al campo, salía á dar una vuelta por el pueblo. Entraba en las casas de
los vecinos y se pasaba á veces dos ó tres horas en alguna de aquellas
miserables viviendas sentada sobre un cofre sucio, escuchando sin
pestañear las relaciones de las mujeres gárrulas que no acababan jamás ó
ayudándolas en sus fatigosas tareas. Al principio la trataban con mucho
respeto. Á medida que la conocían, iban tomando confianza, que hubo de
tocar no pocas veces en familiaridad. Pedro solía acompañarla en estas
excursiones, lo mismo que en los trabajos matinales de jardinería. El
pobre debía de aburrirse de un modo lastimoso en aquellas sesiones en
que la condesa servía de paño de lágrimas, pero no lo demostraba. Antes
parecía estar como en la gloria sentado frente á su señora, callando,
sonriendo y sin quitarla ojo. Á las cinco, poco más ó menos, la condesa
volvía á casa para recibir las visitas de los amigos de Vegalora. Al
oscurecer comían y después de rezar el rosario y acostar á los niños se
encerraba en su cuarto y pasaba gran rato leyendo antes de irse á la
cama. Así era la vida que la opulenta condesa de Trevia, gloria y
admiración de los salones de la corte, verdadera estrella Sirio de la
sociedad madrileña, encontraba dulce y amable. Algunos días salía de
caza, con no poca pesadumbre, pues aunque amaba el ejercicio y los
campos, aborrecía la muerte de los animales inocentes. Además, se veía
precisada á estar con _él_ algunas horas.
En cuanto á la manera que el conde tenía de pasar el tiempo en su
palacio, sólo la blonda institutriz pudiera dar cuenta perfecta de ella.
La del mayordomo había cambiado notablemente desde la llegada de sus
amos. Pedro era un buen muchacho, un poco brusco, un poco altivo, un
mucho cándido y noble. Las vicisitudes de su carrera militar, aunque
breve, gloriosa y variada, no le habían enseñado más de lo que ya tenía
aprendido de la naturaleza: á callar pocas veces sus sentimientos y á
ser intrépido y firme en todas ocasiones. Su figura anunciaba claramente
estas cosas. Aquellos ojos negros velados por largas pestañas, aquel
cabello encrespado, los rasgos pronunciados de su rostro trigueño, la
anchura de su cuello y lo fornido de sus hombros acusaban sin ninguna
duda el temperamento sanguíneo puro. En toda la comarca era temido por
sus ímpetus y amado por su franqueza y generosidad. La vida de Pedro
antes era la de un labrador bien acomodado. Odiaba las cifras y las
cuentas y procuraba despachar las que le estaban encomendadas en el
menor tiempo posible y por el procedimiento más breve. En cambio era
apasionadísimo de los trabajos del campo, de la caza, de los caballos y
de los toros. Le costaba mucho trabajo estarse quieto, sobre todo en
casa. Parecía que sus pulmones de gigante no encontraban aire ni aun en
los espaciosos salones del palacio. Pero desde que los señores habitaban
en la Segada, ó mucho habían cambiado sus aficiones, ó muy contrariado
debía estar, pues sus costumbres no eran las mismas. Ya no salía de caza
sino con los condes. Dejó en manos de los criados los trabajos de la
labranza. Apenas visitaba las cuadras y pasaba mucho más tiempo en casa.
La condesa le tenía secuestrado para todas sus excursiones y arreglos de
jardín. Los niños también le retenían como un compañero que les servía
en sus juegos.
Las relaciones entre Pedro y la condesa habían experimentado asimismo
algunos altibajos dignos de atención. Durante los primeros días, el
respeto y la veneración tenían cohibido al mayordomo en presencia de su
señora y le obligaban, contra su natural, á mostrarse tímido y
reservado. Vino después un período de confianza del cual hemos visto ya
una muestra en la excursión á la romería. Su carácter franco y enérgico
concluyó por sobreponerse al espíritu infantil de la condesa. En sus
conversaciones casi llegó á borrarse la línea infranqueable que los
separaba. Mas de repente, y sin que Laura diera motivo para ello, Pedro
cayó de nuevo en una timidez y una reserva inexplicables. No sólo
prescindió de las frases familiares y de los modales descuidados en su
presencia, sino que hasta evitaba el mirarla frente á frente. Á pesar de
esto no se notó que huyera las ocasiones de acompañarla; antes al
contrario, parecía que las solicitaba. Mas, una vez á su lado, dejaba
pasar las horas sin despegar los labios, apresurándose á cumplir sus
órdenes más insignificantes. La timidez del mayordomo no era en verdad
de la misma índole que antes. Había en ella más idolatría á la mujer que
respeto á la señora. La condesa, ó no observaba tal cambio de modales, ó
si lo observaba no quería fijar la atención en ello.
La actividad de Pedro había decrecido notablemente. Aquel Hércules se
enervaba á ojos vistas en los cuidados del jardín. El perfume que la
condesa despedía de su persona había mermado sus fuerzas y el roce
fugaz de su vestido turbado mucho sus costumbres. Cuando quedaba sólo no
buscaba al momento, como antes, una ocupación manual en que
entretenerse. Permanecía grandes ratos contemplando sin pestañear
cualquier objeto que tuviera delante de los ojos y (cosa que hasta
entonces nunca le había sucedido) le llamaban poderosamente la atención
las cimas lejanas y vacilantes de las montañas que cortaban la niebla
del horizonte. Quiso atribuir al calor esta singular postración que
experimentaba, y cuando algún vecino después de sorprenderle con los
brazos cruzados le dirigía alguna pulla, echaba pestes contra el verano,
que le quitaba las ganas de emprender ningún trabajo. Y en realidad, no
mentía. Nunca había sufrido tanto calor. La sangre hervía dentro de sus
venas produciéndole gran desasosiego. Pasaba las noches en claro dando
vueltas en la cama sin lograr prender los ojos. Y de vez en cuando solía
levantarse en lo más hondo de sus entrañas un rumor extraño, doloroso,
que le desazonaba sin acertar á comprender de dónde venía ni qué
expresaba. Parecía el ruido de la sangre al invadir con ímpetu lugares
donde nunca hubiese entrado.
Cierta noche en que se revolvía en el lecho medio sofocado por el calor
y la desesperación de no dormirse, después de haber aligerado la ropa en
vano y abierto de par en par la ventana, concibió el proyecto de salir á
darse un baño en el río. Y como para nuestro mayordomo los proyectos
eran resoluciones, y más tratándose de algo peligroso, dicho y hecho:
levantóse velozmente, abrió una de las puertas traseras del palacio y se
encaminó sin vacilar á las orillas del Lora. Despojóse inmediatamente
del vestido y se zambulló en los cristales opacos del río con estrépito.
La noche era despejada, pero sin luna. El remanso donde se bañaba estaba
envuelto en sombras espesas que los árboles arrojaban. Permaneció más de
media hora tendido de cara al cielo contemplando las estrellas que
flotaban en el éter como él en el agua. Pensaba, ó por mejor decir,
soñaba cosas disparatadas, pero suaves y hermosas. El calor, sin
embargo, no huía de su cuerpo. Dejó pasar más tiempo, y viendo que no
conseguía refrescarse enteramente, salió del baño. Cuando se puso la
ropa sintió un fuerte temblor de frío, que desapareció al instante. En
el camino sintió otros dos ó tres cada vez más prolongados. Al entrar en
la cama tiritaba atrozmente y no consiguió producir la reacción por más
que se echó gran cantidad de ropa encima. Al amanecer se le fijó un
agudo dolor en el costado izquierdo que le obligó á llamar al médico. Á
las diez de la mañana estaba declarada la pulmonía, y el médico de la
villa le daba un fuerte lancetazo y le extraía buena porción de sangre.
La condesa, á las doce del mismo día, asomó su carita graciosa y
sonrosada por la puerta del cuarto y preguntó con interés:
--¿Qué es eso, Pedro, qué te pasa?
--Me he puesto malo, señorita, pero ya estoy bien.
--¡Qué has de estar bien, hombre, si me han dicho que te acaban de
sangrar! ¿Cómo has hecho la atrocidad de bañarte por la noche? Te está
bien empleado por majadero. ¿Crees que se puede jugar con la salud? Lo
que no sucede en un año sucede en un día. Los que estáis robustos os
figuráis que no podéis enfermar jamás, pero cuando menos lo pensáis os
viene el latigazo encima. Voy á preparar el calmante que el médico ha
recetado. Ten cuidado de no sacar los brazos fuera. Gracias á Dios, eso
no será nada. No tengas aprensión.
Desapareció después de pronunciar este sermoncito, que el mayordomo
encontró delicioso.
Al día siguiente á la misma hora volvió á asomar la cabeza.
--¿Cómo va?
--Mejor; ya me ha desaparecido el dolor.
--¿Has dormido?
--Regularmente.
--Ya sé que te probó bien el calmante. Hay que repetir la dosis. Lo que
importa es que sudes mucho. He mandado calentar unas botellas de agua
para los pies, y que te las renueven cada hora. ¡Pero qué majadería has
hecho, Pedro! ¿Cómo se te ha ocurrido la idea de bañarte por la
noche?...
La condesa pronunció un nuevo sermón contra los hombres que juegan con
su salud.
Al otro día, después de preguntarle cómo seguía, Laura observó que la
ropa de la cama se había caído un poco, y sin poder contenerse se acercó
al enfermo.
--¡Ave María Purísima, cómo has puesto la ropa!--exclamó mientras la
arreglaba con solicitud maternal.--Si no te movieses tanto, criatura, no
te sucedería esto. No tienes tú toda la culpa, sino esas torpes de
criadas que no saben hacer una cama.
Al tirar por la ropa hacia arriba, los dedos de la condesa rozaron la
boca del mayordomo, el cual dejó escapar un beso tímido sobre ellos.
Laura quitó rápidamente la mano, se puso colorada y continuó, sin decir
palabra, arreglando la cama.
Al día siguiente sólo asomó la nariz por la puerta para preguntarle cómo
seguía, y se fué sin entrar en conversación. Pero al otro volvió á notar
con disgusto que las almohadas se hallaban completamente fuera de su
sitio.
--Debes de estar muy incómodo, Pedro. Espera... alza un poco la
cabeza.... Así.... ¿No estás mejor ahora?
Arregló después un poquito el lecho, y allá, para concluir, tiró otra
vez por la ropa hacía arriba. La casualidad hizo que otra vez rozasen
sus dedos con la boca del joven. La casualidad también que Pedro
apretase sus labios contra ellos. La condesa no pareció notarlo.
El mayordomo era muy inquieto en la cama. La enfermedad le hacía serlo
aún más, por lo que con mucha frecuencia se le revolvía y marchaba la
ropa. Al menos, la condesa la encontraba siempre muy descompuesta. Las
casualidades de que hablábamos repitiéronse varias veces, sin que Laura
se diese por enterada ni acusase recibo del beso. ¡Era tan leve y tan
tímido! Si hubiese mostrado enojo, el pobre Pedro hubiera empeorado y
acaso sucumbido. Pero con aquella dulce medicina nuestro mancebo se fué
mejorando de un modo rápido, hasta levantarse á los doce días del lecho.
Nunca enfermedad se le hizo más corta á nadie.
Estuvo tres ó cuatro sin salir de la habitación. Durante ellos pudo
observarse una cosa singular, y es que estaba menos contento en la
convalecencia que lo había estado en la enfermedad. La gente del palacio
lo atribuía al abatimiento que le dejara la extracción de sangre.
La condesa venía á verle todos los días, conversaba con él, le traía
golosinas, le mimaba... pero ya no arreglaba la ropa. Su tristeza era
visible para todos, que procuraban animarle, menos para ella.
Una tarde, sin embargo, cuando estaba ya casi sano, la condesa asomó,
como de costumbre, la cabeza y le preguntó si no se decidía á dar una
vuelta por la huerta. El día estaba muy hermoso y el ambiente seco;
alguna vez era preciso salir del cuarto. Pedro contestó, sonriendo, que
no se hallaba con ánimo todavía para pasear. Mas en la sonrisa que
contrajo sus labios reflejábase una tristeza tan profunda y tan grande
abatimiento, que la condesa se le quedó mirando un buen espacio tratando
de sondarle el alma. Al fin, acercóse á él lentamente y le dijo en voz
baja:
--Estás muy triste, Pedro. ¿Te encuentras peor?
--No, señorita, no; me encuentro bien.
--Vamos, no lo ocultes. ¿Te sientes mal?
--No; ya estoy completamente bueno.
--Entonces, ¿te hace falta algo?
Vaciló un instante y, apoderándose rápidamente de una mano de su señora,
empezó á cubrirla de besos apasionados.
--Sí, me hace falta esto.
Á la pobre Laura se le encendió el rostro. Quedó confusa y temblorosa, y
no supo más que decir mientras trataba de sustraer su mano á las
apasionadas caricias del mayordomo:
--¡No, eso no... eso no!
XI
Lo que cuesta un perro de caza.
El Canelo no era uno de esos perros frívolos que se ponen en dos patas
así que se lo ordenan con imperio, ni se entretenía en buscar un pañuelo
cuando se lo ocultaban adrede, ni nunca se oyó que hubiese saltado por
Francia, por Inglaterra ó por cualquier otro país extranjero. Tampoco
era un perro cominero que llevase la cesta al mercado y la bolsa de los
cuartos y viniese muy tranquilo para casa con la carne y el pan sin
tocar de ellos. Había formado opinión muy severa sobre todas estas
niñerías que no tienen inconveniente en ejecutar los perros
sietemesinos. Si alguien le hubiera propuesto una cosa parecida, es
seguro que lo hubiera rechazado enérgicamente. Mas en lo que toca al
cumplimiento de las tareas que estaban encomendadas á su cuidado, bien
puede decirse que ningún perro le ponía el pie delante. Era esclavo de
sus deberes. Así que sentía en el cuello el cascabel de caza y veía á su
amo tomar la escopeta, se le hinchaban las narices de contento y
empezaba á ladrar como un energúmeno (como un perro energúmeno),
manifestando por todos los medios posibles que el deber no era para él
una carga, antes por el contrario estaba deseando ser útil en todo lo
que pudiera. Por esta cualidad tan sobresaliente, y por su maravillosa
aptitud y habilidad para quedar hecho una estatua delante de las
perdices y para _cobrarlas_, aunque se ocultasen en el centro de la
tierra, se había captado la estima y admiración de todos los cazadores
del contorno. Alguno de ellos llegó á ofrecer por él dos onzas de oro;
pero estaba tan lejos Pedro de enajenarlo á ningún precio, como de
tirarse á la mar. Porque aunque no le escaseaba los puntapiés, tal
cariño le profesaba, que primero le faltara el pan á él que á su perro.
Razón poderosa tenía, pues, el Canelo para adorar á su amo y no
separarse de su lado ni de día ni de noche.
Las costumbres del Canelo no podían ser más sencillas y metódicas. En el
invierno se tumbaba al sol, y en el verano á la sombra. La única
variante que á veces introducía en este régimen saludable, era el
tumbarse también al sol por el verano exponiéndose á tomar un tabardillo
ó unas calenturas gástricas. Adoptaba siempre para acostarse posturas
diversas y tan fantásticas en ocasiones, que excitaba la admiración de
los que le miraban. Si no fuese por las pulgas y las moscas, el Canelo
se hubiera juzgado con razón el perro más dichoso de la tierra. Pero
estos inicuos animalejos le habían declarado una guerra cruel; no
perdonaban medio de molestarle y exasperarle, consiguiendo á veces
ponerle en un estado de irritación vecino de la locura.
Los rasgos sobresalientes de su carácter eran la honradez y la
independencia. Mas no dejaba de ser afable con todo el mundo y se dejaba
acariciar de cualquiera, aunque sin hacer aspavientos. Era pacífico por
naturaleza y de un temperamento tan conciliador, que nadie podía venir á
las manos con otro en su presencia: en seguida saltaba hecho una furia
sobre los contendientes, y los obligaba á separarse con grave detrimento
de sus pantalones, cuando no de las pantorrillas. Gozaba de mucha
popularidad en la comarca, siendo conocido por su nombre lo mismo en la
villa que en los caseríos del concejo. Entre los perros también era bien
quisto. Todos confesaban que tenía una razón muy clara y le juzgaban
incapaz de jugar una perrada á nadie. Si la raza canina convocase un
parlamento, el Canelo sería indudablemente el candidato indicado para
aquel distrito.
Mas como al fin no hay mortal que esté libre de defectos, nuestro Canelo
tenía algunos, aunque de poca monta, que la imparcialidad obliga á
confesar. Decíase, con razón, que era un tanto caprichoso y no bastante
justificado en sus antipatías. Todo el mundo, por ejemplo, censuraba la
conducta inconveniente y grosera que seguía con el licenciado Velasco de
la Cueva, al cual sin motivo alguno ladraba, gruñía y hasta pretendía
morder. El pobre D. Juan Crisóstomo no acertaba á explicarse el por qué
de esta aversión, y se le erizaba el cabello cada vez que necesitaba ir
á la Segada. Apeló al recurso de los mendrugos, llevando siempre buena
provisión de ellos en los bolsillos, que se apresuraba á donar
liberalmente al inhumano perro, así que le tenía cerca; mas éste, que
mientras duraba la pitanza movía la cola en señal de amistad y gratitud,
lo mismo era concluir, que tornaba á gruñir de un modo más cruel, sin
consentir por ningún concepto que el licenciado le pasase la mano por la
cabeza. Peor resultado dió todavía el bastón de estoque que D. Juan
Crisóstomo tuvo á bien comprar. El furor del Canelo, cuando se hizo
cargo de que el licenciado había adquirido un nuevo bastón, no tuvo
límites. Era una ofensa que sólo podía lavarse con sangre. Fué menester
que Pedro le machacase á golpes y después le atase para conseguir
apaciguarlo.
Además de esta desigualdad de carácter, que por fortuna sólo se mostraba
de raro en raro, es necesario manifestar que era uno de los perros menos
religiosos que se hubiesen visto nunca. No sabemos si por estar
inficionado de los últimos errores de la filosofía alemana, ó por su
mismo natural refractario á toda idea teológica, es lo cierto que era
muy poco respetuoso con los misterios de nuestra religión. No se dió vez
que hallándose en misa no se hubiera levantado en el instante más
crítico y solemne para desperezarse groseramente abriendo una boca
horrorosa y echando un palmo de lengua fuera. Hecho lo cual con mucha
sangre fría y la cola tiesa, se salía _pian pianito_ del templo. Todo el
mundo censuraba fuertemente estos alardes de impiedad.
Mas á pesar de tales y otros defectos, no es posible negar que era un
perro simpático y de excelente fondo. Desde la llegada de los condes á
la Segada, había experimentado su vida algunas modificaciones que no
eran de su gusto. Confesaba, como no podía menos, que la comida era más
abundante y escogida, pero en cambio se veía obligado á sufrir la soba
continua de los niños que no le dejaban á sol ni á sombra. En todo el
día no cesaban: Canelo para aquí, Canelo para allí; unas veces
montándosele sobre el espinazo, otras tirándole de las orejas y otras
del rabo. Era cosa para desesperarse. Mas todo lo sufría con paciencia
por ser los verdugos hijos de tal madre. Porque es de saber que el
Canelo había tomado grandísimo amor á la condesa desde el punto en que
la vió, sin que para ello hubiese ningún motivo de interés, pues ya
conocemos la generosidad y limpieza de su corazón. Lo mismo era verla
que ya perdía su continente grave y reposado: saltaba y brincaba y
movía la cola haciendo mil suertes de carocas lo mismo que un ruin
cachorro. Algunas veces, sin decir oste ni moste, le ponía las patas
sobre el pecho, y en poco estaba que no la hiciese caer; otras, cuando
la veía sentada en el campo, se acercaba sigilosamente por detrás y le
pasaba la lengua por la cara. La condesa daba un grito y después se
echaba á reír mientras él la contemplaba de hito en hito á distancia
respetable, un poco asustado de lo que había hecho. Verdad que la
condesa le pagaba su afición prodigándole grandes cuidados culinarios y
librándole en no pocas ocasiones de la justa cólera de su dueño. Y basta
de noticia biográfica.
Acaeció que una mañana de los últimos días del mes de Agosto salió la
condesa con sus hijos á solazarse á la pomarada, donde las espesas copas
de los árboles brindaban sombra fresca y deleitable. Reclinada debajo de
uno, sobre un almohadón que le trajo Pedro, miraba con semblante risueño
corretear á los niños y divertirse con el Canelo. Éste, contra lo que
pudiera presumirse, se hallaba de humor excelente: se prestaba de buena
voluntad á que le tirasen por el rabo, sin dejar por eso de hacerse el
enfadado y correr detrás de los muchachos como una fiera que los fuese á
devorar. Pero los niños, que sabían á qué atenerse sobre esta fiereza,
se paraban de repente y le metían sus manos pequeñísimas en la boca con
la mayor tranquilidad del mundo. Miss Florencia paseaba sola en uno de
los parajes más apartados de la finca con un libro abierto en la mano.
La condesa había cambiado bastante desde su llegada á la aldea. Había en
su persona modificaciones sensibles que todo el mundo notaba, y otras
que sólo un ojo perspicaz y avezado á sondar las profundidades del
corazón pudiera distinguir. El cambio de color en las mejillas era lo
que primero saltaba á la vista. Los aires del campo y el ejercicio las
habían tornado más frescas y rosadas: las ojeras madrileñas habían
desaparecido totalmente. Pero la mirada de las gentes que ordinariamente
frecuentaban el palacio deteníase aquí, sin observar los matices
delicados, los detalles casi imperceptibles de esta trasformación. No
observaban, por ejemplo, que sus ojos estaban velados á la continua por
una humedad cristalina que los hacía más brillantes y tiernos y que sus
labios, en cambio, se hallaban casi siempre secos. No observaban que su
marcha era más lenta y sus ademanes más tímidos; que le gustaba mucho
estar sola y que á menudo se la encontraba distraída con los ojos
puestos en el vacío; que vagaba, en fin, constantemente por su boca
hermosa una sonrisa beata muy lejana de aquella aciaga y melancólica del
tiempo en que por primera vez la vimos. Para cualquier hombre aficionado
al estudio y observación de los caracteres, no ofrecía duda que la
condesa de Trevia era feliz. Caso raro, en verdad, dados los
precedentes que de ella tenemos. ¿Cómo se había operado una
trasformación tan súbita en el espíritu de nuestra heroína? ¿Qué
acontecimiento singular y poderoso había conseguido despedir la nube de
tristeza que la envolvía y despertar nuevamente la música dulce de su
temperamento risueño? Para la mujer sólo hay un acontecimiento capaz de
producir tales y tan instantáneos efectos: nuestros lectores lo saben y
aún mejor nuestras lectoras. ¿Estaría la condesa enamorada? Dejemos que
los acontecimientos, próximos por fortuna, vengan á esclarecerlo.
Al poco rato de hallarse disfrutando de la amenidad de la pomarada llegó
también el conde, vestido como siempre de modo caprichoso, con un traje
de franela blanca y gorra negra de caza. Traía pintados en el semblante
el cansancio de todo y la sequedad de su alma. Después de haber
contemplado breves instantes á sus hijos, que ya no corrían, sino que
formaban grupo silencioso, dentro del cual estaba el Canelo, hizo que
Pedro le trajese la escopeta para tirar al blanco. Fijóse éste en el
tronco de un manzano, y por algún tiempo estuvieron resonando tiros en
la finca. Todos los presentes fueron invitados á tirar, exceptuando los
niños. La condesa acertó muchos blancos, lo mismo que Pedro y miss
Florencia. El único que estuvo desgraciado fué el conde, á pesar de ser
un tirador habilísimo en toda clase de armas, de lo cual había dado más
de una brillante muestra en los tiros de pistola y salas de armas de
París y Madrid. Pero aquel día estaba nervioso ó no sabía lo que le
pasaba. Tenía motivos para estar irritado por su torpeza, y no obstante,
su fisonomía no daba señales de alteración, apareciendo fría y tranquila
como siempre y plegada por la misma ambigua sonrisa, aunque un poco más
definida.
El Canelo, desde que oyera los primeros tiros, no paraba ni tenía
sosiego, figurándose, sin duda, que aquello tocaba ya á su ministerio.
Pero estaba sumamente sorprendido de no ver caer ni un miserable pájaro,
y deploraba en su interior la detestable puntería y la torpeza de los
cazadores.
Las carreras y los saltos que daba eran incesantes y prodigiosos. El
conde, que estaba apuntando al blanco, se distrajo una de las veces
mirándole correr, y sin decir palabra movió el cañón y lo dirigió hacia
él. Sonó el tiro. El Canelo se detuvo en su carrera y cayó herido
mortalmente.
El conde soltó una carcajada y dijo alargando la escopeta á miss
Florencia: «Veo que aún no he perdido enteramente la puntería». Todos
los circunstantes quedaron atónitos. Pedro se puso blanco como el papel;
después le subió una ola de sangre á la cara y pasó un relámpago de ira
por sus ojos. Todo su cuerpo se estremeció como el mástil de un barco al
golpe del viento. Por un instante pudo creerse que el fiero león caía
sobre el gato y lo deshacía entre sus garras; mas la chispa se apagó
sin causar estrago. Quedóse otra vez pálido, bajó los ojos y de ellos
brotó una lágrima ardiente y silenciosa. Lo único que sus labios
trémulos murmuraron fué: «¡Señor!» de un modo casi imperceptible. El
conde le arrojó una mirada altiva, volvió la espalda y se fué hacia
casa. La condesa y Pedro corrieron al sitio donde yacía el perro
luchando con las ansias de la muerte. El pobre animal levantó la cabeza
lentamente, y pareció decirles con una mirada angustiosa: «¿Por qué me
habéis matado?» Pedro dijo sordamente:
--Hace falta agua.