendo.
La noticia, sin sacar á nuestro joven de apuros, le tranquilizó un poco.
Tuvo fuerzas para decir:
--Gracias, muchacho: voy á dar un corto paseo mientras el señor conde se
levanta.
Así que se alejó algún trecho, retoñaron con más fuerza sus ansias.
Aquel extraño sueño del conde en tales circunstancias le causaba gran
inquietud y le parecía precursor de una tremenda desgracia. «¡Oh! tengo
la seguridad, se dijo, de que antes de una hora el conde de Trevia
saldrá de su palacio... Y si sale es para cazarlos como á dos ciervos...
¡Dios mío, es horrible, es horrible!... ¿No habrá un medio de cortar el
paso á la muerte?...»
Se mesaba los cabellos y corría sin tino por la margen del riachuelo que
bajaba de la Peña Mayor. Al dar vuelta á un repliegue del terreno vió
blanquear entre los árboles, no muy lejos de sí, la iglesia de la
parroquia. Al mismo tiempo surgió en su espíritu un pensamiento, al cual
se agarró el desdichado inmediatamente, como se agarra á un clavo
ardiendo el que rueda hacia el abismo. Pensó en el cura de la Segada y
en la influencia poderosa que ejercía al parecer sobre el conde. Pensó
en que como hombre sagaz y de mucho ingenio pudiera tal vez hallar algún
recurso ó excogitar algún medio de conjurar la tormenta. Después de
todo, en su calidad de ministro de Dios, estaba en el deber de hacer
cuanto le fuera posible para evitar la consumación de un crimen. Como
amigo de los condes, hallábase aún más obligado á impedir la desgracia
que les amenazaba. Se determinó á ir á la rectoral y contarle lo que
ocurría, bajo secreto de confesión.
Los momentos críticos y decisivos. Se dió á correr cuanto más pudo hacia
la casa, que por fortuna no estaba lejos. Era, como casi todas las
rectorales de aldea, pobre de aspecto, rodeada de huertas extensas y
feraces, y tenía en la fachada principal un largo balcón de madera sin
pintar, guarnecido todo él por una parra cuyos pámpanos estaban ya
marchitos. La puerta, ennegrecida por el tiempo, no tenía llamador. Se
vió precisado á dar dos golpes sobre ella con la palma de la mano.
Después de un buen rato de espera rechinaron los goznes con cierto
chirrido prolongado semejante á un lamento, y apareció una vieja, la
cual, sin aguardar la pregunta del mancebo, le dijo en tono áspero:
--El señor cura está arriba.
Y á paso acelerado fué á hundirse por una puertecilla, que más parecía
agujero, de donde salían bocanadas de humo y fuerte olor á guisado.
Octavio tomó la escalera estrecha, sucia y llena de agujeros que
conducía al piso primero y último de la casa, y después de atravesar un
corto pasillo, hallóse frente á una puerta sobre la cual dió otros dos
golpes con la mano, aunque más discretos.
--¡Hola! ¿quién anda ahí?--preguntó la voz cascada del cura desde
adentro.
--Soy yo, señor cura; tenga la bondad de abrir.
--¿Sabe que no le conozco, mi amigo?... Pero aguárdese un instante el
que sea, que estoy concluyendo de afeitarme.
Le molestó extraordinariamente aquella dilación. Se puso á dar vueltas
agitadamente por el pasillo. Cada minuto que pasaba le parecía que traía
consigo una calamidad. Por fin se abrió la puerta, y el rostro atezado
del cura, que apareció detrás de ella, expresó una agradabilísima
sorpresa al ver á nuestro joven.
--¡Ave María Puriiiiisima!... ¡Pues no era el señorito Octavio el que
llamaba! ¿Por qué no dijo su nombre, criatura, y le hubiera abierto
inmediatamente? Vaya por Dios... vaya por Dios... Es usted el diantre,
señorito... Pase ahora adelante... Siéntese y cúbrase; siéntese y
cúbrase; siéntese y cúbrase...
La estancia en que penetró era la más original que en su vida había
visto. No tenía grandes dimensiones, pero albergaba trastos suficientes
para amueblar una casa entera, los cuales se hallaban esparcidos de tan
singular y caprichoso modo, que era en verdad cosa digna de verse. Los
sofás, que eran tres, no se hallaban arrimados á la pared como en todas
las salas del mundo, sino que formaban en el medio un cuadrado abierto
por uno de los lados, al modo que se ponen los bancos en las iglesias
los días de funeral. En el centro de este cuadrado se alzaba un ropero
de madera sin barnizar atestado de sotanas, balandranes, manteos,
sombreros de teja, bonetes, etc., etc., todo muy usado y sucio. En el
rincón más oscuro apenas se veía la mesa de escribir cubierta con una
bayeta que habría sido verde; actualmente las manchas de tinta, vino,
leche y otros líquidos la habían puesto casi incolora. Sobre la mesa
descansaban algunos breviarios, algunas plumas de ave, algunos tinteros
y una buena cantidad de polvos de escribir. Había además hasta una
docena de manzanas (ó pomas, como las llamaba el licenciado Velasco de
la Cueva), un paquete de café molido y algunos cigarros. Un armario
inmenso, colosal, tapaba casi por entero uno de los lienzos de la
estancia. Cerca de él, amontonados formando pila, unos cuantos feísimos
y desvencijados cofres. Más allá una cómoda y sobre ella un San José de
madera con su correspondiente niño, algunos paquetes de periódicos y dos
grandes caracoles de mar. Otros muchos muebles había, de los cuales no
se hace mención por no ser prolijos. Las sillas numerosas, siendo de
notar que no se encontraban dos de una misma clase: era una escala que
recorría desde la forrada de vaqueta con respaldo tallado, hasta la
moderna de rejilla. En el suelo y arrimados á la pared había varias
hileras de frascos de todas formas y tamaños, y esparcidos en curioso
desorden yacían no pocos libros forrados en pergamino.
Este cuadro tenía un fondo opaco y pardusco que advertía claramente de
que la escoba no había penetrado jamás en aquel recinto. El polvo
envolvía en su manto protector los muebles, los libros y los frascos de
la habitación, y la tapizaba tan perfectamente que los pies no echaban
menos la mullida alfombra. Al poco rato de estar allí nadie dejaba de
aspirar, mascar y tragar polvo en respetables porciones.
El señorito Octavio, así que estuvo sentado, experimentó un vago
malestar, cuya causa no podía bien explicarse. Se arrepintió también
vagamente de haber acudido á aquel sitio en busca de salvación.
--Vaya, vaya, vaaaya... ¿Y cómo deja usted á su señor padre y á su
señora madre? Tan buenos, ¿eh? ¿No es verdad?... Pero, hombre, ¡qué bien
se conserva su señor padre! El otro día le vi en la calle y me dejó
pasmado: está cada día más joven... Ya le dije yo: «Don Baltasar, la
buena conducta obra milagros». Porque su señor padre, quiero que usted
lo sepa, siempre pisó derecho... es verdad, y si todos hubiesen seguido
su ejemplo cuando jóvenes, no andarían tantos por ahí hechos verdaderas
cataplasmas...
Octavio, para huir el vago malestar que le aquejaba, procuró
representarse bien el apuro en que se veía y el sagrado ministerio de la
persona que tenía delante. Se hizo cargo de que no había más remedio que
entregarse en manos del cura, saliese lo que saliese, y le dijo con
decisión:
--Señor cura, he venido á su casa para hablarle de un asunto muy grave.
Hay circunstancias en la vida en que un consejo dado con oportunidad
puede sacarnos de un serio conflicto. Yo me encuentro, por desgracia, en
una situación bastante apurada, y pienso que ninguna persona mejor que
usted puede serenar la tormenta que me amenaza.