La condesa agarró el sombrero del mayordomo y voló á uno de los charcos

cercanos. Después, ambos de rodillas, se pusieron á lavar la herida del

animal. La bala le había atravesado de parte á parte, entrándole por el

vientre cerca de las patas traseras y saliéndole por el pecho. Todos los

esfuerzos fueron inútiles. La sangre corría con tal abundancia, á pesar

de los pañuelos que le ataron, que en breve se hizo un charco á su

alrededor. Los niños, á cierta distancia, contemplaban con ojos de

espanto y dolor la muerte de su fiel amigo. La respiración del Canelo

era cada vez más fatigosa y anhelante: después se fué poco á poco

amortiguando, escuchándose un estertor débil y profundo. Se le vidriaron

los ojos. Levantó, por último, con suavidad la cabeza, que la condesa se

apresuró á tomar entre sus manos. El moribundo perro alargó un poco el

hocico, lamió una de aquellas manos y expiró....

* * * * *

* * * * *

Acababan de sonar las dos de la noche. El reloj del salón principal,

oculto en su caja de madera negra, había vacilado algún tiempo antes de

darlas. Las tinieblas envolvían el salón y toda la casa. Reinaba el

silencio en todas partes. El latir grave y acompasado del reloj era el

único ruido sedicioso que turbaba la majestad de aquel silencio. Se

había estremecido dentro de su armadura, como si quisiera despertar de

algún sueño triste, y había exhalado un suspiro ronco: después se

escucharon en lo interior de su vientre algunos ruidos huecos y

mecánicos. Por último, lanzó dos campanadas firmes y solemnes que

vibraron largo tiempo por los espacios tenebrosos del palacio. Después

todo quedó otra vez en silencio.

Trascurrieron algunos instantes. Una de las puertas del salón, la que

daba á las habitaciones de la condesa de Trevia, empezó á abrirse

suavemente, y apareció en ella una figura blanca. Cerró tras sí la

puerta y avanzó cautelosamente hasta la mitad de la estancia. El reloj

no la dijo una palabra: se contentó con mirarla desde su rincón oscuro

asomando el rostro por encima de la negra caja de madera. La figura

blanca, después de pararse un instante, avanzó de nuevo y salió por otra

puerta que daba á un pasillo. Siguió avanzando por él cada vez con más

cautela y apoyándose en la pared; subió después una escalera interior y

entró en otro pasillo. En la mitad de él tropezó con un mueble,

produciendo fuerte ruido. Detúvose, quedando inmóvil como una estatua.

Sólo se escuchaba su respiración anhelante y comprimida. Después de un

rato siguió marchando, y cruzó todavía otro pasillo más estrecho y más

largo. Al final de él se paró ante una puerta y aplicó el oído. Dentro

se oía una respiración tranquila y acompasada. Al cabo de buen rato alzó

con la mano suavemente el pestillo, empujó la puerta y penetró

silenciosamente en la estancia. Con los brazos extendidos hacia

adelante, avanzó algunos pasos hasta tropezar con una cama. Quedó

inmóvil otra vez, y con voz apagada dijo:

--Pedro... Pedro...

Nadie contestó. Volvió á repetir más fuerte:

--Pedro... Pedro...

Esta vez la voz de Pedro contestó:

--¿Qué es eso?... ¿Quién va?

--Soy yo; no te asustes.

El joven se incorporó violentamente en la cama y exclamó espantado,

aunque en voz baja también:

--¡Usted, señorita!... ¿Ocurre algo?... ¿Qué es lo que quiere?...

La figura blanca le echó los brazos al cuello y acercando la boca á su

oído le dijo con acento tembloroso, en el cual se percibía al mismo

tiempo cierta ferocidad:

--Quiero... ¡quiero que te vengues de ese infame!

Y acabando de decir estas palabras, volvió la cabeza hacia la puerta, y

sus ojos hermosos, rasgados, centellearon de indignación.

XII

Un paquete de cartas.

De Octavio Rodríguez á la condesa de Trevia.

SERÁ forzoso, pues, que sucumba? ¿El cáliz de la vida habrá agotado para

mí su licor dulce y chispeante? ¿No he de apurar ya más que sus heces

amargas? Cuando torno la vista al pasado, condesa, y contemplo lo que

era hace pocos meses y lo que ahora soy, me acometen deseos inmensos de

odiar á usted. ¡Ah, si esto pudiera ser! ¡Ah, si pudiera borrar, aunque

fuese con mi sangre, la pasión fatal que me atormenta!

Si usted comprendiera mi felicidad pasada, cuando bañado por el sol de

la alegría y dormido suavemente sobre risueñas ilusiones esperaba que mi

alma despertase al rumor de una pasión embriagadora que iluminase mi

espíritu y lo encendiese en placeres celestiales; si usted alcanzara

ahora toda la fuerza de mi desgracia, quizá no fuese tan cruel conmigo.

Yo conocía el amor por las novelas. Nunca vi en él otra cosa que un

sentimiento purísimo, encanto de la vida, sacado por Dios del seno de la

luz para regalo del universo. Todas las melancolías y tristezas que de

él escuchaba referir, todos sus anhelos, dolores y martirios, me

parecían un acompañamiento obligado que servía tan sólo para hacer más

dulce y sonora su música. No había sospechado jamás que los dolores del

amor podían lastimar el alma, que sus lágrimas eran verdaderas lágrimas,

amargas y calientes como las demás que se vierten en el mundo. Era que

aún no había amado.

Un día vino á mí una niña hermosa, tierna y sencilla y me entregó su

corazón. Yo fuí bastante bárbaro para no saber qué hacer de él. Por un

momento creí amarlo, lo calenté contra mi pecho, lo perfumé con la

poesía de mis sueños y lo cubrí con todas las flores de mi espíritu;

pero fué en vano. Aquel corazón, en vez de calentar mi pecho, lo iba

enfriando poco á poco. Mis esfuerzos para gozar la dicha inefable de

amar fueron estériles. Sobre todo en este mundo se puede mandar; sobre

la tierra oscura que pisamos, sobre los abismos recónditos del Océano,

sobre los senos luminosos del aire, menos sobre nuestros propios

sentimientos. Vino usted después, y sonó la hora de mi vida y de mi

muerte. Aunque usted no lo crea, le diré que ya mi alma la había

adivinado, que ya su imagen pura y graciosa flotaba vagamente en lo

íntimo de mis pensamientos. ¡Pero qué lejos estaba de sospechar, cuando

por vez primera fijó usted en mí sus ojos brillantes, lo que había de

suceder tan presto! Tuve la audacia de amar á usted; tuve la audacia de

decírselo y no la tuve para morir. ¡Cuánto debe usted despreciarme!

Soy muy desgraciado; no puedo serlo más, aunque el cielo se empeñase en

ello; pero le juro por mi salvación que no trocaría mi desgracia por la

felicidad de nadie. Y es porque va usted ligada á esta desgracia, porque

es usted la causa de ella, porque en el fondo de este cáliz de amargura

veo brillar sus ojos altivos y serenos. Es de tal suerte mi amor, que la

quiero á usted más, altiva que risueña, que padezco horriblemente con

sus desdenes y padecería aún más si, confundida con el vulgo de las

coquetas, me otorgara los pequeños favores que halagan la vanidad, que

gozo con que usted me desprecie y me haga llorar y que todas estas

extravagancias se las cuento para que usted me desprecie todavía más y

se acreciente el sabor dulce que percibo en el fondo de sus desprecios.

¡Seré insensato!

Debo confesarle también algo que me humilla, porque quiero que usted lea

en mi alma como en un libro abierto. Yo me decidí á hablar á usted de

amor, no porque me inspirara desde el punto en que la vi una pasión

loca, sino por motivos de vanidad; porque me lisonjeaba ser amado de

una dama hermosa y celebrada en el mundo cortesano. Hoy todos estos

motivos se han ido marchando á la tierra, como la escoria, y ha quedado

limpio y acendrado el oro puro de mi cariño ó, mejor dicho, de mi

adoración. El amor es algo que iguala á los seres que lo sienten, y yo

no quiero ser igual á usted, sino infinitamente inferior: quisiera ser

el gusano que usted aplasta con el pie al caminar sobre la hierba. Voy á

confesarle aún otra cosa, pero con mucho misterio, bajo secreto de

confesión. Hay en el fondo de mi desgracia un pensamiento tan

consolador, que casi no me atrevo á decírselo de miedo que usted me lo

arrebate: es una luz suave que esclarece un poco las tinieblas en que

yace mi espíritu acongojado. _Usted no ama á su marido._ No me arranque

usted por Dios esta última ilusión. Usted no ama á nadie: no hay hombre

en el mundo digno de tal honra. ¡Cuánto placer me causa el creer esto!

Su espíritu sereno como las montañas que nos circundan y casto como la

nieve que viene á caer sobre ellas, vive en contemplación eterna del

firmamento azul. Me complazco en considerar á usted como una de aquellas

diosas de mármol que habitaban en el seno de los bosques de la Grecia,

comunicando su pensamiento augusto con la blanca luna que á la noche las

visitaba. ¿Y sabe usted por qué me complazco? Porque aquellas diosas

escuchaban la ferviente plegaria de los peregrinos que venían á

postrarse al pie de su pedestal, inmóviles, frías, sin dignarse siquiera

posar sobre ellos la mirada; porque aquellas diosas, como usted, no

amaban á nadie. ¡Á nadie, á nadie! ¡Qué feliz me hace este pensamiento!

Pero qué triste felicidad debe ser ésta, ¿verdad, condesa? Sí; estoy

triste y de esta tristeza infinita que me oprime tal vez salga algo muy

triste también. Vivo en tal confusión de ideas que ni sé lo que pienso,

ni lo que hago, ó lo que es más cierto, pienso cuanto se puede pensar y

no soy capaz de hacer nada. ¿Qué me aconseja usted? Estoy resuelto á

llevar á cabo cuanto me ordene, menos dejar de adorarla. En sus manos

adorables pongo mi pobre corazón.

¡Por Dios, no le haga usted mucho daño!

OCTAVIO.

* * * * *

De la condesa de Trevia á Octavio Rodríguez.

Le escribo á usted arrepintiéndome de antemano de hacerlo. No es en

verdad prudente que escriba á un joven que se dice enamorado de mí, por

más que sepa á qué atenerme sobre este amor. Pero dada la exaltación

momentánea de su ánimo y su temperamento excesivamente impresionable, y

como quiera que ya hace algunos días que no pone los pies en esta casa,

tampoco sería prudente dejar de escribirle.

Y ante todo, ¿de dónde ha sacado usted que yo le desprecio? Repaso en mi

memoria todos los momentos que nos ha hecho el honor de dedicarnos, y

no creo que haya salido de mis labios una palabra ni que haya ejecutado

acto ninguno que pueda inducirle á usted á creer cosa semejante. Y si

alguna vez ha observado en mí señales de impaciencia, considere usted de

lo que me estaba hablando y se hará cargo de que no podía menos de

darlas.

Por lo demás, puede creer que, lejos de despreciarle, me ha inspirado

usted siempre una profunda estimación fundada en su corazón generoso y

sensible y en su carácter afable sobre todo elogio. Lo que hay es (y no

se ofenda porque se lo diga) que tiene usted la cabeza llena de ideas

romancescas, las cuales le turban y le hacen ver lo que no es. Ayer se

creía enamorado de una niña de quince años; hoy se juzga usted

apasionado de una mujer de treinta. ¿No comprende usted mismo que en

ello juega muy poco papel el corazón, y que todo tiene su raíz en una

fantasía inquieta y poderosa? Hoy forja usted sobre mi insignificante

persona una novela tan complicada é interesante como la que hace poco

tejía sobre la hermosa niña que es todavía su novia. ¿No se le ocurre

que esta novela necesariamente ha de terminar como aquélla? Estoy muy

lejos de ser lo que su mente exaltada se ha figurado. No soy esa diosa

de la Grecia de que usted habla, que sólo se comunica con la luna y

recibe la adoración de los mortales sin pestañear, sino una pobre mujer

plagada de defectos y que está en el caso de agradecer cualquier prueba

de atención que se le conceda.

Me pide usted que le diga lo que debe hacer. Es una carga superior á mis

fuerzas. No sé lo que convendría que usted hiciese. Sin embargo, yo en

su caso me iría de este país por una temporada hasta que nos hubiésemos

partido á Madrid. Cuando volviera á verme el año que viene, le doy mi

palabra de que se habría deshecho la diosa de la Grecia y de que usted

se reiría grandemente de sí mismo. Haga la prueba y lo verá.

LAURA.

* * * * *

De D. Primitivo Alonso á M. Baltasar Alonso.--27, _rue des

Feuillantines._--Paris.

Querido sobrino: Leí tu grata del 14, y por ella veo que gozas de salud,

de lo cual nos alegramos mucho, lo mismo tu tía que yo, pues es lo

principal, porque de todo lo demás hay que hacer poco caso. Ya sé que

marchan bien tus negocios, aunque nunca me dices una palabra. Eres lo

mismo que tu padre, que cuando le sale bien una cosa se calla, y cuando

le sale mal no tiene boca bastante para quejarse.

Quizás sepas por los periódicos que vamos á tener elecciones para el mes

de Diciembre. Es el caso que me he comprometido á apoyar con todas mis

fuerzas la candidatura del señor conde de Trevia, persona de quien me

habrás oído hablar más de una vez, muy amigo mío, de sanas ideas y

excelentes sentimientos. En estos tiempos de desorden conviene que los

hombres que no queremos la destrucción de la religión de nuestros

mayores, nos unamos y votemos personas de respeto para oponernos al

torrente impetuoso que nos arrebata al ateísmo y á la demagogia. Te lo

digo para que me contestes á la vuelta de correo si puedo disponer de

los votos que tienes en la Meruca y en Cayacente. La mayor parte de

ellos están obligados también á la fábrica, pero creo que si les

presento una carta tuya amenazándoles con el desahucio no tendrán más

remedio que hacer lo que se les mande. Cuento que no me faltarás en esta

ocasión, pues ya sabes el interés que tengo en el asunto.

Pues hablando de otra cosa, te diré que las judías del Danubio que me

has enviado han salido riquísimas, y que todos andan detrás de mí para

que les proporcione algunas para sembrar. Parece mentira lo que aumentan

de tamaño después que se cuecen. Los perales se los regalé á D. Lino

Pereda, pero todos se secaron, lo cual me ha disgustado mucho, aunque

presumo que habrá sido porque los plantó en tierra demasiado húmeda. Lo

mismo se peca por lo mucho que por lo poco. No dejes de mandarme en

tiempo oportuno algunos otros de buena casta, pues se los he prometido

al cura de la Segada. El nabicol aquí no ha gustado gran cosa, pero es

que no entienden una palabra de legumbres. Si lo hubieran comido á

tiempo y no lo hubiesen dejado endurecerse en la tierra, estoy seguro de

que dirían otra cosa. No sucedió lo mismo con la col de Bruselas, pues

ha gustado tanto que no se cansan de alabar su finura y agradable sabor;

pero como no se aprovechan de ella mas que los repollitos que nacen en

el tronco, dicen que para comer algo es necesario segar un cuadro

entero. En esto me parece que no dejan de tener razón. Es una legumbre

muy rica, pero cara.

No tengo más que decirte por hoy. Consérvate bueno y recibe muchos

recuerdos de tu tía y de toda la demás familia, y un fuerte y cariñoso

abrazo de tu tío

PRIMITIVO ALONSO.

Vegalora 18 de Setiembre de 187...

* * * * *

Del provisor de la Diócesis al párroco de la Segada y arcipreste

del concejo de Vegalora.

Mi estimado arcipreste: Suma alegría y regocijo nos han causado las

noticias que en su última nos comunica, y es en verdad cosa para alabar

á Dios el ver cuán fácilmente se van venciendo en ésa, como en todas

partes, los obstáculos que antes parecían insuperables. Porque

ciertamente, nadie pudiera creer que una comarca tan revoltosa como ésa,

donde el masonismo ha conseguido echar hondas raíces, esté á punto ahora

de mandar á las Cortes un diputado neto y de buena casta. Su

ilustrísima, á quien hice presente los fructuosos trabajos que está

usted ejecutando en pro de la santa causa, se ha dignado recibirlos con

benevolencia, y me encarga le trasmita su bendición para que persista en

ellos con el mismo celo y entusiasmo.

La cuestión de proporcionar misa á los de Cayacente y Romeral, que como

usted me indica nos dará ciento cincuenta votos, puede usted

considerarla como resuelta, y está usted autorizado para decirlo así en

el ofertorio de la misa cuando lo crea oportuno. Á pesar de que usted

cuenta como seguro el apoyo de ese D. Baltasar Rodríguez, yo no me fío.

Tengo las peores noticias de tal individuo, y aunque no sé en qué forma

le tendrá usted cogido, nada más fácil que á la postre tire la cabra al

monte. De todos modos, procure que no se le vea en público con ese

sujeto, y esparza bien la creencia entre la gente de que el apoyo que

nos presta obedece sólo á los remordimientos de su conciencia y á los

deseos de ponerse en paz con la Iglesia.

Mucho me ha sorprendido lo que usted me cuenta del párroco de Solano,

pues nunca pude imaginarme que tratándose de una elección en que está

interesado el Palacio llegara á cerdear; pero á bien que le tengo cogido

por el cuello con motivo de cierta denuncia que nos han remitido hace

tiempo, y si no se decide á trabajar como Dios manda, lo dicho dicho, mi

amigo, que ya le cayó encima tarea para divertirse un rato. ¡Vaya todo

por Dios!

Escribí en nombre de su ilustrísima á ese capellán de la Seo de Urgel

para que recomendara la candidatura del señor conde á su hermano el

estanquero de Romeral. Hasta ahora no se ha recibido contestación.

Suplicándole muchísima reserva, le diré que hemos tocado también la

tecla del gobernador, el cual, á pesar de ser un republicano desorejado,

ha respondido admirablemente. Á su señora, que es hija de un prendero de

la calle del Rubio, le da mucho por la aristocracia y llama _chusma_ á

los partidos avanzados: conque no le digo más, porque esto basta y

sobra: _intelligentibus pauca_.

Los quesos que me ha mandado salieron excelentes, sobre todo el

amarillo. Si puede encargar otros dos, hágalo por mi cuenta, pues los

necesito para regalar á una persona de respeto; no le molesto más por

hoy. Consérvese bueno y no deje de enterarme minuciosamente de todo

cuanto ocurra, pues dará gusto con ello á su amigo y superior, q. b. s.

m.,

JOAQUÍN LLAGOSTERA.

N*** 1.º de Octubre de 187...

* * * * *

De Homobono Pereda á su amigo Manuel Ruiz Pérez, secretario primero

de la sección de literatura del Ateneo de Madrid.

Mi querido Manolo: He leído tu carta con el mismo placer y atención que

si fuese un artículo de Tiberghien ó Leonardi. Eres tan erudito y

piensas tan derecho, que la ciencia fluye de tu pluma hasta cuando

tratas los asuntos más insignificantes. Los párrafos que en tu epístola

dedicas al contenido necesario de la voluntad y á la existencia del

principio sobre-individual en el _yo_ son admirables y me han causado

profunda impresión.

Lo mismo digo de las palabras que consagras al desenvolvimiento de

nuestras facultades interiores, cada una en sí misma y todas en relación

armónica entre sí. Juzgo como tú que es imprescindible apartarse de toda

falsa relación entre estas facultades si se quiere evitar el desorden

interior que es su consecuencia indeclinable. No puede darse la armonía

en las relaciones exteriores del hombre mientras la vida interior no

esté rectamente ordenada en sus facultades y diversas tendencias; y para

que este orden se establezca, precisa que concibamos el destino del

hombre en su unidad, como abrazando todos los fines particulares que en

él se contienen. Tanta mella han hecho en mi espíritu tus atinadas

observaciones, y tanto he meditado sobre ellas, que al cabo me he

decidido á realizar importantes reformas en mi modo de vida. No puedo

ocultarme por más tiempo que hay en ella un principio de desorden que ya

está produciendo notables desequilibrios, el cual desorden se halla

sostenido, á no dudarlo, por un predominio nocivo del pensamiento sobre

las otras facultades interiores. ¡Y cuán cierto es que el cultivo

exclusivo del pensamiento conduce al orgullo!

Mi padre me significó el deseo de que me presentase candidato para

diputado á Cortes en las próximas elecciones. He visto en ello un medio

muy adecuado para ejercitar mi voluntad desmayada, y le respondí que

tendría mucho gusto. Hemos empezado ya nuestros trabajos electorales,

que, entre paréntesis, no puedes figurarte lo que repugnan á mi

educación científica, pues en todos ellos se atacan directa ó

indirectamente las bases fundamentales del derecho público, coartando de

un modo ó de otro la libertad del elector. Tengo por contrincante al

conde de Trevia, apoyado por todos los elementos reaccionarios del

distrito. Los curas me hacen una guerra encarnizada propalando que soy

un impío. Si el ser impío consiste en detestar la forma histórica que

actualmente reviste la religión, es verdad lo que dicen, pero de ningún

modo si consiste en no tenerla. Los que creemos, como tú y yo, que la

religión es uno de los fines racionales de la vida, ¿cómo hemos de ser

irreligiosos?

Me pides que te sugiera algún pensamiento para un drama, pues quieres

hacer tus primeras armas en el teatro, y me preguntas si entre estas

ásperas montañas no encontrarías alguna acción interesante que pueda

servirte de tema. No, amigo mío. Aquí hallarás la belleza objetiva de la

naturaleza en todo su esplendor, la cual no sirve gran cosa para

expresar adecuada y completamente el complejo organismo de la vida

humana, que es lo que tú intentas. La poesía dramática, como sabes

mejor que yo, no expresa la belleza objetiva exterior (aun cuando se den

en ella elementos objetivos), sino la belleza objetivo-subjetiva, donde

se hallan indisolublemente unidos hechos interno-externos y psico

físicos en enlazado concierto. Lo que estas fragosas sierras te pueden

proporcionar es una decoración grande, imponente, pero no el hecho de la

vida humana que constituye el fondo de toda composición dramática,

porque aquí los afectos y las pasiones no se elevan al grado de energía

y dignidad necesario para que exista ese juego encontrado de

sentimientos y caracteres sin el cual no es posible que se produzca la

emoción estética. Por lo demás, con los vastos conocimientos filosóficos

que tú posees y los especialísimos estudios que has hecho en la

estética, no dudo por un momento que escribirás una obra maestra y que

alcanzarás un éxito ruidoso en el teatro. Á mi entender, están haciendo

falta obras macizas, con un fin objetivo, con un pensamiento

trascendental que las informe y las preste consistencia. Las obras más

celebradas hoy á mí me suenan á hueco y no veo en ellas otra cosa que

una forma bella guardando un pensamiento muy frívolo. Mientras los

hombres de ciencia no se apoderen del teatro, no pasará éste de ser un

fútil y agradable entretenimiento.

Nada más por hoy. He estudiado todo el día y tengo la cabeza como un

horno.

HOMOBONO.

Vegalora 3 de Octubre de 187...

XIII

El cáliz.

Octavio besó la firma de la carta, dejó caer las manos sobre las

rodillas y la cabeza sobre el pecho. Así estuvo largo espacio inmóvil

como una estatua, delante de su escritorio. Al volver en sí, escapósele

del pecho un suspiro blando y prolongado. Era la nota final, triste y

moribunda de una melodía del corazón. Alzóse de la silla y con paso

vacilante fué á abrir la ventana. El día empezaba á declinar. Su mirada

vagó algún tiempo por los contornos de la casa; por el jardín, cuyos

árboles se iban tornando amarillos; por los prados, que como un cinturón

de esmeraldas lo circundaban; por las tierras dilatadas de maíz que

ostentaban ya con orgullo sus mazorcas rebujadas. Al cabo se detuvo con

insistencia en un grupo de casas que apenas se distinguía en el fondo

del valle. Después alzó los ojos á los adustos riscos de la Peña Mayor y

se estremeció. Creyó sentir una corriente de aire glacial por el

corazón. Quedóse pálido, cual si acabase de ver algo muy espantoso.

--¿Qué será esto?--murmuró mientras cerraba apresuradamente la ventana.

Se fué otra vez al escritorio y apoyó sobre él ambos codos, metiendo la

cabeza entre las manos.

--Sí--tornó á decir en voz baja:--yo debí morir en aquel momento...

¡Gran ocasión!... Hubiera conservado de mí memoria amarga, pero

punzante, como el olor de un cadáver... Ahora me desprecia por

cobarde... Ahora ya no es ocasión de morir, sino de seguir siendo lo que

he sido... un cobarde. Me manda que huya; pues huyamos. Quiero cumplir

su voluntad con el mismo afán que si fuese la de Dios... Sí, sí,

huyamos... Ella lo manda...

Se alzó de la silla vivamente, y dió algunos paseos rápidos por la sala.

Después arrastró desde su cuarto un baúl-maleta, y se puso á introducir

en él ropa que sacaba con precipitación del armario. Cuando vió el

equipaje hecho, lo contempló con ojos de espanto, como si no

comprendiese para qué servía. Acordóse de que aún le faltaba algo, y

sacando una llavecita del bolsillo abrió el cajón central del

escritorio. Inmediatamente tropezó su vista con una relojera que Carmen

le había regalado el día de su santo. Estaba bordada por su mano. La

puso sobre la mesa y la envolvió en una mirada tierna y compasiva.

El señorito Octavio · 第 11 / 15 段