--¡Pobre niña!--murmuraron sus labios.--¡Por qué andarán tan mal

arregladas las cosas de este mundo!

Y saltaron á su memoria de improviso los instantes felices de aquellos

amores serenos y límpidos como los pensamientos de la infancia, desde

aquella tarde en que su manecita blanca le arrojó una rosa de

Alejandría, estando en el jardín, hasta la noche reciente en que aquella

misma mano le dió un pellizco, mientras su dueño le decía al oído: «¿Qué

tienes? Andas muy triste de algún tiempo á esta parte».

Sintióse conmovido por estos recuerdos. Luego se enfureció contra el

destino, la Providencia, ó lo que sea, que nos hace insensibles para los

que nos aman y nos inflama de amor por los que nos desprecian.

--¿Por qué, por qué no he de querer yo á esta niña como ella me

quiere?--se decía.--Si me fuera posible sentir por ella lo que siento

por la otra, ni en la tierra ni en el cielo habría un ser más feliz que

yo.

Recordó con enternecimiento el primer beso que la dió por sorpresa

viniendo de paseo, y el rubor que se apoderó de ella instantáneamente.

Recordó cuando estuvo enferma, hacía ya tiempo, y le permitieron verla

en su lecho diminuto, donde reposaba pálida y ojerosa, pero más bella

que nunca. Recordó también la vez primera que vino á visitar á su

madre, quien la recibió en la escalera y la echó los brazos al cuello

cubriéndola de caricias y llamándola hija. Poco á poco, y por virtud de

estas memorias, se fué apaciguando la violenta desesperación en que

ardía su espíritu; fué penetrando en él un pensamiento melancólico y

suave que le reconcilió por un instante con la vida. El sentirse amado,

mucho más siendo por una mujer hermosa, aplaca siempre un poco el odio

de la existencia.

«¡Cuántos elementos de dicha perdidos y desbaratados!» pensó mientras

daba vueltas entre los dedos á la relojera. «¡Pobre niña! volvió á

murmurar; ¡qué lejos estarás de presumir lo que te espera!» La compasión

penetraba en su pecho como un torrente, y lo llenaba de inquietudes.

«No; no me escaparé como un ladrón después de haberme introducido

traidoramente en el santuario de su alma inocente. Iré á despedirme de

ella y achacaré mi viaje á un mandato paterno, á un negocio urgente.

Desde allá podré ir poco á poco desengañándola, y tal vez la ausencia

mitigue la aspereza del golpe. Ya que me vea precisado á herir,

procuraré hacer el menor daño posible.»

Tomada esta resolución, encendió una bujía y se aliñó los cabellos

frente á un espejo. Cogió el sombrero y el bastón, apagó la luz y bajó

la escalera velozmente. En un instante salvó el corto espacio que le

separaba de la casa de su novia y penetró en la tienda, dando las buenas

noches con menos aplomo que otras veces.

Había ya alguna gente, porque era noche de lotería. Paco Ruiz se hallaba

sentado sobre el mostrador mordiendo un cigarro, como la vez primera que

le vimos. Escuchaba con suprema indiferencia, guiñando los ojos á

menudo, la historia circunstanciada de un catarro pulmonar que hacía ya

media hora le estaba relatando don Ignacio Valcárcel. D. Lino Pereda

conversaba en un rincón con el promotor, haciéndole saber que su hijo

había recibido el mismo día por el correo un paquete de pruebas de

imprenta que le enviaban de Madrid. No comprendía cómo el chico tenía

cabeza para corregirlas en el plazo que le señalaban.

Casi al mismo tiempo que Octavio, entraron algunas señoras, lo que

sirvió de señal para trasladarse los jugadores á la trastienda. Al

llevarlo á cabo hubo apretura á la puerta y Carmen tuvo ocasión para

estrechar con disimulo la mano de su novio. Octavio le devolvió la

caricia afectuosamente y le dirigió una mirada tierna y grave á la vez.

Estaba un poco pálido, como el cirujano que va á acometer una operación

importante. Sentáronse todos con el estruendo acostumbrado, y como de

costumbre también quedaron juntos los novios. Del otro lado de Carmen se

colocó D.ª Demetria. Paco Ruiz, en su carácter de ídolo de la tertulia,

andaba haciendo de las suyas en torno de la mesa. Mas al poco tiempo se

acercó á D.ª Demetria y con su desenfado habitual le dijo en voz alta:

--Doña Demetria, yo no puedo vivir sin usted. Nada pueden contra mi amor

los desprecios. ¿Me concede usted un sitio á su lado?

La vieja, poniendo cara de vinagre y refunfuñando, apartóse hacia un

lado, y el joven introdujo su silla entre ella y Carmen. Estaba empeñada

á la sazón entre ésta y su novio una plática suave como el gorjeo de las

tórtolas. Octavio, á modo de un goloso que, ahito y empachado por los

confites, todavía, antes de retirar el plato, lleva las manos á él y se

obstina en comer más, preguntaba á la niña blonda con acento melifluo:

--¿Me quieres mucho?

--¡Pero, hombre, qué matraca eres! ¡Cuántos millones de veces lo habrás

oído en tu vida!

--Es que, vida mía, necesito oirlo hoy otra vez. Nunca lo he necesitado

tanto como ahora.

Dijo estas palabras con voz un poco temblorosa. Carmen le dirigió una

mirada de sorpresa.

--Pues si tanto lo necesitas, te lo diré otra vez. Sí: te quiero, te

quiero... Ya está usted serbido, don Caprichoso. Pero no pongas esa

cara, hombre de Dios. ¡Si parece que estás haciendo testamento!

--¿Estas segura de que no lo estoy haciendo allá en mis adentros? Mira,

Carmen, ya conocerás en mi semblante que me pasa algo grave. Te he

querido y te quiero muchísimo, porque eres una niña buena y hermosa, y

porque sé el cariño que me profesas. El afecto que me inspiras es dulce

y profundo, y tiene algo del amor fraternal. Todos los días risueños de

mi existencia van unidos indisolublemente á tu imagen bella. En el curso

de nuestros amores, puedo decir que no tuve motivo serio para quejarme

una sola vez de ti. Nuestras reyertas han sido siempre las de dos niños

y han terminado con la misma brevedad que las de los pájaros que riñen

en el aire. Los pensamientos honrados que abrigo y las pocas acciones

virtuosas que en mi vida pueda llevar á cabo, también creo debértelas á

ti, y suena tu nombre en mis oídos tan suave...

La afortunada D.ª Faustina dió el alto en aquel momento. Carmen, que

había estado escuchando con semblante inquieto y distraído el discurso

de su novio, tomó parte en el alboroto que se armó en la mesa con tal

motivo. Las señoras decían, medio en broma, medio en serio, que aquello

no se podía sufrir. D.ª Feliciana odiaba á D.ª Faustina con todo su

corazón, pero se reprimía. Después que el orden se hubo restablecido,

Carmen se puso á charlar como una cotorra con Paco Ruiz. Los chistes del

jugador la hacían desternillarse de risa, hasta el punto de que algunas

veces le mandaba callar, porque le dolía el pecho. Octavio habló también

un rato con la señora que tenía al lado. Mas aunque aparentase

indiferencia, claramente se leía en su rostro el disgusto que la

conducta ligera de su novia le causaba. Irritado al fin le dió un

golpecito en el brazo y le dijo con acento irónico:

--¿Con cuál de los dos te quedas?

La niña mostróse un poco cortada y respondió mirando para los cartones:

--¡Qué tonto eres!

--Es que como te veo tan entusiasmada...

--Vamos, no digas disparates. ¿Qué tiene de particular que hable un

instante con Paco? Me parece que después del tiempo que llevamos en

relaciones ya podías tener alguna mayor confianza en mí.

--Sí la tengo, querida mía--repuso suavizándose de repente,--pero no se

pueden evitar ciertos impulsos de celos que nacen, sin saber cómo, en el

corazón. Por lo demás, debes convenir en que has obrado con ligereza, y

que sin querer me has colocado en una situación ridícula... Pero dejemos

esto: tengo que hablarte de cosas serias, de las cuales tal vez dependa

tu felicidad y la mía. Necesito que me escuches con atención. No sé qué

profundidad habrán alcanzado las raíces de tu amor, porque esto jamás lo

llega á averiguar un amante. Eres aún muy niña y en tu edad los afectos

suelen ser más bien caprichos que pasiones. Aunque hoy me quieras con

toda el alma, si mañana dejases de verme y estuvieses separada de mí por

algún tiempo, quizá ese amor se fuera debilitando y al cabo concluyera

por extinguirse. No es que deje de tener confianza en ti, hermosa, pero

todo cabe en lo posible. Esa separación acaso esté próxima... quizá

empiece mañana mismo.

El joven daba vueltas entre los dedos desde el comienzo de su discurso

á una bola de la lotería, y al proferir estas palabras se le cayó al

suelo. Bajóse rápidamente á cogerla, mas al hacerlo pudo observar con

estupefacción que las manos de Paco Ruiz y de Carmen se hallaban

enlazadas y que se soltaban á toda prisa al notar su movimiento. Sintió

la misma impresión que si hubiese tocado una víbora. Al levantarse lanzó

una mirada fulminante, abrasadora, sobre ambos. Paco Ruiz parecía

atender con cuidado al juego, mientras en sus labios se dibujaba

vagamente una sonrisa sarcástica. Carmen también atendía á sus cartones,

pero roja y confundida.

El efecto que de repente produjeron á nuestro señorito no sólo aquellos

dos seres miserables que tenía cerca, sino todos los allí congregados,

no es fácil de describir. La indignación en que rebosaba su alma le hizo

ver en ellos, por arte mágico, no una asamblea de seres humanos, sino

una piara de animales inmundos. Acometióle un asco invencible y un

sentimiento vivo y enérgico de la superioridad de su persona. Ninguna de

aquellas almas pequeñas podía gozar el privilegio de ofenderle. De buena

gana les hubiera escupido á todos en la cara. Contentóse con arrojar á

la tertulia una profunda mirada de desprecio, y tomando el sombrero

salió de la trastienda y de la tienda sin percatarse de la sorpresa de

los circunstantes. Una vez en la calle detuvo el paso, y volviendo la

vista atrás murmuró:

--Al fin no pudo desmentir su casta... ¡Su casta de villanos!--añadió

con acento más colérico.

Su cólera cedió, no obstante, muy pronto. No había sido más que una

irritación pasajera levantada por el amor propio. Como la hija de don

Marcelino no había vivido jamás en el fondo de su corazón (por más que

él tratara de engañarse á sí mismo suponiéndolo), la herida no podía

tener mucha profundidad. Después de todo, en el instante de contemplar

su perfidia, ¿no iba él también á engañarla y á hacerla una traición?

Cierto que no era tan grosera, pero al fin era una traición. Por otra

parte, tenía el espíritu tan henchido de sentimientos nebulosos y

filigranas espirituales, que no es maravilla si á los pocos minutos de

vagar por las calles se olvidase enteramente de la escena vergonzosa en

que acababa de jugar papel tan desairado. ¡Ay! Otras escenas más lejanas

se le representaron inmediatamente con mayor energía! Acudieron en

tropel á su mente los pensamientos dolorosos que á la tarde le habían

asaltado en su habitación cuando el sol se ponía y las sombras iban

envolviendo lentamente los ámbitos de la sala.

La imagen celeste de la condesa vino sobre las alas del viento á soplar

la llama que le estaba consumiendo. Era preciso alejarse ó morir. La

carta lo decía... la carta que estaba guardada en su bolsillo. Llevó la

mano allá y la sacó con violencia. No había claridad bastante para

descifrar sus caracteres, pero los tenía bien descifrados. Los estaba

leyendo con los ojos del alma tan perfectamente como si los rayos del

sol del mediodía cayesen de plano sobre ellos. La linda mano de la

condesa había pasado por encima de aquel papel. Lo llevó á los labios

con trasporte y lo tuvo largo espacio sobre ellos. La carta despedía un

perfume suave y delicado. El joven lo aspiró con delicia cerrando los

ojos. Tornó á guardar la carta y siguió andando á la ventura.

Empezó á soñar despierto. Ofrecióle su imaginación inmediatamente un

cuadro risueño y venturoso. La condesa le amaba. Se lo había dicho al

oído cuando menos lo esperaba, despidiéndole en seguida roja de

vergüenza. Á esta confesión hubieron de seguir, como es lógico, horas

muy felices, _horas de juventud, de amor y de ventura_, como las llama

el poeta. La fantasía encendida del mancebo no dejaba de recorrerlas una

á una, complaciéndose y recreándose en ellas, y adornándolas con los

detalles más inefables y primorosos. Una tarde reciente le había dicho

la condesa echándole los brazos al cuello: «Escucha, Octavio; tengo

miedo, mucho miedo de perderte. Vivo en continuo sobresalto, que amarga

y emponzoña los instantes felices que paso á tu lado. Si el conde

llegase á sospechar algo, ten por seguro que te mataría ó te haría

matar. Sólo de pensarlo me estremezco. ¿No sería mejor que huyésemos,

sí, que huyésemos á ocultar nuestra dicha y nuestro amor en cualquier

rincón del mundo, á la margen de un río, en una casita rodeada de

laureles y naranjos?» Después de algunas dudas y vacilaciones, se

resolvieron á llevarlo á cabo. Hicieron sus preparativos y señalaron la

noche en que se había de consumar la fuga. Ya la noche había llegado. La

condesa le aguardaba y no había que perder un instante. Detrás de él un

criado traía dos magníficos caballos que en pocas horas los podían

conducir á la orilla del mar, donde se embarcarían para algún país

hermoso y seguro.

Sacóle de su desvariado ensueño el ruido que produjo al caer á sus pies

un erizo de castañas desprendido del árbol por la madurez, más que por

el viento. Sin darse cuenta de ello, había tomado la carretera de la

Segada, y notó con sorpresa que estaba ya bastante cerca del puente. La

noche era fresca y apacible. El cielo parecía empedrado de nubecillas

redondas y blancas, como pacas de algodón, que dejaban paso expedito á

la claridad de la luna. En ocasiones se la veía por los intersticios

nadando serena por los abismos del aire. Alzó la vista y vió negrear

encima de él los contornos fantásticos de la Peña Mayor. El mismo

estremecimiento singular y doloroso que por la tarde le corrió ahora por

todo el cuerpo.

--¡Cosa extraña!--exclamó, tornando á emprender la marcha. Hallóse

pronto al lado del puente. Después de vacilar un momento penetró en

él.--Puesto que mañana parto--se dijo--quiero echar una última mirada á

los balcones de su habitación; quiero recorrer los sitios en que tantas

veces la he visto por mi desgracia. Cuando tenga noticia de mi marcha,

¡qué ajena quedará de este viaje nocturno! ¡Oh, no puede concebir lo que

la amo!

El río sonaba impetuoso debajo del puente. La claridad de la luna

prestaba fosforescencia á la espuma de sus remolinos. Un poco más lejos

se extendía límpido y tranquilo en un remanso dilatado que sombreaban

por ambos bordes dos filas de espesos avellanos.

Después que hubo pasado el puente, entró por el estrecho y sombrío

camino que le separaba de las casas de la Segada y del palacio condal.

No tardó en llegar al pueblecillo y lo atravesó sin hacer ruido. Todo

estaba en reposo. En las casas no había luz. Sólo al pasar por delante

de una puerta escuchó las voces gangosas de algunas mujeres que rezaban

el rosario. Dió la vuelta con precaución al palacio, pero no pudo

colocarse delante de los balcones de la condesa, porque había demasiada

claridad en aquel sitio. Entonces, con el objeto de contemplarlos á su

sabor y sin riesgo de ser visto, dió un pequeño rodeo. Saltó la cerca de

la pomarada, que no era muy alta y ofrecía grietas donde apoyar los

pies. Desde allí penetró en la huerta, empujando la puerta enrejada. Mas

apenas había avanzado algunos pasos, cuando se detuvo repentinamente con

espanto. Le pareció escuchar ruido en uno de los cenadores próximos.

Quedóse inmóvil como una estatua, conteniendo la respiración. Y, en

efecto, pudo escuchar claramente el murmullo de dos personas que

conversaban discretamente. El señorito, para quien las voces eran harto

conocidas, fué andando á paso de lobo hasta colocarse detrás de un árbol

inmediato. Desde allí no se perdía una palabra de la conversación por

bajo que se hablase. Apenas escuchó las primeras frases, se puso pálido.

Una de las voces era masculina; la otra femenina. El diálogo era tan

suave y discreto, que semejaba el ruido del viento al pasar por la

enredadera. Á nuestro joven, no obstante, aquel débil murmullo le

atronaba los oídos como el estampido de cien cañones, á juzgar por el

susto y espanto pintados en sus ojos. La sangre iba huyendo á toda prisa

de su rostro, dejándole cada vez más pálido, hasta ponerse lívido. Tuvo

necesidad de cogerse al árbol para no caer. Al cabo de pocos minutos ya

no escuchaba. Con la frente bañada en un sudor frío, los ojos

extraviados y agarrado fuertemente al árbol, parecía hallarse en

presencia de un espectro. Su agonía se prolongó cerca de media hora. Por

último, la voz femenina pronunció un adiós y dejó de escucharse. Octavio

pudo ver una figura breve y gentil que se deslizaba por la huerta y

desaparecía.

¡Pero el hombre aún estaba allí, á su lado, inmóvil debajo de la

enredadera! La sangre subió otra vez aceleradamente al rostro y lo tiñó

de fuerte color rojo. Una ola de fuego invadió su yerto corazón

abrasándolo en ira. Dió tres ó cuatro pasos adelante. Al mismo tiempo el

hombre salía del cenador y la claridad de la luna dejó ver las facciones

atezadas y varoniles de Pedro. El señorito no pudo contenerse.

--¿Eres tú, miserable?--exclamó con voz alterada poniéndosele

delante.--¿Eres tú, gañán asqueroso, el que se atreve á profanar lo que

debiera ser tan sagrado para ti como la Hostia?... ¿No sabes que los

criados no pueden atentar á la honra de sus señores?... Pues apréndelo,

villano...

El junquillo del joven silbó al mismo tiempo en el aire y fué á cruzar

la mejilla del mayordomo. Oyóse una exclamación de rabia. Pedro alzó la

mano, y el señorito rodó por el suelo sin sentido.

--¡Oh, qué bárbaro, le he matado, le he matado!--profirió el mayordomo

inmediatamente acercándose á su agresor.--¡Es un chico tan débil!...

Y arrodillándose en el suelo levantó suavemente la cabeza del herido.

Pronto se cercioró de que no estaba muerto, sino desmayado. Pero de

todos modos era gravísimo compromiso. Trató de volverle á la vida

dándole aire con el sombrero (porque no había cerca agua), pero

inútilmente. No era posible pedir auxilio en casa, por el escándalo que

se armaría. Dejarlo allí era una acción indigna y expuesto, además, á

cualquier percance... ¿Qué hacer?...

Después de meditar breves instantes, tomó de pronto una resolución

violenta. Agarró al señorito por el medio del cuerpo y lo echó al hombro

con la misma facilidad que si fuese un canastillo de cerezas. Salió de

la huerta, cruzó el pueblo rápidamente y entró en el camino de Vegalora.

Pronto apareció en el puente y lo atravesó como una saeta. Después

corrió á lo largo de la carretera, ocultándose y desapareciendo por

intervalos, según caminaba debajo de los árboles ó al descubierto. Al

llegar cerca de la villa se detuvo á tomar aliento. Acto continuo se

deslizó con precaución rozando las paredes de las casas, consiguiendo

llegar sin ningún tropiezo á la del joven. El portal estaba oscuro.

Después de buscar á tientas el llamador, lo hizo sonar dos veces

fuertemente. Tiraron desde arriba por un cordel y se abrió la puerta.

Entonces Pedro no hizo más que depositar con presteza el cuerpo del

señorito en tierra, y echarse á huir como un gamo por las calles.

No fué pequeño el alboroto que se armó en la casa de D. Baltasar así que

hallaron al joven en semejante estado. D.ª Rosario, creyendo á su hijo

muerto, se dió á gritar como una loca. Convencidos, sin embargo,

prontamente D. Baltasar y los criados de que no era más que un simple

desmayo, lograron calmarla. En efecto, Octavio no experimentaba más que

un adormecimiento del cerebro producido por la conmoción. Á fuerza de

echarle agua en la cara y hacerle aspirar esencias, consiguieron que

recobrase el conocimiento. Apenas estuvo vivo le abrumaron con

preguntas. ¿Qué había pasado? ¿Quién le había puesto de aquel modo?

¿Quién llamó á la puerta? Negóse á responder algún tiempo diciendo que

no sabía, que no se acordaba de nada. Pero haciéndose cargo de que no

era posible que sus padres se contentasen con esto, prefirió idear una

historia. Su imaginación poderosa le vino en ayuda inmediatamente. Un

hombre de barba con traje de obrero le estaba aguardando en el portal

para robarle. Le pidió lo que traía amenazándole con un puñal, pero él

retrocediendo había llegado hasta la puerta y pudo coger el llamador.

Viéndose frustrado el ladrón le dió un fuerte golpe en la sien que le

hizo venir al suelo. D. Baltasar salió inmediatamente á dar parte al

juzgado. Octavio, después de haber sorbido dos tazas de tila y de

ceñirse la cabeza con un pañuelo empapado en árnica, se retiró á su

habitación pidiendo que le dejasen descansar.

El descanso de nuestro señorito consistió por lo pronto en dar vueltas

por la sala como un lobo enjaulado, sin dignarse echar una mirada al

arqueológico lecho. Así pasó algún tiempo en un estado de agitación que

inspiraba lástima. Las mejillas se le iban inflamando. Sus ojos zarcos

llegaron á inyectarse de sangre. Relámpagos siniestros brotaban de ellos

de vez en cuando, y después de cada uno su cuerpo se estremecía como si

acabase de cometer un asesinato. Y es la verdad que allá en los

profundos abismos del alma los estaba cometiendo, y á cual más

horrible: porque tantas veces como la imagen de Pedro se ofrecía á su

imaginación, otras tantas le cosía á puñaladas con singular deleite.

--Este canalla (murmuraba unas veces y pensaba otras), después de haber

abusado de su fuerza física, quiso burlarse de mí trayéndome á casa...

¡Ah, si hubiera tenido un arma, hubiese matado á las dos víboras en su

nido!... Pero todavía hay tiempo... ¡Miserable!... En mi vida pude

pensar que un hombre tan soez llegase... ¡Si apenas es posible creerlo!

Se necesita tener bien envilecido el corazón para entregarlo á un patán

como ése. ¡Qué risa!... Digo, no... ¡qué vergüenza! ¡Lindo galán ha

elegido la condesa de Trevia!... Este invierno de seguro llamará la

atención en las _soirées_ de los duques de Hernán-Pérez.--(Octavio

sonreía al pensar esto, pero de un modo que daba ganas de llorar.)--Pero

¿es posible que no haya más que podredumbre en el corazón de las

mujeres?... ¡Y yo que no me hubiera atrevido á tocar con los labios la

orla de su vestido!... Buen papel me han hecho jugar ese par de... Pero

no se reirán de mí mucho tiempo... Mañana salen de caza y se las

prometen muy felices...--(El joven se detuvo delante del

escritorio.)--Pues bien, la felicidad no existe en este mundo. Tengo en

mi mano el rayo que os puede pulverizar... ¡Allá os lo envío!

Al decir esto se sentó, y tomando pluma y papel trazó con agitación y

disfrazando la letra la siguiente carta:

Excmo. Sr. Conde de Trevia.

_Si mañana sales á cazar con tu señora, abre mucho los ojos y

quizás podrás ver á quien te roba la honra._

UN AMIGO.

Después de cerrarla y escribir el sobre llamó á la criada.

--¿Se ha acostado ya tu hermano?

--No, señorito.

--Pues hazme el favor de decirle que suba.

Al poco rato se presentó en la sala un muchacho alto y delgado.

--Díme, Juan, ¿te conocen en la Segada?

--No lo creo, señorito, porque como usted sabe, hace pocos días que he

llegado de Castilla.

--Pues entonces te voy á confiar un encargo muy delicado. Toma esta

carta. Inmediatamente corres á la Segada, llamas en el palacio y dices

que la entreguen al señor conde. Y sin aguardar contestación ni entrar

en plática con los criados, te vienes á todo escape, no por el camino

real, sino por los prados. ¿Serás capaz de hacerlo?

--No es cosa difícil.

--Pues te recomiendo mucho silencio para que esto quede sólo entre los

dos.

Octavio introdujo al mismo tiempo una moneda de plata en el bolsillo del

chico, que salió dando las gracias.

Una vez solo, llevó ambas manos á la cabeza. Se le partía de dolor.

Desnudóse de prisa y se metió en la cama. Pero las emociones de la noche

habían alterado demasiado sus nervios para que pudiese dormir. Los

genios de la cólera y de la venganza batían las negras alas sobre su

frente pálida. Revolcóse sin fin entre las sábanas como si estuviesen

llenas de alfileres. Sólo cuando rayaba el alba logró cerrar los ojos

con un sueño inquieto y fatigoso.

XIV

Á medianoche.

AÚN no ha caído la última hoja de los árboles y ya arde el fuego en la

chimenea. ¿Quién tendrá frío?

El gabinete es rojo. Las espesas cortinas de damasco, que caen formando

pliegues sobre la alfombra, no dejan paso á la claridad de la luna. La

estancia yacería en tinieblas si no fuese por los troncos de roble que

forman allá en el fondo un rincón luminoso.

El señorito Octavio · 第 12 / 15 段